Broken Soul- El peso de sentir

CAPITULO 1

Todos tenemos una rutina, levantarse, estirarse como si fuéramos un gato, irse al baño arrastrando los pies con pereza, llegar al baño cepillarse, lavarse la cara y tomar aire. Muy básico, pero una rutina cómoda, más aún cuando vives solo, como Saúl…

Saúl, Saúl, desolado Saúl, su cara no es como si transmitiera alegría y empatía, aunque tenía la cara de alegría, pero su gato Leo nada más miraba esa sonrisa y alegría.

—¡Leo, hora de comer! —dijo mientras agitaba la lata de atún, el sonido metálico repicando como campana de llamado.

El gato sólo admiraba a su dueño con sus maullidos, no eran estridentes ni molestos, sino suaves, casi como un murmullo de cariño, el gato negro de ojos verdes y pelaje abultado, no era exagerado ni travieso. Era tranquilo, observador, y parecía comprender más de lo que un simple animal debería.

Al parecer, el único en el mundo que realmente entendía a Saúl, con sus silencios largos, sus rutinas extrañas, su forma de hablarle al vacío, era Leo. Siempre a su lado, sin exigir, sin juzgar, simplemente estando, cuando el mundo se volvía áspero, leo era ese trozo de calma tibia que dormía sobre su pecho.

Es cierto que muchos compartimos rutinas semejantes, pero en la vida de Ciel todo adquiría un matiz distinto, no se trataba de que fuera una persona extraña, sino de que su carácter distraído la hacía resaltar inevitablemente. Ciel era diferente, podía vérsela correr con la mochila a medio cerrar, mientras intentaba sujetar su cabello de la manera más decorosa posible.

La verdad es que esta historia no busca unirse a la fuerza ni forzar conexiones. Es, simplemente, la manera en que surgen las cosas, situaciones inesperadas, amores incipientes, palabras que se convierten en recuerdos, primeras miradas, primeros mensajes… en suma, un primer todo. Puede parecer ingenuo, pero a veces las mejores historias de amor nacen cuando los estilos son distintos, aunque curiosamente los gustos coincidan, al menos algunas veces.

Ambas personas cargaban con problemas similares, aunque los vivieran de maneras distintas, eran dos almas rotas, desoladas por dentro, que aprendieron a sobrevivir ocultando sus grietas, tal vez una parecía más entera que la otra, tal vez una había aprendido a sonreír mejor, pero el dolor estaba ahí, compartido, latiendo en silencio, no era algo que se notara a simple vista; era un cansancio antiguo, arraigado en su propio ser y en el peso de una familia que exigía, juzgaba y nunca preguntaba cómo estaban realmente, en ese encuentro inesperado no había salvación inmediata ni promesas, solo el reconocimiento de un mismo sentir: la sensación de vivir sosteniéndose a duras penas, esperando que alguien, por una vez, no pidiera más de lo que podían dar.

Era raro encontrar una familia o encontrar madres que, con verdadera calidez, brinden ese amor que tanto hace falta, ese abrazo que sostiene, no sabemos en qué momento dejó de ser parte de la rutina, ahora se ven a jóvenes adultos cargando desprecios disfrazados de una realidad que, de alguna manera, siempre necesitamos aceptar, y aun así, nada de eso importa cuando eres alguien que solo busca amor; no amor romántico, sino ese amor paternal y maternal que llena, acompaña y da sentido.

Solo queda fingir una sonrisa bien cálida, bien tranquila, respirar hondo, tan hondo que tus pulmones se llenen de oxígeno y tu mente se libere de todo. Y antes de poner un pie fuera de casa, repetirte: “Pongamos los pies sobre la tierra y miremos todo con entusiasmo”. La verdad es que los jóvenes adultos son los menos comprendidos, todo les agota, todo les afecta, todo es demasiado. Sin embargo, aun así, deben sostenerse a sí mismos y no caer… no caer en esa oscuridad tan profunda que incluso la piel más cálida se vuelve fría.

Miremos el realismo del mundo

De la familia

De la gente

De ti…

— Señorita… hey, señorita, ya llegamos al paradero — dijo el hombre adulto mientras sacudía la mano frente a los ojos de aquella chica de mirada perdida.

— ¿Ah? Disculpe… sí, aquí bajo, lo siento — respondió. Tenía esa manía de pedir disculpas una y otra vez—. Lo siento, de verdad… perdón.

La vida para Ciel nunca fue perfecta, no podía quejarse: tenía todo, absolutamente todo… pero solo en lo material. Sus padres trabajaban sin descanso y ella, bueno, estudiaba, intentando ser feliz. No podemos decir que fuera una adolescente alocada; solo intentaba ser ella misma, estar en paz, a simple vista no parecía que le faltara algo… pero sí le faltaba.

La verdad es que Ciel asistía al psicólogo desde muy niña, según su madre, eso estaba bien: no quería que su hija tuviera problemas. Pero Ciel no recuerda qué pasaba en esas citas… y ahora, mucho menos entiende cómo terminó metida en ese hueco tan frío.

Metida en sus pensamientos, caminaba en dirección a su casa. Caminaba y caminaba, pensando en cómo sería el día siguiente, y apenas eran las dos de la tarde. Tenía ese sentimiento extraño de no querer llegar a casa, pero, sin darse cuenta, ya estaba frente a la puerta marrón, el signo inevitable de que había llegado. Abrió la puerta y escuchó los ladridos de sus perros, luego vio la espalda de su madre en la cocina, sonrió, aún no se había ido a trabajar, soltó un suspiro.

— Mamá, ¿aún sigues aquí? ¿No irás a trabajar? ¿Es tu descanso? No sabes lo que pasó hoy en cla… — fue interrumpida.

— Ahí está la comida. Te sirves. Tus hermanos ya se fueron a la escuela. Come, yo tengo que meterme a bañar — respondió su madre sin contestar ninguna de sus primeras preguntas; al parecer, estaba apurada.

Ella ya estaba acostumbrada a eso. Nunca era recibida con un “¿cómo estás?” o un “¿cómo te fue?”. Nada. Aunque, en ocasiones muy raras, parecía como si su madre realmente la viera… pero aun así quedaba ese amargo sabor, ese nudo de espinas en la garganta, la verdad, ya no tenía sentido tener fe en que alguna vez sentiría preocupación por parte de ella. Así que simplemente asentía y prefería subir a su habitación, entraba, cerraba la puerta y se dejaba caer sobre la cama, mirando el techo, solo le quedaba aceptar que nunca recibiría ese amor hecho de cuidado, de atención, a veces le surgía la envidia cuando veía a sus amigas: sus madres les servían el desayuno, les dejaban el almuerzo listo, les preguntaban cómo están… esa calidez tan simple y tan necesaria.



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En el texto hay: romance, depresión, enemistolover

Editado: 05.02.2026

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