No era mi tipo
POV: Él
Hay una regla que siempre he respetado.
Nunca tomar decisiones importantes cuando estoy cansado.
El cansancio vuelve estúpida a la gente.
Y un médico no puede darse ese lujo.
Por eso, antes de llegar a casa, desvié la Harley hacia una cafetería que permanecía abierta hasta tarde.
No porque tuviera hambre.
Porque necesitaba un café.
O eso quise creer.
—Lo de siempre, doctor.
La mesera ya conocía mi orden.
Asentí.
Me senté junto a la ventana.
Desde allí podía ver la motocicleta estacionada frente al local.
Negra.
Impecable.
Exactamente donde la había dejado.
Era curioso.
Confiaba más en esa máquina de metal que en la mayoría de las personas que había conocido.
El café llegó.
Di el primer sorbo.
Abrí mi computadora.
Debía corregir exámenes.
Primer parcial de Anatomía.
Doscientos cuarenta y siete estudiantes.
Una larga noche.
Leí la primera respuesta.
"La arteria coronaria izquierda..."
La taché.
Siguiente.
"El corazón posee..."
Fruncí el ceño.
¿Por qué esa conferencia había durado exactamente una hora con treinta y siete minutos?
Seguí leyendo.
"La irrigación..."
¿Por qué demonios recordaba cuánto duró?
Apoyé el bolígrafo sobre la mesa.
No.
No.
No iba a hacer esto.
—¿En qué piensas tanto?
Levanté la vista.
Era Adrián.
Cardiólogo.
Mi mejor amigo desde la universidad.
El único hombre con permiso para sentarse frente a mí sin preguntar.
—En nada.
Se rió.
—Llevas cinco minutos mirando la misma hoja.
—Estoy corrigiendo.
—No.
Estás fingiendo corregir.
Porque llevas cinco minutos con el bolígrafo al revés.
Miré mi mano.
Maldita sea.
El bolígrafo realmente estaba al revés.
Adrián sonrió como un imbécil.
—Ahora sí cuéntame.
Suspiré.
—Hoy vino una conferencista a la facultad.
Esperó.
Yo también.
Porque esa oración debía terminar ahí.
Pero no terminó.
—Era piloto.
Adrián tomó un sobre de azúcar.
—Ajá...
—Eso es todo.
—No.
No es todo.
Porque jamás me hablarías de una conferencista si solo hubiera dado una conferencia.
Guardé silencio.
Él me conocía demasiado.
—Tiene una voz...
Me detuve.
¿Qué demonios estaba diciendo?
Adrián apoyó ambos codos sobre la mesa.
—¿Una voz qué?
Miré el café.
"...Bonita."
La palabra salió casi en un susurro.
Adrián abrió tanto los ojos que casi me dio risa.
—¿Acabas de describir la voz de una mujer?
—No la describí.
—Lo hiciste.
—Fue una observación.
—Fue una admiración.
Negué con la cabeza.
—Fue un dato.
Adrián soltó una carcajada que hizo girar a media cafetería.
—Dios mío...
Se secó una lágrima de la risa.
—El profesor de Anatomía está jodido.
—No exageres.
—¿Sabes cuántas veces te he intentado presentar mujeres?
No respondí.
Porque ambos conocíamos la respuesta.
Muchas.
Demasiadas.
—¿Y sabes cuántas aceptaste?
Una.
Para salir una sola vez.
Habíamos cenado.
Ella pasó toda la noche hablando de sí misma.
Nunca volvió a llamarme.
Ni yo a ella.
Perfecto para ambos.
—Entonces dime...
¿Por qué una piloto sí logró quedarse en tu cabeza?
No contesté.
Porque no tenía la menor idea.
Llegué al apartamento cerca de las once.
Dejé las llaves sobre la mesa.
La chaqueta en el perchero.
El casco donde siempre iba.
Todo en orden.
Como siempre.
Abrí la nevera.
Había comida.
La cerré.
No tenía hambre.
Entré al estudio.
Los libros seguían perfectamente acomodados.
Cada uno en su lugar.
Cada lápiz.
Cada carpeta.
Cada hoja.
Mi vida era un sistema.
Un sistema que funcionaba.
Sin caos.
Sin sorpresas.
Sin personas entrando y saliendo.
Sin decepciones.
Así me gustaba.
Entonces...
Vi algo escrito en una esquina de mis apuntes.
"Mantener la calma también salva vidas."
Lo había anotado durante la conferencia.
Pasé el pulgar sobre la tinta.
No recordaba haber decidido escribirlo.
Simplemente lo hice.
¿Por qué?
Porque tenía razón.
Porque era una buena frase.
Porque...
Porque me gustó escucharla.
Apoyé la espalda contra la silla.
Cerré los ojos.
Y, por primera vez en mucho tiempo, me hice una pregunta que llevaba años sin aparecer.
¿Y si mi vida estaba demasiado ordenada?
La idea fue tan absurda que abrí los ojos enseguida.
No.
El orden era paz.
El orden era control.
El orden evitaba errores.
Entonces...
¿Por qué sentía que faltaba algo?
A la mañana siguiente llegué temprano a la universidad.
Como siempre.
Atravesé el estacionamiento.
Y, sin pensar...
Mis ojos buscaron un uniforme de piloto.
No estaba.
Seguí caminando.
Di tres pasos más.
Me detuve.
Volví a mirar.
Nada.
Una sensación extraña me atravesó el pecho.
No era decepción.
No podía serlo.
Había dado una conferencia.
Eso era todo.
No tenía ninguna razón para volver.
Continué hasta mi oficina.
Dejé el maletín sobre el escritorio.
Encendí la computadora.
Intenté leer un artículo científico.
Cinco minutos después me descubrí mirando por la ventana hacia el estacionamiento.
Esperando algo que no iba a pasar.
Solté una risa baja, incrédula.
—¿Qué demonios te pasa?
Era la primera vez en años que no reconocía al hombre frente al espejo de la ventana.
Editado: 10.07.2026