Boom Boom Boom ¡clap!

Capítulo 1 - Siete llamadas perdidas

Mi hermana Jane me llama siete veces mientras intento no vomitar sobre las zapatillas del capitán del equipo.

No es una meta particularmente honorable, pero en este momento tampoco me encuentro en condiciones de aspirar a mucho más. Me sostengo las rodillas, respiro por la nariz y observo una gota de sudor desprenderse de mi frente hasta desaparecer en la pista. Alrededor, el resto del equipo sigue avanzando entre jadeos, insultos y pisadas que golpean la tierra húmeda. Yo solo necesito que el desayuno permanezca dentro de mi cuerpo durante los próximos treinta segundos.

—No te mueras aquí —dice Tomás, deteniéndose a mi lado—. Hay que llenar demasiados formularios.

Levanto una mano para indicarle que agradezco su preocupación o que se vaya al infierno. Ni siquiera yo sé cuál de las dos.

El teléfono vuelve a vibrar dentro del bolsillo de mi cortaviento.

Ocho.

Enderezo la espalda con cuidado. La náusea comienza a retroceder, aunque mis pulmones todavía se sienten demasiado grandes para el espacio disponible entre las costillas. Tomás me mira como si estuviera esperando una explicación razonable.

—Es mi hermana.

—¿La que llama ocho veces seguidas?

—Tengo tres. Todas podrían llamar ocho veces seguidas por motivos completamente distintos.

En realidad, solo Jane lo haría. Milly mandaría un mensaje que dijera urgente y luego apagaría el teléfono. Clara insistiría dos veces antes de recurrir a un audio de seis minutos. Jane llama hasta que una responde porque, desde que murió mamá, ha decidido que cualquier silencio demasiado prolongado podría esconder una tragedia.

Saco el teléfono. Hay ocho llamadas perdidas, cuatro mensajes y una fotografía enviada por Clara. Abro primero la fotografía porque conozco mis prioridades.

Es una tostada quemada con dos arándanos y una línea de mermelada formando una cara triste.

Debajo, Clara escribió:

Jane hizo desayuno.

Sonrío antes de abrir los mensajes de la responsable del crimen.

¿Terminaste?

Llámame.

Pippa, contesta.

Y, un minuto después:

Ven a casa apenas puedas.

La sonrisa se me borra.

Jane no dice ven a casa durante la semana. Dice ¿almuerzas aquí?, ¿vas a llegar esta noche? o recuerda que el jueves es el cumpleaños de papá, aunque todavía falten tres meses. Desde que entré a la universidad vivo a veinte minutos de distancia y ella procura respetar mi independencia con un esfuerzo tan evidente que a veces parece estar permitiéndome cruzar sola una carretera peligrosa.

La llamo.

Contesta antes del primer tono.

—¿Dónde estás?

—Buenos días para ti también.

—Pippa.

—En la pista. Te dije que entrenaba temprano.

—¿Ya terminaste?

Miro a Tomás, que hace girar un dedo para ordenar otra vuelta de enfriamiento.

—Podría decirse.

—¿Qué significa eso?

—Que terminé la parte en que corro rápido y ahora empieza la parte en que finjo estirar para que nadie note que estoy muriendo.

Jane exhala. No es un suspiro impaciente, sino uno de esos soplidos lentos que utiliza cuando intenta reorganizar una conversación antes de que yo la descarrile.

—Necesito que vengas a la casa.

—¿Pasó algo?

Hay una pausa breve. Detrás de su respiración oigo una puerta que se cierra.

—No. Bueno, no exactamente. Papá quiere que almorcemos juntas.

Miro la hora. Son las nueve y cuarto.

—¿Me llamaste ocho veces para invitarme a almorzar?

—Siete.

—La última entró mientras intentaba decidir si vomitar constituía una emergencia médica.

—¿Vomitaste?

—No.

—Entonces fueron siete llamadas perdidas y una atendida.

Esa es la clase de precisión que hace que Jane sea Jane y que yo desee colgarle al menos tres veces por semana.

—¿Qué pasa?

—Te explico cuando llegues.

—Puedes explicarme ahora.

—No por teléfono.

La última vez que alguien dijo eso en mi familia, teníamos quince, trece, ocho y cuatro años, y papá nos esperaba en el living con las manos apretadas entre las rodillas. Desde entonces desconfío de cualquier información que necesite muebles para ser comunicada.

—¿Es papá?

—Papá está bien.

—¿Clara?

—Todos estamos bien, Pippa.

Al fondo, Milly grita que ella no está bien porque alguien ha usado su champú, y Clara responde que no sabía que un producto podía pertenecer a una sola persona cuando estaba dentro de un baño compartido.

Cierro los ojos.

—Voy saliendo.

—Gracias.

—Pero necesito ducharme primero.

—Puedes ducharte aquí.

—No tengo ropa.

—Todavía tienes ropa en tu pieza.

—Jane, me fui hace seis meses.

—Y, sin embargo, dejaste tres cajones llenos.

Cuelga antes de que pueda explicarle la diferencia entre abandonar ropa y conservar estratégicamente una segunda residencia.

Tomás se acerca trotando hacia atrás.

—¿Problemas?

Guardo el teléfono.

—Almuerzo familiar de emergencia.

—Son las nueve de la mañana.

—Eso es lo que lo vuelve inquietante.

Recupero mi mochila y camino hacia los camarines. Después de cuatro pasos, comienzo a trotar. No porque tenga prisa, me digo, sino porque caminar después de correr hace que me duelan más las piernas.

Es una explicación bastante buena mientras no pienso demasiado en ella.

A las diez y ocho estoy frente a la casa donde crecí, con el cabello todavía mojado, las zapatillas embarradas y una bolsa de medialunas que compré en el camino como ofrenda de paz. La reja está abierta. También hay un automóvil que no reconozco estacionado junto al de Jane, y el rosal que mamá plantó al costado de la entrada necesita una poda urgente.

Nadie lo ha tocado desde el verano.

Intento arrancar una rama seca, me pincho un dedo y decido que el jardín puede sobrevivir sin mi intervención.




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