Bruja del Viento

5

La normalidad no asomaba por allí ni por asomo.

Vilenka volvió en sí tras otros cinco hechizos. Ya empezaba a sentir un sabor amargo en la boca, y los círculos ante mis ojos se habían convertido casi en parte integrante del miserable decorado.

—Se acabó. No vuelvo a beber. Jamás —sentenció Vilena en cuanto abrió los ojos y vio a Iven. —¿Esto es una alucinación, verdad? —Ojalá lo fuera, pero yo no bebí con vosotras. —Yo tampoco —añadí, apenas ocultando mi alivio.

—Y yo que pensaba que a la abuela se le había ido la pinza cuando decía «como dijo Tissa» o «según la gata». ¿Por qué no hablabas conmigo? —preguntó Lenka, intentando incorporarse. Y, ¡por las llamas del averno!, lo logró.

—Vila, ¿cómo estás? —Seca. Con náuseas. Me estalla la cabeza… —¿Sientes las manos y los pies? —preguntó Iven. —Eso parece —dijo ella, moviendo las extremidades mencionadas.

—Ven aquí a rastras —ordené. —Y repite conmigo. Lenka se arrastró hasta mí y se dejó caer sobre sus posaderas, sujetándose de inmediato la cabeza con las manos. —¿Qué porquería bebimos ayer? —Luego te lo digo. Repite conmigo.

Mascullé las palabras del contrahechizo y Lenka las repitió obediente, torciendo la lengua en un ángulo imposible. ¡Bzdin! ¡Tren! ¡Babum!

Y junto con la sensibilidad en todo mi pequeño cuerpo, llegó un dolor casi paralizante. ¡Eso es lo que significa tener sangre de demonio!

—¿Y bien? ¿Funcionó? —preguntó Vilena con impaciencia. —No tienes ni idea… —siseé, a punto de aullar como un perro. —¿Y ahora qué? —soltó Iven. —Sabe Dios —lo «alegré» yo. —Pero al menos ya puedo sentarme.

Iven empezó a temblar ligeramente. —Eh, eh. Nada de histerias. Busca el lado positivo de la situación —dijo Vilena, apoyándose en la piedra caliente. —Cuando volvamos, tendrás material de sobra para cuadros nuevos. —Si volvemos —la corregí yo con mi habitual optimismo.

Ante aquello, el hombre de arte soltó un gemido sordo y empezó a desplomarse de lado. Lenka se acercó a él a gatas y le propinó un par de bofetadas. Sin resultado. —Déjalo —dije, lamiendo de mis patas los restos del hechizo. —Ya despertará. —¿Qué vamos a hacer? —Vilena volvió a lo urgente. —Esperar. —¿Esperar a qué? —Espero que no sea al verdugo.

Vilena soltó una risita burlona. —Tienes un don para tranquilizar. Casi como Vladlena. —Bueno, no por nada llevo siglos figurando como Guardiana en la estirpe de las brujas del Viento. Las costumbres se pegan, como las pulgas en un vertedero. —No recuerdo que hayas estado nunca en un vertedero —observó Lenka. —Prefiero no difundir información sobre ciertos momentos desagradables de mi vida. Todo el mundo tiene un pasado oscuro.

Me entendieron perfectamente y el silencio cayó sobre la cueva. No por mucho tiempo. Holió a azufre. Estornudé y siseé.

—Buenas noches, queridas damas —dijo el demonio recién llegado con una voz aterciopelada y profunda que me erizó el lomo.

Devlician. Guapo. Guapo incluso para ser un demonio. Y yo de esa raza entiendo un rato. Alto, macizo, vestido con la ropa tradicional del infierno: pantalones de cuero y un chaleco sobre la piel desnuda. Piel ligeramente rojiza y unos abismos negros por ojos, sin esclerótica. Cabello negro corto, y ni rastro de cuernos. Un jovenzuelo.

Lenka abrió un ojo, volvió a cerrarlo e ignoró por completo al visitante. —Qué acogedor —comentó el demonio con ironía. —Lógico —soltó ella sin abrir los ojos.

—Qué extraño… —dijo el demonio, sentándose frente a Vilena y apoyando la cabeza en el puño. —Según mis informes, lo propio es que las rescatadas se cuelguen del cuello de su salvador, suspiren lánguidamente, se desmayen y, después, den las gracias. Durante varias noches seguidas, por lo menos.

Lenka abrió un ojo. Luego el otro. Y copió su postura como un espejo, mirando directamente a los abismos negros de los ojos del demonio. —Tus informes están bastante obsoletos. No pienso colgarme de ningún sitio; nuestra situación no es tan deplorable. Suspirar… aquí ya falta bastante el aire. En cuanto a lo de desmayarse, ahí tienes a mi amigo cumpliendo la tarea a la perfección. Dar las gracias… de momento no hay por qué. Pero incluso si pasara algo por lo que debiera estar agradecida… no me prometas las estrellas. Ya soy una niña grande. Con nuestra ecología, lo de «varias noches»… una hora a lo sumo.

El demonio mostró una sonrisa de colmillos afilados. —Me he enamorado, Tissiana —se dirigió a mí por alguna razón, así que respondí: —No eres mi tipo. Me atrevo a esperar que no hayas venido solo a lucirte, sino para que te esté agradecida hasta el fin de mis días. —Bueno, tu gratitud me importa un… rabo. Pero la de Behklessar… —¿Varias noches seguidas? —preguntó Vilena con sorna.

Devlician se quedó helado unos instantes y luego soltó una carcajada. —¡No! Definitivamente me he enamorado. Hasta los cuernos. —Al grano, ¿quieres? No estoy de humor para tonterías —interrumpí yo su declaración.

El demonio se levantó y le tendió la mano galantemente a Vilena. —Es cierto, mejor no demorarse, por muy agradable que me resulte la compañía de tan bellas damas y… gatas. La atmósfera infernal no es lo mejor para el cutis de una brujita.

Un fogonazo brillante. Un olor sofocante a azufre… y los cuatro aparecemos en la cocina de nuestro apartamento. Bueno, «aparecemos»… tres de nosotros de pie. Iven, a nuestros pies.

A primera vista, nada ha cambiado en la casa. Incluso Manya sigue durmiendo a la mesa, con la cabeza apoyada en los brazos. —Ha sido un placer conoceros —ronroneó el demonio, mejor que yo, rozando con sus labios los dedos de Vilena. Holió a feromonas. Un olor punzante, de los que hacen llorar los ojos.

—Es hora de que te vayas —siseé, interponiéndome entre mi Lenka y Devlician. —Espero que nos volvamos a ver pronto —el demonio mostró sus colmillos con una sonrisa deslumbrante, soltando al fin la mano de Vilena.

Hubo un nuevo soplo de azufre, ya casi familiar. El silencio reinó en nuestra cocina. —¿Ya puedo ponerme histérica? —preguntó Vilena, dejándose caer en una silla y clavando la vista en un punto de la frente de Iven, que estaba pálido como un muerto. —Adelante —le permití generosamente.




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