El reloj marcaba poco después del mediodía cuando Kang dejó caer el bolígrafo sobre el escritorio de su despacho.
Algo no estaba bien.
Al principio creyó que era el cansancio acumulado. Había dormido poco la noche anterior y la cantidad de reuniones previstas para ese día bastaba para agotar a cualquiera. Sin embargo, aquello era diferente.
Una oleada de calor recorrió su cuerpo sin previo aviso.
Frunció el ceño mientras aflojaba el nudo de la corbata. El aire acondicionado funcionaba con normalidad, pero la temperatura le resultaba insoportable. Respiró profundamente, intentando recuperar la compostura.
_ ¿Se encuentra bien, joven amo? -preguntó uno de los empleados al verlo salir del despacho-.
Kang simplemente asintió.
_Estoy bien.
Mentía.
Mientras caminaba por el pasillo, una fragancia delicada pareció quedarse atrapada en su memoria.
Flores de cerezo.
No estaba allí realmente. Era solo un recuerdo de aquella mañana, cuando Max había pasado junto a él en la cocina con unas magdalenas entre las manos. Habían intercambiado unas palabras, pero ese aroma permanecía grabado en su mente con una intensidad inquietante.
Sacudió la cabeza.
"Concéntrate."
No era momento para distraerse.
Cuando regresó a casa para almorzar, Max ya estaba sentado en el comedor revisando algunos documentos.
Levantó la vista apenas escuchó sus pasos.
_Llegas más tarde de lo normal.
_Hubo algunos asuntos pendientes.
Kang respondió con naturalidad, aunque su voz sonó más grave de lo habitual.
Max entrecerró ligeramente los ojos.
Había algo extraño.
El alfa mantenía la postura recta de siempre, pero tenía el cuello ligeramente enrojecido y respiraba con más profundidad entre una frase y otra. Incluso evitaba permanecer demasiado tiempo sentado.
_ ¿Seguro que estás bien? -preguntó con calma-.
Kang tomó un sorbo de agua antes de responder.
_Solo es un poco de estrés.
Max no insistió.
Si había aprendido algo durante el tiempo que llevaban viviendo juntos, era que Kang odiaba admitir cuando algo le ocurría.
Aun así, mientras el alfa regresaba al trabajo, el omega no pudo evitar seguirlo con la mirada.
Algo no encajaba.
La tarde avanzó lentamente, las reuniones se sucedían una tras otra, pero Kang apenas conseguía concentrarse.
Las palabras de los directivos llegaban a sus oídos como un murmullo distante.
El calor aumentaba minuto tras minuto.
Cada respiración parecía más pesada que la anterior.
Apretó los puños bajo la mesa intentando mantener la compostura.
"No ahora..."
Nunca le había ocurrido tan de repente.
Sintió un leve mareo.
La pantalla del ordenador comenzó a desenfocarse.
Fue entonces cuando su secretario, notó el cambio.
_Señor Kang...
No obtuvo respuesta inmediata.
El alfa permanecía inmóvil, con la mirada perdida, el ceño fruncido y una respiración bastante irregular.
El secretario dio un paso adelante.
_Señor, su temperatura...
Kang cerró los ojos unos segundos.
_Llévame a casa.
Aquellas tres palabras bastaron para que comprendiera la gravedad de la situación.
Sin perder un segundo, canceló todas las reuniones restantes, tomó la chaqueta de su jefe y lo ayudó a abandonar discretamente el edificio por el ascensor privado.
Durante el trayecto hacia el estacionamiento, Kang apenas hablaba.
Mantenía la mandíbula tensa y los puños cerrados, hasta el punto en que los nudillos se le notaban blancos, luchando por conservar el control.
El vehículo arrancó en cuanto ambos subieron.
Desde el asiento del conductor, observó por el espejo retrovisor el evidente malestar del alfa.
Nunca lo había visto así.
Y presentía que, al llegar a la mansión, las cosas solo se complicarían.
Las manos de Kang comenzaron a temblar apenas el automóvil abandonó el estacionamiento de la empresa.
Cada respiración costaba más que la anterior.
El calor que recorría su cuerpo había dejado de ser una simple molestia; ahora era una presión constante que parecía extenderse por cada músculo, nublando poco a poco sus pensamientos.
Hasta que empezó a ocurrir lo inevitable, un intenso aroma a sándalo inundó el interior del vehículo.
No fue algo que Kang decidiera liberar.
Simplemente... escapó.
Las feromonas comenzaron a filtrarse sin control, densas y envolventes, impregnando el aire con una fuerza impropia incluso para un alfa.
El secretario reaccionó de inmediato. Con movimientos rápidos abrió la guantera, tomó un cubrebocas especial que siempre llevaba para emergencias y se lo colocó antes de que el aroma se volviera insoportable. Era alfa pero el olor que emanaba de su jefe era demasiado fuerte incluso para él.
Y, aun así, con el cubrebocas puesto, podía sentir el peso de aquellas feromonas atravesando el filtro.
Le costaba respirar con normalidad.
Era una presión invisible que erizaba la piel y aceleraba el pulso.
Nunca había presenciado un episodio tan intenso.
Miró por el espejo retrovisor.
Kang permanecía recostado contra el asiento, con los ojos cerrados y la mandíbula tensa. Respiraba con dificultad mientras intentaba contener unas feromonas que parecían ignorar cualquier intento de control.
_Ya casi llegamos, señor Kang... -dijo Han con voz firme, aunque por dentro comenzaba a inquietarse-.
El alfa no respondió.
Solo asintió levemente.
Los pocos minutos restantes se sintieron eternos.
Cuando el automóvil cruzó finalmente el portón de la residencia, Han descendió incluso antes de que el vehículo terminara de detenerse.
Abrió la puerta trasera con rapidez.
_Permítame ayudarlo.
Kang intentó incorporarse por su cuenta, pero las piernas apenas respondieron.
Han sujetó uno de sus brazos y pasó el suyo alrededor de la espalda del alfa para sostener parte de su peso.