¿Por qué hice eso?
POV: Valeria
No voltees.
No voltees.
No...
Volteé.
Él seguía ahí.
Mirándome.
Sonreí.
¿Por qué sonreí?
Ay, Dios mío.
Seguí caminando antes de tropezarme conmigo misma.
En cuanto doblé la esquina del pasillo, apoyé la espalda contra la pared y cerré los ojos.
Cinco segundos.
Solo necesitaba cinco segundos para recuperar la dignidad que acababa de perder.
—Valeria Castillo...
Murmuré para mí misma.
—Eres piloto de una de las aerolíneas más importantes del país.
Has aterrizado un avión con una tormenta eléctrica.
Has manejado pasajeros en pánico.
Has resuelto emergencias en pleno vuelo.
Y acabas de ponerte nerviosa porque un profesor guapo aceptó un café.
Excelente.
Muy profesional.
Suspiré.
Largo.
Muy largo.
¿Por qué lo invité?
¿Por qué?
Porque fue amable.
Porque me ayudó.
Porque...
Porque quería volver a hablar con él.
Me tapé la cara con las dos manos.
Ay, Dios.
Sí quería.
Y ahora él lo sabía.
O peor.
Tal vez pensaba que yo invitaba a tomar café a cualquier hombre que recogiera unos papeles del suelo.
¡No!
No, no, no.
Yo jamás hacía esas cosas.
De hecho...
Era la primera vez.
La primera.
Y tenía que ser con el profesor más serio que había conocido en mi vida.
Perfecto.
—¿Valeria?
Levanté la cabeza.
Era Sofía.
Mi mejor amiga.
Copiloto.
La mujer que llevaba diez años diciendo que yo era incapaz de coquetear sin convertirlo en un desastre.
—¿Qué haces escondida detrás de una columna?
La miré.
—Cometí un error.
Ella abrió mucho los ojos.
—¿Rayaste un avión?
—No.
—¿Olvidaste bajar el tren de aterrizaje?
La miré horrorizada.
—¡Sofía!
—Estoy descartando posibilidades.
Suspiré.
—Invité a un hombre a tomar café.
Hubo silencio.
Mucho silencio.
Después...
Sofía empezó a reír.
No una risa pequeña.
Una carcajada.
De esas que obligan a apoyarse en la pared.
—¡No te rías!
—¡Perdón!
No podía parar.
—Es que... ¿tú?
La señaló con un dedo.
—¿Tú invitaste a salir a un hombre?
—No lo invité a salir.
—¿No?
—Lo invité a un café.
—¿Los dos solos?
...
Guardé silencio.
Ella volvió a reír.
—¡Valeria!
—¡Deja de hacer eso!
Me crucé de brazos como una niña pequeña.
—Fue para agradecerle.
—Ajá.
—De verdad.
—Claro.
—Sofía...
Ella respiró hondo intentando recuperar la compostura.
—Cuéntamelo todo.
Y eso hice.
Le conté cómo había recogido mis papeles.
Cómo me ayudó sin decir una sola palabra.
Cómo me había dado las hojas una por una.
Cómo estrechó mi mano.
Cómo aceptó el café.
Cómo dijo que terminaba a las cinco.
No omití absolutamente nada.
Cuando terminé...
Sofía me observaba con esa expresión que solo ponen las mejores amigas cuando descubren algo antes que una misma.
—¿Qué?
Pregunté.
Ella sonrió.
—Te gustó.
Negué tan rápido que hasta me dolió el cuello.
—No.
—Valeria.
—Solo me pareció educado.
—Ajá.
—Y guapo.
...
Abrí mucho los ojos.
¿Por qué había dicho eso en voz alta?
Sofía dio un pequeño saltito de emoción.
—¡Sabía!
Me llevé ambas manos a la cara.
—¡Ay, Dios!
—¡Te gusta!
—¡No me gusta!
—¿No?
—Bueno...
Suspiré derrotada.
—Es muy guapo.
Y tiene una voz...
Me detuve.
No.
No iba a decirlo.
—¿Qué tiene su voz?
Preguntó Sofía con una sonrisa maliciosa.
Miré al techo.
—Es bonita.
Ella volvió a reír.
—Ustedes ni siquiera han tomado el café y ya están describiéndose por la voz.
No respondí.
Porque era verdad.
Salimos de la facultad poco después.
Mientras caminábamos hacia el estacionamiento, vi una pequeña librería al otro lado de la calle.
Mis ojos brillaron al instante.
—Cinco minutos.
Le dije a Sofía.
Ella me miró resignada.
—Cada vez que dices cinco minutos salimos una hora después.
—Esta vez sí serán cinco.
Entré.
El olor a papel nuevo me recibió como un abrazo.
No importaba cuántas veces entrara a una librería.
Siempre sentía lo mismo.
Como si el mundo entero bajara el volumen.
Pasé los dedos por los lomos de los libros.
Uno por uno.
Hasta encontrar una edición especial de Orgullo y Prejuicio.
La abrí.
Las páginas crujieron suavemente.
Sonreí.
—Hola.
Susurré, como si estuviera saludando a un viejo amigo.
La compré sin pensarlo.
Cuando salí de la tienda, Sofía negó con la cabeza.
—¿Cuántos libros tienes en tu apartamento?
—No los suficientes.
—Valeria.
—Nunca son suficientes.
Abrazando el libro contra mi pecho, miré la hora en mi teléfono.
11:47.
Faltaban cinco horas y trece minutos.
Cinco horas.
Trece minutos.
Para un café que yo misma había propuesto.
Y, por alguna razón completamente absurda...
Sentía mariposas en el estómago como una adolescente antes de su primera cita.
Solo que esto no era una cita.
¿Verdad?
...¿Verdad?
Editado: 17.07.2026