Bruto Amor

Capítulo 8

 

 

Aaron se halló caminando algo perdido en aquel infinito humedal plano y de aguas que casi cubrían los pies. Con un redondo sol al frente, apenas podía ver la silueta de una mujer envuelta en un translúcido trozo de tela que se agitaba con el viento y que junto con el largo cabello de la joven parecían bailar.

Él se fue acercando, la mujer volteó a mirar de a poco, lentamente y era Nora. Dio una media sonrisa empotrada en un rostro limpio y al girar completamente el rostro, tenía la otra mitad de la cara herida y sangrante.

Aaron sintió que le faltaba el aire y corrió sosteniéndola entre sus brazos.

Nora… Yo…

Las palabras se le atragantaban en la boca, quería decir tanto y al final no decía nada, como si hubiese perdido la voz y no pudiera pronunciar palabras. Ella acarició su mejilla y él limpió la sangre en su pómulo.

No dejes que la oscuridad te devore, mi amor —le dijo Nora.

Él miró sus labios mientras ella le hablaba y cuando la iba a besar, Nora comenzó a volverse cenizas encendidas llevadas por el viento, como aquellas de la noche ante la fogata.

Ella desaparecía y él intentaba retenerla. Los restos de Nora se fueron reuniendo lejos de él, volviendo a formar aquella figura femenina imposible de alcanzar. Miró a Diego caminar por el humedal también, acercándose a Nora para luego tomar su mano y alejarse con ella mientras parecían volverse un espejismo.

Aaron despertó en su cama agitado, con aquella abismal sensación de abandono que le generaba una angustia en el pecho. Esa mujer le hacía doler el alma y no quería sentirse así, jamás le había pasado eso antes y estaba confundido, queriendo alejarse de esa aflicción que le causaba, pero sin dejar de pensar en aquel beso que una vez le dio.

Lanzó la almohada contra la pared molesto, no quería sentir nada por Nora y le desagradaba ese nuevo y potente descontrol que experimentaba por ella. Qué oscuridad ni que ocho cuartos, caviló molesto pensando en las palabras de Nora en su sueño.

 

 

Esa mañana, después que Nora regresó de las labores del desayuno, don Julio la citó a su despacho. La joven rodó los ojos fastidiada, comenzar el día de esta manera era lo peor y sintió temor, la carta, el dolor de la cachetada… Posó su mano sobre un cuchillo dispuesta a darle un buen susto si le ponía un dedo encima, luego recordó a sus abuelos en aquella perfecta casita con olor a madera y soltó el puñal.

Tocó la gran puerta del despacho y después de un grave “pase”, se presentó ante su padre.

—Buen día, señor, ¿me mandó a llamar?

—Sí, Nora… Tienes que haber sido tú la única con la osadía de entrar a mi oficina, registrar mis cosas y llevarte algo.

—Yo no me llevé nada, esa carta y la foto son mías, lo único que me queda de mi madre. Yo no tenía ninguna intención de revisar sus cosas, solo quería recuperar algo que valoro mucho. Usted no tiene derecho —contestó la joven muy molesta—. Yo no tengo nada, usted lo tiene todo y aun lo poco que tengo… ¿También me lo va a quitar?

—Sé que no debí tomarlas —respondió el viejo sin mirarla.

—No solo las tomó, las rayó escribiendo sus… cosas, dejando su rastro en la memoria de mi mamá, eso fue un atropello.

—Yo decidiré qué es un atropello y qué no.

—No se trata de lo que usted decida. Usted es un abusador que, si hace daño, no es malo, pero castiga a los demás por mucho menos.

—¡Cállate ya, Nora! —gritó dando un fuerte golpe contra su gran escritorio—. He despedido trabajadores por muchísimo menos, piensa en tus abuelos para que no terminen los tres de patitas en la calle.

Nora tuvo que guardar silencio, respirando llena de enojo.

—Gracias por las fotos que dejaste, son… muy bonitas.

—No crea que lo hice por usted, lo hice porque no deseo tener esas fotos de usted con mi mamá, me revuelven el estómago —dijo con desprecio.

Don Julio se levantó con los ojos encendidos y tomó a Nora por el brazo con fuerza, le dolió la presión en el brazo, más no se quejó y de un empujón fue sacada del despacho.

—Nora… No puedes hablarme así, recuerda que si no fuera por esa unión ni siquiera existieras. Es la última vez que te acepto algo así, la próxima no tendré contemplaciones. Vas a aprender a controlar esa boca por la buenas o por las malas —culminó lanzando la puerta después de entrar de nuevo.

 

 

Un par de horas después don Julio estaba frente a la puerta de la casa Aaron, tocándola molesto e impaciente. Abrió Diego y el viejo entró sin pedir permiso, chocando su hombro con el del joven a propósito.

—¿Qué quiere, señor? —preguntó Diego indignado de que este viejo se creyera dueño aún de su propia casa.

—¿Dónde está el abusador de tu hermano? Tengo cuentas que arreglar con él.

—¿Qué quiere? —preguntó Aaron llegando a la entrada con seriedad—. No le permitiré que entre a mi casa de esta manera, este lugar aún nos pertenece y no tiene derecho. Esto es propiedad privada.




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