Buenos Dias Colibrí.

Capitulo 6

A las cinco

POV: Gabriel

Su mano seguía entre la mía.

Un segundo.

Dos.

Ninguno de los dos parecía tener prisa por retirarla.

Fui yo quien la soltó primero.

Porque si no lo hacía...

Iba a empezar a preguntarme por qué no quería hacerlo.

—Gabriel.

Repitió mi nombre con una sonrisa pequeña.

Era curioso.

Había personas que pronunciaban un nombre como si fuera una simple combinación de letras.

Ella no.

Ella lo decía como si realmente quisiera recordarlo.

—Gracias otra vez.

Miró la carpeta contra su pecho.

—De verdad me salvó.

Negué con la cabeza.

—Solo recogí unos papeles.

—No.

Corrigió con suavidad.

—Recogió mis papeles.

Hay una diferencia.

La miré unos segundos.

Era la primera persona en mucho tiempo que agradecía un gesto tan pequeño como si hubiera significado algo importante.

Y eso...

Eso decía mucho de ella.

Valeria acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.

Parecía pensarlo dos veces antes de hablar.

Finalmente sonrió.

—¿Puedo invitarlo a un café?

La pregunta me tomó completamente desprevenido.

Parpadeé.

Una vez.

Después otra.

No esperaba eso.

En absoluto.

Ella debió interpretar mi silencio como una negativa.

Porque enseguida levantó una mano.

—Solo como agradecimiento.

Nada más.

No quiero que piense que...

Se detuvo.

Rió bajito.

—Bueno... ya no sé qué quiero que piense.

No pude evitar sonreír.

Muy poco.

Pero sonreí.

—No pienso nada malo.

Sus hombros parecieron relajarse.

—Entonces... ¿acepta?

Miré el reloj de mi muñeca.

Las ocho y veinticuatro.

Mi clase empezaba en seis minutos.

Después tenía una reunión.

Luego otra clase.

Y corrección de prácticas.

Mi agenda estaba llena.

Como siempre.

Era muy fácil responder que no.

Era lo lógico.

Lo responsable.

Lo habitual.

Abrí la boca.

—Tengo clases ahora.

Vi cómo una sombra de decepción, apenas perceptible, cruzó sus ojos.

Fue tan breve que quizás cualquier otra persona no la habría notado.

Yo sí.

Y, por alguna razón...

No quería ser el responsable de esa expresión.

Continué antes de que pudiera responder.

—Pero termino a las cinco.

Ella volvió a levantar la vista.

—¿Cinco?

Asentí.

—Si a usted no le molesta esperar hasta entonces...

Acepto ese café.

Durante un instante pareció sorprendida.

Como si realmente hubiera esperado un rechazo.

Después sonrió.

No.

Eso no era una sonrisa.

Era algo mucho más peligroso.

Porque hizo que sus ojos brillaran.

Y, por primera vez en muchos años...

Olvidé completamente que llegaba tarde a clase.

—Perfecto.

Respondió ella.

—A las cinco.

—A las cinco.

Nos quedamos en silencio.

Ninguno parecía dispuesto a terminar la conversación.

Hasta que una voz conocida apareció al final del pasillo.

—¡Doctor!

Mateo.

Por supuesto.

Venía caminando con una carpeta bajo el brazo.

Cuando nos vio juntos...

Se detuvo.

Su mirada pasó de mí a Valeria.

Y de Valeria a mí.

Una sonrisa lenta empezó a dibujarse en su cara.

Ya conocía esa sonrisa.

La odiaba.

—Doctor.

Repitió al llegar.

—Los estudiantes llevan diez minutos esperándolo.

Miré mi reloj.

Maldita sea.

—Cierto.

Volví hacia Valeria.

—Debo irme.

Ella asintió con una comprensión que me resultó extrañamente agradable.

—Las responsabilidades primero.

—Siempre.

—Entonces...

Nos vemos a las cinco, profesor.

Profesor.

No Gabriel.

Profesor.

No sabía por qué esa palabra me hizo gracia.

—Nos vemos a las cinco.

Ella levantó la mano en un pequeño gesto de despedida y comenzó a alejarse por el pasillo.

No pude evitar verla marcharse.

El vestido azul se movía suavemente con cada paso.

Su cabello seguía escapando del control del viento.

Y, antes de doblar la esquina...

Se giró.

Solo un segundo.

Como si quisiera comprobar que realmente la había mirado.

Nuestros ojos volvieron a encontrarse.

Ella sonrió otra vez.

Y desapareció.

—Ya puede dejar de verla.

La voz de Mateo me devolvió a la realidad.

No aparté la vista del pasillo vacío.

—¿Qué?

—Ya se fue.

Ahora sí lo miré.

—No sé de qué hablas.

Mateo soltó una carcajada.

—Doctor...

En tres años trabajando con usted jamás lo había visto sonreír dos veces en menos de cinco minutos.

Guardé silencio.

—Y mucho menos llegar tarde a una clase.

Fruncí el ceño.

—No llegué tarde.

—Faltan treinta segundos.

Corrimos.

Llegué al anfiteatro justo cuando el reloj marcaba las ocho y treinta.

Doscientos estudiantes ya estaban sentados.

Entré como si nada hubiera pasado.

Dejé el maletín sobre el escritorio.

Tomé una tiza.

Escribí el tema del día.

"Sistema Respiratorio."

Me giré hacia el auditorio.

Abrí la boca para comenzar la clase.

Y, por primera vez desde que era profesor...

Olvidé cuál era la primera frase de mi propia lección.

Silencio.

Los estudiantes esperaban.

Yo también.

Porque, inexplicablemente...

Lo único que podía recordar era una voz diciéndome:

"Nos vemos a las cinco."

Y todavía faltaban ocho horas y media.




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