Boligrafo

Sonnet Premium Ballpoint—TINTA SECA

El bolígrafo tenía una carcasa azul.

Al principio estaba limpia.

Sin rasguños.

Sin manchas.

Sin una sola grieta.

Parecía incapaz de contener algo oscuro.

Pero dentro llevaba tinta.

Mucha.

Una columna negra atravesaba su cuerpo transparente.

Era lo único que nadie veía cuando lo sostenía entre los dedos.

La tinta permanecía allí.

Quietamente.

Esperando.

El bolígrafo no sabía cuánto tiempo llevaba dentro.

Solo sabía que cada vez que alguien presionaba su punta contra una hoja, una pequeña parte de ella escapaba.

Al principio no le importaba.

Había demasiada.

Podía gastar un poco.

Después otro poco.

Después mucho.

Nunca parecía terminarse.

La punta era pequeña.

Metálica.

Fría.

Era la única parte del bolígrafo que realmente tocaba el mundo.

Y cada vez que descendía sobre una hoja, dejaba una marca.

Eso era lo que hacía.

Marcar.

La primera vez que escribió su nombre, la línea salió perfecta.

La segunda también.

La tercera fue más oscura.

La mano había presionado con fuerza.

La punta se hundió ligeramente en el papel.

El bolígrafo sintió la presión.

No le dolió.

Todavía no.

Pensó que aquella era su función.

Ser presionado.

Escribir.

Vaciarse.

Con el tiempo, la carcasa comenzó a llenarse de pequeñas marcas.

Arañazos.

Golpes.

Mordidas.

El azul perdió su brillo.

Pero desde lejos todavía parecía entero.

Eso era importante.

Nadie preguntaba qué había dentro de un bolígrafo mientras pudiera seguir escribiendo.

La tinta comenzó a disminuir.

Cada palabra se llevaba una pequeña parte.

Cada firma.

Cada nombre.

Cada promesa.

Cada cosa que alguien necesitaba dejar sobre una hoja.

El bolígrafo no podía elegir qué escribir.

Solo podía obedecer a la mano.

Hasta aquella noche.

La mano lo tomó.

El bolígrafo reconoció la presión inmediatamente.

Era diferente.

Más fuerte.

Más impaciente.

El resorte dentro de él se contrajo.

Clic.

La punta salió.

La hoja esperaba.

La primera palabra apareció.

Después otra.

El bolígrafo sintió cómo la tinta descendía desde su interior.

No podía detenerla.

La mano escribía rápido.

Demasiado rápido.

Las palabras eran cortantes.

No por la punta.

Por lo que significaban.

El bolígrafo podía sentir cada presión.

Cada golpe contra el papel.

Cada vez que la mano regresaba sobre una palabra para hacerla más oscura.

La punta comenzó a arañar la hoja.

Una vez.

Otra.

Otra.

La fibra empezó a levantarse.

El bolígrafo lo sabía.

Podía sentirlo.

Pero continuó.

Porque la mano no se detenía.

Porque nadie le había enseñado que también podía hacerlo.

Porque un bolígrafo está hecho para dejar marcas.

No para preguntarse cuáles debería dejar.

Cuando terminó, la hoja quedó cubierta.

La mano la leyó.

No dijo nada.

Solo volvió a presionar.

Clic.

La punta desapareció dentro de la carcasa.

El bolígrafo permaneció sobre la mesa.

La tinta seguía dentro.

Menos que antes.

Pero suficiente.

Al día siguiente volvieron a utilizarlo.

Otra hoja.

Otra mano.

Otra historia.

Y nuevamente escribió.

Con el tiempo, las hojas comenzaron a acumularse.

Algunas estaban dobladas.

Otras tachadas.

Otras manchadas.

En todas había algo suyo.

Su tinta.

Su presión.

Sus marcas.

El bolígrafo comenzó a entender que no era la hoja quien guardaba las palabras.

Era él.

La tinta salía de su interior y quedaba atrapada afuera.

Todo lo que entregaba dejaba de pertenecerle.

Pero las consecuencias permanecían.

Mientras tanto, su carcasa seguía desgastándose.

Una esquina perdió pintura.

Después otra.

El plástico se volvió opaco.

Una grieta apareció cerca del centro.

Nadie la vio.

La tinta sí.

Era una pequeña abertura.

El bolígrafo podía sentir el aire entrando.

Por primera vez tuvo miedo de romperse.

Pero continuaron utilizándolo.

La mano volvió a presionar.

Clic.

La punta salió.

Esta vez temblaba.

No por miedo.

Por desgaste.

La tinta salió más lentamente.

La mano presionó con más fuerza.

La punta raspó.

Una línea.

Otra.

La tinta volvió a fluir.

Negra.

Densa.

Oscura.

El bolígrafo sintió cómo algo dentro de él se vaciaba.

No sabía si era tinta.

O algo más.

Cuando terminó aquella página, quedaba muy poco dentro del tubo.

Miró su propia carcasa transparente.

Por primera vez pudo ver el espacio vacío.

Antes no existía.

Ahora ocupaba casi todo su interior.

Comprendió entonces que había pasado años entregando partes de sí mismo sin preguntarse qué quedaría cuando terminara.

La tinta había sido su voz.

La punta, sus heridas.

La carcasa, la mentira de que estaba entero.

Y el vacío que crecía dentro era todo aquello que había dejado de decir.

Pasaron más días.

El bolígrafo escribía peor.

La tinta comenzaba a cortarse.

Las líneas aparecían débiles.

La mano golpeaba la punta contra la mesa.

Una vez.

Dos.

Tres.

Clic.

La punta entraba.

Clic.

Salía.

Otra vez.

Otra.

Hasta que la carcasa crujió.

Una pequeña grieta se extendió desde el mecanismo hasta el cuerpo azul.

El bolígrafo estaba a punto de partirse.

Pero la mano volvió a tomarlo.

Había una última hoja.




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