La mujer del vestido azul
POV: Él
Las ocho y doce.
Mi clase empezaba a las ocho y treinta.
Tenía dieciocho minutos para revisar el examen que pensaba aplicar.
Dieciocho minutos.
Exactamente.
Era suficiente.
O eso intentaba convencerme mientras, por tercera vez en menos de cinco minutos, levantaba la vista hacia la ventana de mi oficina.
El estacionamiento seguía igual.
Estudiantes.
Profesores.
Un autobús descargando alumnos.
Nada más.
Volví al computador.
"Los plexos nerviosos..."
No leí una sola palabra.
Suspiré.
Qué ridículo.
Tomé la carpeta con los exámenes y salí al pasillo.
El edificio comenzaba a llenarse de voces.
Pasos.
Puertas abriéndose.
Alumnos corriendo.
Una mañana normal.
Hasta que la vi.
No la reconocí de inmediato.
Mi cerebro tardó apenas un segundo.
Pero ese segundo bastó para dejarme inmóvil.
Era ella.
Valeria.
Solo que esta vez...
No llevaba uniforme.
Llevaba un vestido azul claro que se movía con el viento de una forma tan natural que parecía hecho para ella.
Sencillo.
Elegante.
Sin intentar llamar la atención.
Y, aun así...
Era imposible no mirarla.
Su cabello, que el día anterior había permanecido perfectamente recogido, ahora caía libre sobre su espalda en suaves ondas oscuras.
No sabía que el cabello de una mujer pudiera cambiar tanto su forma de verse.
Hasta ese momento.
El viento jugueteó con algunos mechones.
Ella intentó apartarlos de su rostro.
Duraron exactamente dos segundos en su sitio antes de volver a escaparse.
Sonrió resignada.
Como si estuviera acostumbrada a perder pequeñas batallas contra el viento.
Y esa sonrisa...
Dios.
Esa sonrisa.
No era grande.
No enseñaba todos los dientes.
Era apenas una curva en sus labios.
Pero sus ojos...
Sus ojos sonreían primero.
Sentí una presión extraña en el pecho.
Una completamente nueva.
Y no me gustó.
Porque no podía explicarla.
—Perdón.
Escuché que le decía a la secretaria de la facultad.
—Ayer olvidé una carpeta con unos documentos de la conferencia.
La secretaria buscó unos segundos.
—¡Aquí está!
Valeria soltó un suspiro de alivio.
—Ay, menos mal.
Pensé que tendría que volver a imprimir todo.
Su voz era exactamente igual.
Incluso riéndose.
La secretaria le entregó la carpeta.
—¿Quiere un café antes de irse?
—No debería...
Miró su reloj.
Después volvió a sonreír.
—Bueno... sí quiero.
Las dos rieron.
No entendí por qué.
Simplemente...
Lo hicieron.
Y el pasillo pareció un lugar un poco menos gris.
¿Qué haces?
Mi propia voz resonó en mi cabeza.
¿Por qué sigues mirándola?
Aparté la vista.
Di un paso.
Otro.
Tenía clase.
Eso era todo.
Un profesor no se quedaba parado observando a una invitada.
Seguí caminando.
Cinco pasos.
Seis.
Siete.
Entonces escuché un golpe.
No muy fuerte.
Me giré por reflejo.
La carpeta de Valeria acababa de abrirse.
Decenas de hojas salieron volando por el pasillo.
El aire acondicionado terminó de hacer el resto.
Papeles por todas partes.
—¡Ay, no!
Ella soltó una pequeña risa nerviosa mientras intentaba atraparlos.
Varios estudiantes pasaron de largo.
Algunos incluso pisaron hojas sin darse cuenta.
No lo pensé.
Simplemente caminé hacia ella.
Me agaché.
Tomé la primera hoja.
Luego otra.
Y otra.
Cuando levanté la vista...
Ella también lo hizo.
Sus ojos eran todavía más bonitos de cerca.
Color miel.
Con pequeñas motas doradas que la luz de la mañana hacía brillar.
—Gracias.
Su voz fue más suave.
—No hay problema.
Seguimos recogiendo documentos en silencio.
Ella sostenía un montón de hojas contra el pecho mientras intentaba que no volvieran a escapar.
Una de ellas volvió a salir volando.
La atrapé antes de que tocara el suelo.
Se la extendí.
Nuestros dedos rozaron el papel al mismo tiempo.
Fue un contacto mínimo.
Ridículamente breve.
Y, aun así...
Sentí el impulso absurdo de no soltar la hoja todavía.
Lo hice enseguida.
¿Qué demonios?
—Creo que ya están todas.
Revisó la carpeta con atención.
Contó rápidamente.
—Sí.
Sonrió.
—Me acaba de ahorrar una hora de trabajo.
Asentí.
No sabía qué decir.
Era extraño.
Podía hablar durante tres horas seguidas sobre anatomía cardíaca.
Pero una mujer agradeciéndome recoger unos papeles...
Y parecía haber olvidado cómo funcionaban las conversaciones.
Ella ladeó ligeramente la cabeza.
—Creo que no tuve oportunidad de agradecerle ayer por quedarse hasta el final de la conferencia.
La miré sorprendido.
—¿Lo notó?
Una risa pequeña escapó de sus labios.
—Había doscientas personas.
Pero usted era el único que tomaba apuntes.
Me quedé en silencio.
Lo había visto.
Ella me había visto.
No solo dando una conferencia.
Me había observado entre el público.
Y, por alguna razón que todavía no entendía...
Eso me gustó más de lo que debería.
—Soy Valeria.
Dijo extendiendo la mano.
Como si no supiera que llevaba días ocupando un espacio completamente injustificado en mi cabeza.
Miré su mano durante un segundo.
Después la estreché con cuidado.
Su piel estaba tibia.
Su mano era más pequeña que la mía.
—Gabriel.
Por primera vez en mucho tiempo...
Mi nombre sonó diferente al salir de mi boca.
Editado: 10.07.2026