Buenos Dias Colibrí.

Capítulo 9

No es una cita

POV: Gabriel

No es una cita.

Me repetí la frase mientras cerraba la puerta de mi oficina.

No.

Es un café.

Ella me invitó para agradecerme.

Eso es todo.

No hay segundas intenciones.

No hay expectativas.

No hay...

—Doctor.

Levanté la vista.

Mateo estaba apoyado contra el marco de la puerta con esa expresión que, desde hacía dos días, me provocaba ganas de asignarle guardias extra.

—¿Ya terminó?

—Sí.

—Qué bueno.

Sonrió.

—Porque lleva exactamente quince minutos mirando el reloj.

Miré mi muñeca por reflejo.

Maldita costumbre.

—No es cierto.

—Es completamente cierto.

Negué con la cabeza mientras guardaba unos exámenes en el maletín.

—Tengo un compromiso.

—Con la piloto.

Seguí acomodando los papeles.

—Con Valeria.

Me corregí sin pensarlo.

Silencio.

Mucho silencio.

Mateo empezó a sonreír.

Despacio.

Como si acabara de descubrir la cura para todas las enfermedades del mundo.

Levanté la vista.

—¿Qué?

—Nada.

—Mateo.

—La llamó por su nombre.

Fruncí el ceño.

—Porque ese es su nombre.

—Jamás llama por su nombre a nadie.

Quise responder.

No pude.

Él tenía razón.

A la mayoría de los estudiantes los llamaba por el apellido.

A los profesores también.

Era una costumbre.

Una forma de mantener cierta distancia.

Sin embargo...

Valeria.

No "la piloto".

No "la conferencista".

Valeria.

¿Por qué?

No encontré una respuesta.

Llegué al apartamento más temprano de lo habitual.

Dejé el maletín sobre el sofá.

Miré el reloj.

Cuatro y nueve.

Tenía tiempo.

Fui directo a la ducha.

El agua fría siempre ayudaba a despejar la mente.

Hoy no funcionó.

Mientras me secaba el cabello con una toalla, una idea completamente absurda apareció.

¿Qué se pone uno para un café?

Me quedé inmóvil.

¿Acababa de pensar eso?

Abrí el armario.

Camisas.

Muchas camisas.

Todas ordenadas por color.

Blancas.

Azules.

Grises.

Negras.

Tomé una negra.

La observé unos segundos.

La devolví.

Demasiado seria.

Elegí una blanca.

La sostuve frente al espejo.

Demasiado formal.

Suspiré.

¿Qué demonios me estaba pasando?

Media hora después...

Seguía frente al armario.

Había probado cuatro camisas.

Dos relojes.

Tres pares de zapatos.

Y, por primera vez en treinta y cinco años...

No podía decidir cómo vestirme.

La culpa era de Adrián.

Seguro.

Si no me hubiera metido ideas en la cabeza, ahora mismo estaría poniéndome lo primero que encontrara.

Escuché el timbre.

Abrí la puerta.

Era él.

Como si lo hubiera invocado.

Entró sin esperar invitación.

—Sabía que estarías en casa.

Se quitó las gafas de sol.

Me miró.

Después miró la cama.

Había ropa por todas partes.

Camisas dobladas.

Otras completamente arrugadas.

Chaquetas.

Zapatos.

Guardó silencio.

Yo también.

Finalmente habló.

—Voy a hacer una pregunta.

Respiró hondo.

—Y necesito que seas completamente sincero.

Lo miré.

—¿Te robaron?

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

—Porque solo conozco dos situaciones capaces de dejar tu habitación así.

Señaló el desastre.

—Un robo...

Hizo una pausa dramática.

—O una mujer.

No respondí.

Él abrió mucho los ojos.

—No...

Sí.

—Gabriel...

Empezó a caminar alrededor de la cama.

—¿Estás escogiendo ropa?

—No.

—¿No?

Tomó una camisa azul marino.

—¿Entonces por qué esta terminó aquí?

La miré.

No tenía respuesta.

—Porque...

La estaba revisando.

Él levantó otra.

—¿Y esta?

—También.

—¿Y esta?

—Adrián.

—¿Sí?

Suspiré.

—Cállate.

Se echó a reír.

No una risa discreta.

Una carcajada de esas que te obligan a apoyarte en la pared.

—¡No puedo creerlo!

Se secó una lágrima.

—¡El hombre que tiene la misma rutina desde hace diez años está nervioso por un café!

—No estoy nervioso.

—¿Ah, no?

Se acercó.

—Entonces ponte cualquier camisa.

Miré el armario.

Después la cama.

Luego el espejo.

Y otra vez el armario.

...

Maldita sea.

—La blanca.

Dijo Adrián.

—¿Qué?

—La camisa blanca.

Es la que mejor te queda.

La observé.

Simple.

Limpia.

Clásica.

Asentí.

—Bien.

Mientras me cambiaba, Adrián permaneció sentado en una silla, cruzado de brazos.

Con una sonrisa insoportable.

—¿Sabes qué es lo más divertido?

Me abotoné la manga.

—No.

—Que tú todavía crees que esto no es una cita.

Lo miré por el espejo.

—No lo es.

—Ella te invitó a tomar café.

—Para agradecerme.

—Los dos solos.

—Sí.

—Fuera de la universidad.

—Sí.

—Después de que ambos terminaran de trabajar.

...

Continuó sonriendo.

—Gabriel...

Eso tiene nombre.

Negué con la cabeza.

—No.

Él soltó una risa.

—Como quieras.

Tomé el reloj de cuero que usaba todos los días.

Me lo ajusté en la muñeca.

Las llaves.

La cartera.

El teléfono.

Todo listo.

Estaba por salir cuando Adrián habló otra vez.

—Llévale flores.

Lo miré como si hubiera perdido el juicio.

—¿Qué?

—Flores.

—Nos conocemos desde ayer.

—¿Y?

—Sería raro.

Pensó unos segundos.

Después asintió.

—Tienes razón.

Sonreí.

Al menos alguien estaba siendo sensato.




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