Buenos Dias Colibrí.

Capitulo 2

Una voz que no se olvidaba

POV: Él

Nunca fui bueno recordando nombres.

Podía memorizar el recorrido de una arteria con los ojos cerrados.

Recordar el historial clínico de un paciente de hacía seis meses.

Corregir un examen y saber exactamente cuál estudiante había escrito cada respuesta sin mirar el nombre.

Pero los nombres...

Esos siempre se me escapaban.

Las voces no.

Las voces permanecían.

—Buenos días, doctor.

Asentí sin dejar de caminar por el pasillo de la Facultad de Medicina.

—Buenos días.

Era lunes.

El peor día de la semana para cualquier profesor.

El campus estaba lleno de estudiantes con café en una mano y ojeras en la otra.

Algunos corrían porque llegaban tarde.

Otros fingían estudiar cinco minutos antes del examen.

Nada nuevo.

Abrí la puerta del anfiteatro.

Doscientos estudiantes levantaron la cabeza al mismo tiempo.

—Buenos días.

—Buenos días, doctor.

Dejé el casco sobre el escritorio.

Sí.

Entraba con el casco bajo el brazo.

Los estudiantes decían que era parte de mi personalidad.

Yo decía que no pensaba dejar una Harley estacionada afuera sin llevarme el casco.

—Hoy veremos el corazón.

Escuché varios suspiros.

Siempre ocurría.

Todos esperaban una clase romántica solo porque hablábamos del corazón.

Pobres ilusos.

Tomé una tiza.

Dibujé el órgano en la pizarra.

—Antes de que alguien empiece a escribir frases cursis en los apuntes...

Me giré hacia ellos.

—El corazón no ama.

Algunos rieron.

Otros se miraron confundidos.

—No extraña.

—No perdona.

—No se rompe.

Solo bombea sangre.

Golpeé la pizarra con la tiza.

—Lo que duele está aquí.

Me señalé la cabeza.

—Y aquí.

Después el pecho.

—Pero el responsable sigue siendo el cerebro.

Silencio absoluto.

Sonreí apenas.

—Ahora sí... abramos el libro.

Las clases terminaron cerca del mediodía.

Un colega se acercó con una carpeta.

—¿Recuerdas que la próxima semana tendremos una conferencia interdisciplinaria?

—Sí.

—Ya confirmaron a la piloto.

Seguí caminando.

—¿Piloto?

—Sí. Aviación civil. Va a hablar sobre fisiología en vuelo, manejo de emergencias médicas a bordo y coordinación con hospitales durante aterrizajes de urgencia.

Asentí.

Interesante.

No extraordinario.

Solo interesante.

—Dicen que es muy buena.

—Espero que sí.

Firmé unos documentos sin mucho interés.

—¿Nombre?

—No lo recuerdo.

Tampoco importaba.

Aquella noche llegué a casa.

Mi apartamento era exactamente como me gustaba.

Silencioso.

Ordenado.

Sin adornos innecesarios.

La única excepción era una estantería llena de libros.

Medicina.

Historia.

Filosofía.

Poesía.

Sí.

Leía poesía.

Nadie necesitaba saberlo.

Me preparé café.

Abrí un artículo científico.

Leí dos páginas.

Lo cerré.

Sin explicación alguna...

Aquella voz volvió a aparecer en mi memoria.

"Buenos días, estimados pasajeros..."

Fruncí el ceño.

Habían pasado meses.

¿Por qué demonios seguía recordándola?

No tenía sentido.

Ni siquiera sabía cómo era.

Mi cerebro hizo el intento de inventarle un rostro.

Lo descarté enseguida.

Era absurdo.

Podía tener cualquier edad.

Cualquier color de ojos.

Cualquier sonrisa.

Lo único que sabía era que transmitía calma.

Y eso era extraño.

Porque las personas que realmente estaban en paz rara vez necesitaban demostrarlo.

El viernes llegó más rápido de lo esperado.

La universidad estaba especialmente llena.

Habían instalado un auditorio para la conferencia.

Profesores de Medicina.

Enfermería.

Emergencias.

Estudiantes.

Incluso algunos pilotos invitados.

Entré unos minutos antes de comenzar.

Me senté en la última fila.

Prefería observar.

No participar.

Un organizador tomó el micrófono.

—En unos minutos recibiremos a nuestra invitada especial...

Apenas presté atención.

Revisaba unos apuntes cuando...

—Buenos días a todos.

Mi mano dejó de escribir.

No levanté la cabeza.

No hacía falta.

Conocía esa voz.

La conocía.

El mismo tono cálido.

La misma tranquilidad.

La misma forma pausada de pronunciar cada palabra.

El mismo ritmo.

Mi corazón dio un solo golpe más fuerte de lo normal.

Ridículo.

Levanté lentamente la vista.

Y entonces...

La vi.

Por un instante, el auditorio desapareció.

No porque fuera la mujer más hermosa que hubiera visto.

Sino porque era exactamente lo contrario a la imagen que mi cabeza había inventado durante meses.

Llevaba el uniforme impecable.

El cabello recogido con una pulcritud que solo alguien acostumbrado a la disciplina podía mantener.

No había extravagancia.

Ni poses.

Solo una sonrisa sincera.

De esas que llegan primero a los ojos.

Mientras saludaba al público, movía ligeramente las manos al hablar, como si las palabras le nacieran también de los dedos.

Tenía una forma curiosa de mirar a las personas.

No pasaba la vista por encima del auditorio.

Se detenía un segundo en cada rostro.

Como si quisiera asegurarse de que todos se sintieran incluidos.

Y, sin darse cuenta, sonrió al encontrar la mirada nerviosa de un estudiante de primer año.

Solo un segundo.

El muchacho dejó de apretar su libreta.

Eso hizo una sonrisa.

Pensé, sin querer.

Entonces comprendí algo.

No era solo su voz lo que había recordado todos esos meses.

Era la calma que transmitía.




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