Brinco y Brinco Rodríguez

Brinco y Brinco Rodríguez - Parte 8

¿Qué hora era? El frío le calaba. A su alrededor había piedras muy redondas, vegetación abundante y humedad. «¿Me quedé dormida?» se preguntó al pararse. Sus piernas doloridas fueron el recordatorio perfecto de lo acontecido. Miró detrás de sí. Un pequeño cauce corría. A la vista no parecía tan profundo ni largo como le había costado a ella cruzarlo.

Todo siempre parecía más fácil desde fuera. Estiró sus piernas tocando el agua fría en el proceso. A su alrededor todo era paz en aquel lugar. Se le erizaron los pelos de su espalda. Su nariz, fría y pequeña, trabajaba sin descanso. Debían de estar en algún lado acechando. Esos felinos nunca se rendían. Sin embargo, era difícil no creerle a su mayor aliada, su nariz. Comenzó a moverse, inspeccionando los troncos cercanos y plantas. Lo había logrado. ¿Por qué no se sentía como una victoria? Su corazón se sentía complacido al recordar la carrera. A pesar del peligro, al final, ella era la estrella.

—Por fin gané en algo —gritó con una sonrisa en la boca.

Escudriñó mientras avanzaba a paso lento. Al fin, después de su quinta bocanada, soltó su tensión en un suspiro. Estaba a salvo. Su idea, que casi la mató, la había puesto del lado ganador. Qué mal que sus padres y «amigos» no la hubieran visto. Se los restregaría en casa.

El cauce del río la condujo lentamente a tierra alta. Todos los años, cuando los conejos más jóvenes estaban listos para apoyar en las labores de recolección en los sembradíos, eran llevados a una excursión. El rio era su guía en caso de perderse. Seguirlo sería su salvación, solo debían de seguirlo contra la corriente. Si uno llegaba a ver un tronco caído, debía dar la vuelta. Un punto de partida algo confuso, pero no imposible de encontrar. El rio era vida y, como tal lo respetaban. Solicitaban permiso para tomar de sus aguas, tirando ofrendas de comida en su cauce. Debían de pagar a cambio de la comida que él les daba.

Brinco no tardaría mucho en llegar a zonas conocidas. Al estar en su hogar, llamaría a una asamblea de inmediato y... ¿Pero sería tomada en serio? Se le antojaba difícil, la gente no la valoraba mucho como para escucharla.

Suspiró mientras inspeccionaba el paisaje a su alrededor. Al menos el lugar era bonito y el ambiente era cálido a causa del rio. ¿Faltaría mucho? Se preguntó al sentir el cansancio en todo el cuerpo. La siesta tomada después de su hazaña no fue suficiente. Deseaba tomar un descanso largo y duradero sin ser molestada. Rengueaba de sus piernas traseras, lo cual la obligaba a tomar descansos cada vez más seguidos. «Por lo menos no tengo que correr» se dijo dándose aliento mientras descansaba.

Al ver un árbol torcido en forma de túnel supo que al fin había llegado. Su hogar estaba delante de aquel árbol. Ella siempre lo veía al salir rumbo a los cultivos. Se introdujo en el túnel admirándolo al pasar por él. Las paredes parecían haber sido pulidas por alguien, dejando una superficie pulcra en todo el túnel, nada de irregularidades. Era hermoso, por fin, detenerse a ver cosas que nunca admiraba. Todos los días era igual, observando de reojo miles de curiosidades sin poder verlas realmente.

Se detuvo sin darse cuenta y observó el túnel. Reflexionando su belleza, le surgió una cuestión: Tomar una pausa en su vida caótica había sido increíble. Las circunstancias que la habían llevado a ello no eran las mejores, pero no estaba tan mal. En la entrada de aquella maravilla de túnel su nariz lo volvió a captar. O más bien ella al fin prestó atención a los olores. Gatos. Sí, su olor era inconfundible, aún más para ella. Se detuvo, lo que provocó un leve chirrido de rasgadura. El sonido, aunque muy poco audible, le puso los pelos de punta. Su mente ya le mostraba imágenes de gatos saltándole.

«¡No! Cállate mente. Tenemos asuntos importantes» se dijo revolviendo la cabeza de lado a lado. Se agazapó y olfateó. Inhaló y exhaló lento, escaneando todo a su alrededor. ¿Acaso podría predecir el número de enemigos con solo el olor? No, era demasiado ambicioso. En vez de ello se fue a pegar a la pared izquierda del túnel. Estaba frío y algo húmeda, pero no le importó. Avanzó lo más sigilosa que pudo mientras observaba su alrededor. Sabía que por el olor no estaban cerca, apenas era un tufo lo que detectaba. Aun así, era suficiente para alarmarse. Al llegar al final del túnel, emprendió la primera ojeada. Mal momento para tener un color tan llamativo como el blanco de su cara. Cuando sus ojos asomaron fuera del túnel, los vio. A su derecha, el río corría por debajo de una pequeña subida donde descansaba el árbol en que estaba; a la izquierda, había un claro en forma de rombo. Los gatos permanecían ocultos en varios árboles alrededor. No despegaban ojo de su presa: el árbol mayor del claro que desprendía sus raíces muy por encima de la tierra. Entre esas raíces un hueco pequeño era la clave del interés gatuno. El hogar de Brinco había sido construido allí debajo, aquel árbol era la perfecta entrada al estar protegida por las raíces. Era idóneo para criaturas pequeñas como ellas.

«Por los dientes de mis ancestros. Esos malditos. ¿Cómo pasaré? ¿Será mejor ir al otro almacén? No, ni se dónde está esa entrada.» Cada vez sacaba más la cabeza de su escondite calculando, observando, planeando. Conforme analizaba sus opciones, se iba deprimiendo. No era posible llegar a su hogar sin pasar por ellos. Esperar no era opción, estaba hambrienta y no deseaba dejar a su comunidad a merced de aquel tirano que solo los usaba para su propio beneficio. Pensar en él le asqueaba. Tantos discursos, vítores, promesas de todo tipo para acabar siendo usados sin el menor remordimiento. Ahora veía todas esas muestras de apoyo como lo que eran, las migajas usadas para ganar adeptos a su credo. Suficientes para sentirse apoyada, pero escasas para seguir dependiendo de ellas. A Brinco le revolvía el estómago.




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