Bones

Bones

Las luces de la calle alumbraron el interior del departamento mientras el hombre entraba tambaleándose.

La puerta se cerró a sus espaldas con un golpe torpe, demasiado fuerte para la hora, y el eco recorrió la sala vacía como si alguien más hubiera respondido desde adentro.

Se quedó quieto unos segundos, con una mano todavía aferrada al picaporte, olía a alcohol, a humedad y a comida vieja.

El departamento estaba oscuro, salvo por las franjas amarillentas que se colaban entre las persianas rotas y cortaban los muebles en pedazos: la mesa con dos sillas, una separada y la otra demasiado pegada a la mesa, el sofá hundido, los cuadros torcidos en la pared, todo seguía en su lugar, pero nada parecía realmente suyo desde que ella se había ido.

El hombre soltó una risa seca, sin alegría, y dejó caer las llaves sobre el mueble de la entrada.

—Ya llegué —murmuró, aunque nadie lo esperaba.

Su voz sonó extraña en la sala, demasiado alta, demasiado sola.

El hombre recorrió la cocina mirando la pila de platos sin lavar que se acumulaba junto al fregadero, algunos todavía tenían restos secos de comida pegados al fondo, endurecidos como costras viejas. Sobre la mesa había empaques arrugados de comida rápida, frutas echándose a perder dentro de un plato hondo y un puñado de recibos que el aire de la ventana movía apenas.

Abrió el refrigerador, la luz blanca le golpeó el rostro cansado, parpadeó, molesto, y observó el interior sin mucho interés: una caja de pizza vacía, dos latas abiertas, un frasco de mayonesa vencida y una botella de agua con apenas unos tragos en el fondo.

La tomó, bebió directamente de la botella, dejando que el agua fría le bajara por la garganta con dificultad.

No le quitó el sabor del alcohol, nada se lo quitaba ya.

Con la otra mano, temblorosa, buscó en el bolsillo del pantalón hasta encontrar la cajetilla de cigarros, la sacó aplastada, casi vacía, y la golpeó contra la palma para hacer salir uno.

El cigarro quedó torcido entre sus dedos, lo llevó a sus labios y empezó a buscar el encendedor entre los recibos de la mesa.

Apartó una servilleta manchada, movió una bolsa vacía y finalmente lo encontró debajo de un ticket húmedo.

Lo encendió, la pequeña llama iluminó por un segundo sus ojos enrojecidos, la barba descuidada, la piel sudorosa. Aspiró con fuerza, demasiado, hasta que el extremo del cigarro brilló como una brasa diminuta en la penumbra de la cocina.

Exhaló despacio, el humo salió de su boca y se arrastró hacia el pasillo oscuro que llevaba a la habitación.

—Claro... —murmuró, con una sonrisa amarga—. Tú odiabas que fumara aquí.

Entonces levantó la mirada hacia el pasillo.

Caminó hacia el con el cigarro entre los dedos y la botella de agua colgándole de la otra mano. Entonces distinguió la puerta de la habitación abierta, se detuvo a pensar, pues no recordaba haberla dejado así.

El humo se le escapó lentamente de la boca mientras miraba aquella franja negra al fondo del pasillo, la puerta estaba entreabierta, inmóvil, apenas empujada por una corriente de aire.

Tambaleándose, avanzó, cada paso le pareció más largo que el anterior. La luz de la calle apenas alcanzaba a entrar desde la sala, así que el pasillo permanecía sumido en una penumbra espesa, manchada de sombras. A mitad del camino, su zapato pisó algo que crujió bajo la suela.

Bajó la mirada. Había cristales rotos en el suelo, marcos de fotos, uno estaba partido por la mitad, con la imagen de su boda doblada hacia adentro, en otro, apenas visible bajo una grieta del vidrio, ella sonreía con un vestido rojo durante algún aniversario que él ya no sabía ubicar en el tiempo, más adelante había fotografías con amigos, vacaciones, cenas, cumpleaños, abrazos congelados en papeles brillantes.

El hombre se agachó con dificultad y tomó una de las fotos, en ella aparecían los dos sentados en la playa, jóvenes, quemados por el sol, riéndose de algo que ya no existía. Pasó el pulgar sobre el rostro de ella, pero una astilla de vidrio le abrió la piel.

Una gota de sangre cayó sobre la sonrisa de la mujer, él soltó la foto de golpe.

—¿Qué demonios...? —murmuró.

Desde la habitación, una voz baja respondió:

—Perdóname.

El hombre reconoció aquella voz y un nudo le floreció en la garganta, espeso, caliente, casi imposible de tragar. Se quedó inmóvil en medio del pasillo.

El cigarro seguía ardiendo entre sus dedos, consumiéndose solo, dejando caer una línea delgada de ceniza sobre el suelo lleno de cristales. Por un instante pensó que la había imaginado, que el alcohol, la soledad y la rabia le habían abierto una grieta en la cabeza.

Entonces la escuchó otra vez.

—Perdóname.

Se llevó un dedo a los labios, como si intentara callarse a sí mismo antes de decir algo estúpido, antes de romperse, antes de correr hacia ella, pero sus piernas ya estaban avanzando.

Empujó la puerta de la habitación, la madera rechinó suavemente.

Una mujer de cabello negro estaba sentada al pie de la cama, frente a la puerta, estaba de espaldas a la ventana, así que la luz de la calle apenas dibujaba su silueta: los hombros bajos, las manos quietas sobre el regazo, la cabeza inclinada como quien espera una sentencia.

El hombre dejó escapar una risa incrédula. No era alegría, era una herida abriéndose.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Perdóname —dijo la mujer, sin levantar el rostro.

Él apretó la mandíbula, sus ojos se humedecieron, pero la rabia llegó primero.

—¿Tu nuevo y más joven novio ya no te desea?

La mujer permaneció inmóvil, el silencio de la habitación pareció tragarse el insulto. No hubo defensa, no hubo excusa, ni siquiera un gesto de vergüenza. Solo ella, sentada al pie de la cama, con el cabello negro cayéndole sobre el rostro.

—Perdóname —repitió.

El hombre dio un paso dentro de la habitación.

—¿Eso es todo lo que dirás?




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