Bruto Amor (muy pronto en físico-Amazon)

Capítulo 1,2

Hasta que entendió lo inevitable: Mamá no respondería más. Sintió una punzada que le atravesaba el pecho como una herida de lanza. La abrazó, y lloró amargamente rodeándola entre sus brazos. Mas sus lamentos fueron interrumpidos por alguien que también había sido informado de la partida de Norma. Esa persona tocó la puerta, y al abrirla Nora, se sorprendió de ver frente a ella al temido don Julio Salvador, quien entró maleducadamente, sin pedir permiso siquiera, pasó a la habitación y se mantuvo de pie frente a la cama de su madre.

La cara de don Julio se mostraba descompuesta, quitó su sombrero, lo agitó contra la baranda y exclamó:

—¡Terca, mujer! Esto pudo ser diferente.

Nora miró la escena desconcertada, y más aún cuando vio que una lágrima corrió por el rostro del viejo, una que no pudo esconder, aunque la limpió con rapidez.

—Pagaré el entierro y todo lo necesario. En una hora vendrán a buscar el cuerpo de su hija para prepararla. —Se dirigió a los abuelos—. Y tú… —Miró a Nora—. Tú te vienes conmigo.

—¿A dónde? ¿Qué le pasa? Yo no iré a ninguna parte. Usted es un desgraciado que le arruinó la vida a mi mamá.

—Mira, muchachita —dijo molesto entre dientes—. No hables de cosas que no sabes ni entiendes. Te vas conmigo y punto —ordenó tomándola por el brazo.

—¡Que no me voy con usted a ninguna parte! —gritó y sacudió su brazo, alejándose del alcance del don.

—Pues no tienes opción. ¿Quién va a cuidar de tus abuelos? ¿Acaso crees que con tu paga del ambulatorio podrás cubrir los gastos? Lo que ganas allí no alcanza ni para comer.

—Yo puedo mantener a mi familia, todavía no sé cómo lo haré, pero ¡no aceptaré nada suyo!

—Entonces no me dejas opción. A casa de tus abuelos no llegará nada. ¡Nada! Ni una gota de agua siquiera. Así que la culpable de su muerte serás tú, con ese orgullo de porquería que de nada le sirvió a tu mamá.

—Respete la memoria de mi hija. Usted sabe que siempre fue una mujer decente, don Julio. No tiene derecho a hablar de su orgullo, pues eso fue lo único que jamás le pudo quitar, su dignidad. Y nuestra Nora es igual —explicó el abuelo indignado.

—Pues la dignidad no pone comida en el plato, mi viejo, ni paga las medicinas que pudieron salvar a su hija. Son unos orgullosos, unos tontos. Allí está Norma muerta… Esto no era necesario.

—Pues ella estaba en su derecho de decidir qué hacer con su vida y qué aceptar —respondió Nora llena de enojo.

Don Julio se quedó en silencio y pensativo para luego hablar:

—Ya te dije, niña. Si no vienes conmigo, tus abuelos se van a morir de hambre, ni tú ni nadie vendrá para acá, no habrá comida, ni medicinas, ni atenciones, nada. Al contrario, si trabajas para mí, tu sueldo será para estos viejos, a quienes prometo cuidar bien, pero debes cumplir tu parte —propuso Julio.

—Usted siempre hace todo así, ¿verdad? Dejando a la gente sin opciones, obligándonos a cumplir lo que usted quiere, por eso mi mamá está muerta —dijo con la voz quebrada y sus ojos se cargaron de lágrimas en un segundo—, porque no hizo lo que usted quería.

—Entiendo por qué Norma no quiso aceptar mis condiciones. Lo que le pedí a ella fue… —expresó, apretando su sombrero con ambas manos—, más difícil, inhumano, pero ese no es tu caso, niña. No tienes nada que perder, no dejes ir una buena oportunidad para ti y los tuyos por puro orgullo.

—A veces eso es lo único que se tiene, señor —replicó la joven limpiando sus lágrimas. No le gustaba que el don la viera llorando.

—Cuando salga, y entre a mi camioneta, no habrá más oportunidad, Nora, no miraré para atrás y ustedes se morirán aquí. Esa será una cosa más que pesará en mi entrenada conciencia. Yo ya acepté el infierno y eso me hace más desalmado —dijo, golpeó su pierna con el sombrero, molesto, y comenzó a retirarse.

La respiración de Nora empezó a agitarse. Miró a sus abuelos que asintieron. Apretó los puños, los cerró con fuerza como sostuviera la ira con sus propias manos. Cerró los ojos, un par de lágrimas corrieron y con el rostro cargado de rabia, dijo:

—Está bien. Iré con usted, pero prométame que cuidará a mis abuelos.

Don Julio asintió.

—No, ¡prométalo! —gritó Nora—. Quiero escucharlo.

—Sí, mija… Prometo cuidar a tus abuelos.

Nora se acercó a una mesita maltrecha de madera vieja, abrió un cajón, sacó una foto de su madre y la entregó a Julio con la mano temblorosa, mientras habló ahogando el llanto en la garganta:

—Quiero que ponga esta foto de mi madre en la lápida, por favor. Quiero poder mirar su rostro cuando venga a verla.

El señor asintió, tomó la foto, y pasó su dedo por el rostro de Norma, como si recordara algo.

—Despídete… Te vienes conmigo. Te espero en la camioneta. No me hagas esperar —culminó antes de retirarse.

Nora miró a sus abuelos, se quebró lanzándose en su cama, y los abrazó, liberando su dolor al fin. Se acercó a su madre, el llanto agitaba su cuerpo por entero, su pecho se sacudía y su espalda subía y bajaba por los espasmos, en tanto abrazaba a su amada mamá. Tomó su rostro, lo besó y lo besó sintiendo que no podía dejarla allí, hasta que entendió que debía irse. Tomó un saco y metió lo poco que tenía. Besó de nuevo a sus abuelos, pero antes de salir, su abuelo la llamó:

—¡Nora!... Toma —dijo alzando una empolvada caja de madera—. Tu madre quiso que te entregáramos esto.

Nora la tomó extrañada y salió.

Se acercó a una hermosa camioneta nueva y blindada que esperaba en la carretera. Un chofer corpulento y con cara de pocos amigos tomó su sacó y abrió una de las puertas, haciéndole la seña de que entrara.

Antes de sentarse, Nora se encontró con los ojos de don Julio, quien le sostuvo la mirada, ambos compartían la tristeza y se notaba. Nora posó aquella cajita de madera sobre sus piernas, limpió las lágrimas que brotaban de sus ojos sin sollozos siquiera, pues ni eso sentía que podía demostrar ante aquel malvado viejo. Y así, en un silencio absoluto, llegaron al rancho de don Julio, el más grande y hermoso del condado.




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