Buenos Dias Colibrí.

capitulo 3

La mujer que sonreía con los ojos

POV: Él

Hay personas que hablan para demostrar cuánto saben.

Ella hablaba para que los demás entendieran.

La diferencia era enorme.

Me di cuenta en los primeros diez minutos.

No leía diapositivas.

No utilizaba palabras complicadas para impresionar.

Contaba historias.

—Cuando un pasajero pierde el conocimiento en pleno vuelo, el primer error es pensar que el avión puede aterrizar inmediatamente.

Caminó despacio por el escenario.

—La realidad es distinta. A veces estamos a más de diez mil metros de altura, sobre el océano, lejos del aeropuerto más cercano. Antes de tomar cualquier decisión, la tripulación debe evaluar la situación con calma.

Nadie hablaba.

Ni siquiera los estudiantes del fondo.

Ella los había atrapado sin darse cuenta.

—Por eso siempre digo que un piloto no solo aprende a volar.

Sonrió.

—Aprende a mantener la calma cuando todos los demás la pierden.

Hubo un silencio breve.

No incómodo.

De esos que aparecen cuando alguien acaba de decir algo importante.

Tomé el bolígrafo.

Sin pensar.

Escribí una frase en el margen de mis apuntes.

"Mantener la calma también salva vidas."

No recordaba la última vez que había anotado algo dicho por otro profesor.

Al terminar la conferencia, el auditorio estalló en aplausos.

Ella hizo una pequeña reverencia con la cabeza.

Nada exagerado.

Ni siquiera parecía consciente del efecto que provocaba.

Mientras guardaba sus cosas, comenzaron a acercarse estudiantes.

Uno quería preguntarle sobre turbulencias.

Otro sobre motores.

Otro sobre cómo era entrenarse para pilotar un Boeing.

Ella respondió a todos.

Sin mirar el reloj.

Sin mostrar prisa.

Como si cada pregunta mereciera exactamente la misma importancia.

Eso también decía mucho de una persona.

—Doctor.

Giré.

Era Mateo, uno de mis ayudantes.

—¿Sí?

—¿No va a saludar a la conferencista?

Miré hacia el escenario.

Ella seguía rodeada de estudiantes.

—No.

—¿Por qué?

—Porque tiene suficiente gente alrededor.

Mateo frunció el ceño.

—Eso no tiene sentido.

—Lo sé.

Continué caminando.

No tenía ninguna razón para presentarme.

Era una invitada.

Yo era otro profesor más.

Fin de la historia.

O eso intenté convencerme.

Llegué al estacionamiento.

Saqué las llaves de la moto.

Entonces escuché una voz detrás de mí.

—Disculpe...

Me giré.

No era ella.

Era una estudiante.

—¿Podría ayudarme? Mi carro no enciende.

Asentí.

Diez minutos después el problema estaba resuelto.

Cuando levanté la cabeza...

La vi.

Caminaba hacia el otro extremo del estacionamiento con una pequeña maleta de cabina.

Todavía llevaba el uniforme.

El viento había soltado algunos mechones de su cabello.

Los acomodó detrás de la oreja con un gesto distraído.

Y entonces ocurrió algo completamente absurdo.

Se detuvo frente a una fila de flores silvestres que crecían junto a una cerca.

No eran rosas.

Ni lirios.

Ni una especie especialmente bonita.

Eran flores pequeñas.

De esas que casi nadie mira.

Ella sí.

Se inclinó apenas.

Las observó durante unos segundos.

Sonrió.

Y siguió caminando.

Sin arrancar ninguna.

Solo...

Las miró.

Me quedé inmóvil.

¿Por qué alguien haría eso?

No tenían nada de especial.

O quizás sí.

Quizás yo nunca me había detenido lo suficiente para descubrirlo.

Ella pasó junto a un banco donde una niña lloraba desconsoladamente.

Su madre intentaba calmarla.

La pequeña sostenía un libro infantil abierto.

Las páginas estaban mojadas.

Seguramente había derramado agua encima.

La piloto se acercó con cuidado.

No escuché lo que dijo.

Solo vi cómo se agachaba hasta quedar a la altura de la niña.

Después sacó algo del bolsillo de su maleta.

Un pequeño separador de libros.

Con forma de avión.

La niña dejó de llorar.

Los ojos se le iluminaron.

La mujer le acomodó el separador entre las páginas con una delicadeza casi ridícula.

Le revolvió el cabello.

Y continuó su camino.

Como si no hubiera hecho nada extraordinario.

La madre quiso detenerla para agradecerle.

Ella simplemente levantó una mano sin dejar de caminar.

"No es nada."

Eso pareció decir el gesto.

No buscó reconocimiento.

No esperaba un gracias.

Solo siguió andando.

No entendía por qué seguía observándola.

No era asunto mío.

Ni siquiera sabía su nombre.

Y, sin embargo...

Había algo peligrosamente raro en ella.

La mayoría de la gente caminaba mirando el teléfono.

Ella miraba el mundo.

Las flores.

Los niños.

El cielo.

Los árboles.

Como si siempre encontrara algo digno de admirar.

¿Cuándo fue la última vez que yo hice eso?

No pude recordarlo.

—Doctor.

Otra vez Mateo.

—¿Todavía aquí?

No respondí.

Él siguió mi mirada.

Y sonrió de una forma insoportablemente inteligente.

—Ah.

Lo ignoré.

—¿Qué?

—Nada.

—Mateo.

—Solo iba a decir que lleva exactamente cuatro minutos viendo a la piloto.

—Tres.

Él soltó una carcajada.

—Peor.

Abrí el compartimento de la Harley y guardé unos documentos.

—¿Sabes su nombre?

Pregunté sin mirarlo.

Mateo sonrió todavía más.

—¿Así que sí le interesa?

Cerré el compartimento de golpe.

—Contesté una pregunta.

—Valeria.

Silencio.

—Valeria Castillo.

Repetí el nombre mentalmente.

Valeria.

Le quedaba.




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