¿Y ahora qué me pongo?
POV: Valeria
—No.
Sofía dejó el vestido sobre la cama.
—Ese tampoco.
Miré mi armario por quinta vez.
No.
Por sexta.
Había perdido la cuenta.
—¿Y este?
Saqué un vestido color crema.
Ella hizo una mueca.
—Parece que vas a conocer a sus padres.
Volví a guardarlo.
—¿Este?
—Parece que vas a una boda.
Suspiré.
—¿Y este?
Sofía entrecerró los ojos.
—Valeria...
—¿Qué?
—Ese es un uniforme.
Miré la prenda que tenía entre las manos.
...
Era mi uniforme de piloto.
Lo devolví al armario lentamente.
—Estoy entrando en pánico.
Sofía se dejó caer boca arriba sobre mi cama.
—Respóndeme una pregunta.
—Ajá.
—¿Cuántos hombres te han puesto así de nerviosa?
Seguí buscando entre la ropa.
—Ninguno.
Ella levantó la cabeza.
—¿Ninguno?
—Ninguno.
Porque era verdad.
Había salido con hombres antes.
Dos.
Bueno...
Uno y medio.
El primero pasó toda la cena hablando de sí mismo.
El segundo me dijo que leer novelas románticas era una pérdida de tiempo.
No hubo un tercer intento.
Desde entonces preferí gastar el dinero en libros.
Mucho más rentable.
Saqué un vestido blanco con pequeñas flores azules.
Sofía sonrió inmediatamente.
—Ese.
Lo miré.
Era sencillo.
Fresco.
La tela caía suavemente hasta las rodillas.
Las mangas eran cortas.
Nada llamativo.
Nada extravagante.
Simplemente...
Bonito.
—¿No es demasiado simple?
Ella se incorporó.
—Valeria.
Tú eres simple.
La miré ofendida.
—Eso sonó feo.
—No.
Sonó correcto.
Se levantó y caminó hasta mí.
—Tú eres la clase de mujer que se emociona porque encontró una edición antigua de un libro.
La que se queda viendo mariposas.
La que compra flores para ponerlas en un florero aunque viva sola.
La que llora viendo películas de Pixar.
La que habla con los gatos que encuentra en la calle.
Sonrió.
—No intentes parecer alguien que no eres.
Bajé la vista hacia el vestido.
Tenía razón.
Ese vestido parecía yo.
—¿Y el cabello?
Preguntó.
Me quedé pensando.
Siempre lo llevaba recogido para volar.
Era costumbre.
Seguridad.
Disciplina.
Tomé la liga que lo sostenía.
La quité.
Mi cabello cayó sobre los hombros.
Sofía sonrió.
—Muchísimo mejor.
Lo acomodé detrás de una oreja.
Dos segundos después volvió a caerse.
Resoplé.
—Nunca se queda quieto.
—Déjalo.
Hace lo que quiere.
Como tú.
Reí.
—No hago lo que quiero.
—Acabas de invitar a un profesor que conoces hace diez minutos a tomar café.
...
Buen punto.
Me senté frente al espejo.
Abrí una pequeña bolsa de maquillaje.
La cerré.
La volví a abrir.
—No sé maquillarme.
—Ya lo sé.
Sofía tomó un brillo labial.
—Y tampoco hace falta.
Me puso un poco.
Después acomodó un mechón de mi cabello.
Retrocedió un paso para observarme.
—Listo.
Fruncí el ceño.
—¿Ya?
—Sí.
—¿Y el resto?
Ella empezó a reír.
—Valeria, vas a tomar un café.
No a desfilar en París.
Miré la hora.
Cuatro y veinte.
El corazón empezó a latirme un poco más rápido.
Faltaban cuarenta minutos.
—¿Y si cancelo?
Sofía abrió mucho los ojos.
—Ni se te ocurra.
—¿Y si piensa que esto es una cita?
—¿Y si sí lo es?
La miré.
Ella sonrió.
—¿Te molestaría?
No respondí.
Porque no conocía la respuesta.
O quizás sí.
Y eso era precisamente lo que me daba miedo.
Tomé mi bolso.
Metí la billetera.
Las llaves.
El teléfono.
Y, casi por costumbre...
Un libro.
Sofía arqueó una ceja.
—¿En serio?
—¿Qué?
—¿Llevas un libro a un café?
Lo pensé un segundo.
—Nunca salgo sin uno.
Ella negó con la cabeza riéndose.
—Eres increíble.
Sonreí.
Era una edición de Persuasión, de Jane Austen.
Mi favorita.
Las esquinas estaban un poco gastadas de tanto leerla.
Lo guardé con cuidado.
Nunca sabía cuándo podía aparecer un momento para leer unas páginas.
Ya en el ascensor, mientras bajábamos al estacionamiento, apoyé la cabeza contra la pared.
—Sofía...
—¿Sí?
—¿Crees que le guste leer?
Ella me miró divertida.
—¿Por qué preguntas eso?
Sonreí sin querer.
Recordé la forma en que Gabriel escuchaba la conferencia.
No había estado mirando el teléfono.
No había fingido interés.
Había tomado apuntes.
De verdad.
Como si cada palabra importara.
Y luego recordé su voz.
Esa voz tranquila.
Profunda.
Con ese ligero tono rasposo que parecía quedarse flotando unos segundos después de que terminaba una frase.
La clase de voz que hacía que un simple...
"No hay problema."
Sonara como si pudiera tranquilizar cualquier tormenta.
Sentí calor en las mejillas.
Ay, Dios.
Creo que me gusta su voz más de lo normal.
Y todavía no sabía que, al otro lado de la ciudad, Gabriel llevaba quince minutos frente a su armario preguntándose una cosa que jamás creyó tener que preguntarse en su vida.
¿Una chaqueta de cuero era demasiado para un café?
Editado: 17.07.2026