Brinco y Brinco Rodríguez

Brinco y Brinco Rodriguez- parte 7

El aire era húmedo. El rocío matutino le profería al ambiente un olor fresco y frío. Los primeros movimientos de la coneja fueron lentos. Su cuerpo tenso no deseaba moverse. Necesitaba más descanso. Una gota le comenzó a golpear la cabeza, en intervalos regulares. Aquella sutil molestia era el despertador perfecto.

—Ya voy, ma —vociferó como un gruñido. Su amiga la gota continuó su tarea a pesar de la respuesta.

Sus párpados, llenos de una sustancia seca, se abrieron pesadamente mostrando imágenes difusas. La luz, atenuada por sombras de hojas, proyectaba rayos sutiles. Volvió a caer rendida. El frío le comenzaba a calar. Se estremeció. Mala idea. La coneja articuló un grito, o al menos eso le pareció. ¿No era mejor dormir? Perderse en ese sueño reclamado por cada célula: dejar todo atrás, incluido el dolor y el sufrimiento. Sí, sonaba bien. Poco a poco los sonidos se fueron amortiguando, como si estuvieran al otro lado de una puerta. “Adiós” era el susurro escuchado por la coneja.

Otra gota la sacó de aquel estado, siendo como una bofetada bien repartida en la cara. Capaz de despertar a un ebrio en plena resaca de quincena. Abrió los ojos, inyectados de rojo. Observó a la miserable causante de no poder llegar a su Valhalla. «Debo de arrastrarme a un lado». Su pata atrofiada, le cosquilleó al moverla. Clavó las uñas en el pedazo de tierra más lejano. Sin mayor dilación tiró de sí. El esfuerzo inicial lo sintió como si miles de conejos tirasen de ella al mismo tiempo. Un estruendo aguado recorrió por todo su cuerpo. Fue tan fuerte que, ahora sí gritó a desagote.

Otro “ploc”, de su peor enemiga, le cayó en sus sienes. «Estoy condenada», pensó. Respiraba a bocanadas, el estremecimiento la había dejado sin aliento. ¿Qué le habían hecho? Recordaba la velada con poca lucidez. La reunión con su líder, una caída y la lluvia. Sí, la caída; sabía que ese hecho era importante. Recibió otra visita húmeda del cielo. Ya no le prestaba atención. Su cuerpo, antes apacible, era ya un hervidero de cosquilleos, punzadas y picazón. Ella había encendido un interruptor, ya no se apagaría.

Durmió otro rato. No era fácil precisar cuánto tiempo, pero el sol decía que así fue. La luz era más tenue, rojiza. Brinco no deseaba mover ningún músculo, temerosa de las represalias. Se quedó tirada, dormitando entre un sueño pasajero y la luz rojiza que iba desapareciendo. En esos lapsos le pareció escuchar pasos. Maleza moverse, troncos siendo arañados. Antes, aquello la hubiera perturbado, pero ya no. Sin mayor vergüenza, fue presa de la oscuridad de sus párpados.

La próxima vez que abrió los ojos no fue culpa de esa molécula de H₂O. Esa oportunista se había esfumado. Ahora era por su cuerpo. Hambre. El calor en el ambiente era sofocante, y por fin su estómago tenía el coraje de hablar. Fue un rugido prolongado. Pero lo más significativo fue el retortijón. Digno de cualquier pellizco que su madre le hubiera dado.

—Bien, ya entendí. Voy.

¿Cuánto llevaba sin comer? No estaba segura. ¿Uno o dos días? Podía ser. Su estómago no dejaba de recordarle la necesidad básica a cubrir. Temblando, volvió a mover la misma pata de antes. Esta vez con otro enfoque, pararse. Recargó la extremidad. A manera de palanca, usó esa pata, liberando la otra de delante. Ya solo quedaba lo más difícil, parase. Sus orejas estaban muy calientes, quemaban. Jadeando incorporó sus patas traseras. Lento pero constante, su cuerpo se erigió sobre sus cuatro extremidades. Incómoda y sufriendo el cansancio, logró al fin sentarse en sus cuartos traseros.

¿Qué dolería más: caer al suelo o permanecer parada? No quería averiguarlo. «Bueno ya estamos aquí. ¿No?» se dijo afianzando las patas traseras. Podía sentir la tierra entrando en sus uñas, estaba fría. Cerró los ojos tratando de percibir todo su ser, cada punzada o herida. Dio un paso exitoso, aquello la hizo envalentonarse. Lo siguiente no fue tan sencillo. Al tratar de mover una de sus patas traseras, un latigazo la detuvo. Fue rápido y agudo, de esos dolores que van más allá de la superficie del cuerpo internándose hasta los huesos. Gimió, pero no bajó su extremidad al suelo. Ya estaba ahí, debía de acabar lo iniciado, no dejaría nada inconcluso. Completó el arco a pesar del dolor. Al depositar su pata en el suelo, esta tronó con un vasto sonido.

Sonrió. El primer movimiento estaba hecho. Aún no deseaba ver nada, iba a ciegas. Dejó de concentrarse en lo que hacía para que fluyeran los movimientos de su cuerpo. Todos iniciaban casi igual. Un latigazo, luego un retumbar de huesos. Al cabo de un rato caminaba con cierta normalidad. Las molestias persistían, cada vaivén era acompañado de esa sutil dolencia. Un recordatorio constante de su daño físico.

Finalmente vio donde estaba. Delante de los arbustos que la cubrían, se alzaba una cuesta bastante empinada. Llena de algunas rocas, raíces y árboles. —Debí de caer por ahí, estoy segura— se dijo a sí misma.

Su cuerpo comenzó a temblar al estar detenida. Emprendió de nuevo la marcha. Temía que si caía no volvería a levantarse. Sopesando sus capacidades actuales, tomó la decisión de dar un rodeo. El hambre le escoció otra vez el estómago. No se podía dar el lujo de perder fuerzas sopesando opciones, debía de actuar.

Nunca había recorrido páramos como aquellos. El bosque era su hogar, pero siempre cerca de su madriguera de ser posible. Ni siquiera los campos de sembradío estaban tan lejos. Solo bastaban cinco minutos para llegar a ellos. El bosque con sus maravillas era peligroso. Su comunidad era pequeña e indefensa, ello los había orillado a contratar a un protector. «Un protector» las palabras le retumbaban en la cabeza. ¿Quién había dicho que necesitaban un protector? Sí, eran frágiles e inútiles para luchar, debían de huir ante un ataque. ¿Pero realmente lo necesitaban? La lógica decía que sí, ellos no se podían defender. Algo no cuadraba. Cada día iban desapareciendo más de los suyos. El gran conejo reiteraba la necesidad de un protector, indispensable les decía. «“No eres la primera en tratar de huir a su destino”» las palabras de su líder eran un eco en sus oídos.




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