Brown

Segundo

​"Habitaba en él la calidez de una sonrisa forjada entre un dolor antiguo y un amor profundo, tan cambiante e irreconocible como una mañana de otoño. Entre el crujir de las hojas secas y el vaho de un café entre las manos, su mirada se perdía tras el cristal de una ventana desnuda. Allí, en el silencio, comprendía que amar no siempre exige otro rostro humano; que la vulnerabilidad no nace solo de lo lejano, sino de esa lealtad muda y constante que respira a sus pies. Un ajeno leal; un alma de otra especie, pero de una fidelidad absoluta."

~Brown

Al llegar a casa, observé a mi madre preocupada, con un montón de hojas y recibos de pagarés sobre la mesa. Estaba triste, con los ojos llorosos. Yo sabía perfectamente cuál era el problema. Me detuve frente a ella a observar: los gastos estaban elevados, no teníamos para pagar este mes. Una vez más. Estaba siendo todo tan absurdo.

​Ella llevaba un vestido verde con flores rosas, el cual usaba desde hacía más de siete años continuos. Le quedaba precioso, eso estaba más que claro. Su tono oliva de piel se notaba más oscuro por las quemaduras que conllevaba ir a trabajar desde lejos; ella iba caminando, todos los días. Sus rulos preciosos caían sobre sus mejillas.

​La abracé por la espalda. Ella se sorprendió y volteó a verme. Estaba a punto de llorar hasta que se dio cuenta de que era yo. Su Sheyl.

​—Mi niña, ¿por qué no has ido a cambiarte? —preguntó con la voz quebrada.

​Yo solo me limité a observarla en silencio; de hecho, siempre lo hacía.

​—Ve, cámbiate, vamos a ir a un lugar.

​El silencio quedó pausado en el ambiente. Me limité a obedecer e irme a la habitación donde mis hermanos estaban haciendo sus tareas. Bueno, mi hermana; mi hermano, quien era tres años mayor que yo, estaba sentado en el borde de la cama aventando su yoyó. Los dos voltearon a verme rápido sin siquiera preguntar nada. Uno de ellos me aventó una almohada en la espalda; no noté quién fue. Solo sé que los dos comenzaron a reírse. Mi cama estaba bien tendida, tal y como la había dejado. Al menos no habían tocado mis cosas.

​Fui al pequeño cuarto que estaba a un lado de la habitación donde los tres dormíamos. Me cambié, me puse mis chancletas y fui con mi madre. Llevaba puesta una falda larga y una playera de mangas largas. Desde que comencé la pubertad me sentía insegura de mi cuerpo y de que algunas partes crecieran y se vieran voluptuosas. Estaba bien así, con ese conjunto de flores.

​Mi madre volteó a verme. Se levantó, tomó un bote con agua que había preparado previamente y nos fuimos afuera. En mi cabeza me preguntaba qué quería hacer con ese bote. También me pidió que tomara una bolsa llena de pan y croquetas. Estaba algo pesada. Al salir, el viento frío me pegó en las mejillas. Apenas lograba caminar con esa carga; mi madre, al igual que yo, apenas podía avanzar.

​Ese día suponía que mi padre no me había ido a recoger porque saldría tarde, así que no teníamos a nadie más que nos pudiera ayudar. Mis hermanos estaban ocupados con sus cosas.

​Caminamos unas tres casas y cruzamos la calle hacia las casas de enfrente. Se detuvo ante un portón rojo; era un terreno baldío que parecía abandonado. O bueno, eso pensaba yo, pero al parecer no lo era.

​—Yo voy a meterme, tú quédate aquí —dijo mi madre, un poco asustada. No entendía por qué.

​Asentí con la cabeza, curiosa por saber qué pretendía. Entonces ella entró. Cerró la puerta de golpe. Después se asomó, me pidió la bolsa que yo traía y volvió a cerrar. Me quedé afuera. Estaba casi oscuro. Mientras esperaba, le rezaba a Dios para que, fuera lo que fuera que estuviera pasando adentro, mi madre estuviera a salvo.

​De pronto, escuché ladridos. Me espanté. Poco después, mi madre salió sana y salva. Aún no lograba ver qué era, pero ya lo suponía. Mi rostro mostraba curiosidad, entonces ella me miró.

​—Son perros de la hermana de la dueña de la casa. Me ha dicho que si los cuido, quizá nos baje una cantidad buena para el siguiente mes. Ella ha dicho que dará la comida, así que por eso no hay que preocuparse.

​Me detuve a pensar en todas esas veces que la señora de la casa decía lo mismo. En las tantas veces que, de igual forma, no nos daba ni para el alimento de los pájaros, sino hasta meses después. La miré. En su mirada se reflejaba esa última esperanza de hacer lo que sea por tener unas monedas en casa. Entonces, yo solo le sonreí.

​Cuando llegamos a casa, mi madre se recostó en el sofá. Aunque era viejo, muy viejo, estaba cómodo por las grandes almohadas y cobijas que le habíamos puesto. Ella se sentía más aliviada. La comida ya estaba hecha, así que fui a la cocina, me serví y comí en la mesa vacía. Estaban todos, pero yo era casi la última en comer. Mi madre siempre esperaba a mi padre, por eso no podía acompañarme a mí.

​Al terminar, lavé mis trastes subida a una pequeña silla. La verdad, detestaba ser tan baja para mi edad. Me sentía tan insuficiente. Aunque a veces mi madre me dejaba dinero para comprarme un desayuno, yo no lo tomaba por miedo. A ella apenas le alcanzaba para esto o aquello; tenía que dejarlo para ella. De hecho, me limitaba a observar el billete, decidiendo si tomarlo o no. Al final, nunca lo hacía por culpa o por lástima. Sí, prefería irme sin comer que gastar el dinero de mis padres.

​En ese entonces, mi corazón quería seguir siendo el de una niña noble, sana y virtuosa, porque sentía que mis padres aún me amaban.

​Fui a la cama después de hacer mis tareas. A la mañana siguiente, la misma rutina de los pájaros. Y, por curiosidad, pasé al lado de la casa de ayer. Al pasar, los perros comenzaron a ladrar desesperadamente. Esa misma mañana, muy temprano, escuché que mi madre fue antes de irse a trabajar. Suponía que, al menos, los perros habían comido otra vez.

​El trayecto de la casa a la escuela era agotador. En ese entonces era una buena alumna, o eso creía. Desde que había comenzado el nuevo año en otoño, los días se me hacían más largos y deprimentes. Ya no me iba tan bien como antes.



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En el texto hay: mascotas, nostalgia y amor, perdida y dolor

Editado: 16.01.2026

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