Capítulo 1
Año 2112, octubre 02.
Nathaly, una mujer de treinta años y físico envidiable, se despierta luego de una noche de sueño reparador. Después de hacer su rutina de ejercicios, desayunar y ducharse, sale de su casa: un apartamento de lujo en Los Ángeles.
Conduce hacia el trabajo mientras escucha las noticias en la radio.
—Hoy se conmemoran sesenta años del fin de la tercera guerra mundial. Los palacios de los reyes y virreyes de todas las naciones estarán celebrando junto a los ciudadanos durante toda la semana.
Nathaly cambia de estación.
—Necesito algo de música —se dice a sí misma.
Mientras busca, se escuchan palabras sueltas de las emisoras que descarta:
“Guerra”… “Papa Pedro”… “Emperador de Japón”… “Música punk”… “Nuevo túnel intercontinental”.
Finalmente encuentra una estación de música con éxitos del siglo XX. Al ritmo de I Want to Break Free de Queen, sale de la ciudad y se dirige hacia un túnel en una montaña visible a lo lejos. Pasa por un cartel gigante que dice: “Bug Travel privado”. Al entrar, recorre veinte minutos en su auto hasta llegar al final, donde la detiene una pared de roca y un retén.
Diez oficiales revisan el auto y otros dos su documentación. Ella se muestra tranquila, pues esto es rutina diaria.
Al corroborar que todo está en orden, le regresan sus papeles. En su identificación se lee: Nathaly Forest, ciudadana británica de las colonias americanas.
Los oficiales preparan una máquina circular de diez metros de diámetro. Por radio, uno dice:
—A mi cuenta.
Inician una cuenta regresiva y, al llegar a cero, la máquina abre un portal que emite un destello blanco. Tras el deslumbramiento, al otro lado se observa un túnel similar.
Ella avanza y, pasados los mismos diez minutos, sale del nuevo túnel llegando a Londres.
Nathaly pasa por los hermosos bosques nublados a las afueras de la ciudad y, con tranquilidad, se adentra en un Londres lleno de casas de ladrillo naranja y techos de teja. Se respira un aire fresco y tradicional, resaltado por las pantallas pegadas a las paredes de los edificios, cuyo único propósito es transmitir noticias del clima y la salud de la ciudad.
—Espero que sea un día soleado —exclama Nathaly para sí misma.
Mientras pasa por el centro, ve cómo los estudiantes de primaria se dirigen con alegría a la escuela. En lugar de uniformes, llevan trajes elegantes como si ya fueran grandes empresarios.
En su camino observa un mural pintado a mano por varios adolescentes. En letras coloridas se lee:
“Nuestros bisabuelos lucharon desde el principio y nuestros abuelos nacieron en medio de una guerra. Sintámonos orgullosos de nuestra sangre guerrera y honrémoslos con paz.”
El mensaje hace sonreír a Nathaly, quien recuerda cómo su abuelo lloraba al contar su niñez y cómo fue crecer en una Canadá destruida y llena de cadáveres.
Con un suspiro, elimina ese pensamiento triste y llega al palacio de la princesa Elizabeth de Inglaterra.
Después de pasar el control de seguridad, Nathaly entra al palacio y es conducida a una sala de estar llena de libros, donde espera a la princesa.
Mientras aguarda, disfruta de un té y revisa algunos papeles que lleva consigo. Están llenos de fórmulas matemáticas: algunas subrayadas en amarillo, otras en azul y un par en rojo.
Nathaly arruga las cejas con una tierna concentración, juega con su marcador azul y balbucea las ecuaciones.
El momento se interrumpe con la llegada de la princesa: una joven de 17 años y esbelta figura, vestida con un largo traje elegante, que se abalanza sobre Nathaly.
La concentración desaparece y ambas comparten un dulce abrazo acompañado de alegres risas.
—Princesa… esto no es adecuado para alguien en su posición —dice Nathaly entre risas.
Elizabeth responde con tono juguetón e infantil:
—Casi un año haciendo esto todos los días y hasta ahora te quejas.
Nathaly la separa con delicadeza y se pone de pie, exclamando con algo de seriedad:
—Me he quejado a diario, pero no veo resultados.
La princesa, aún juguetona, pregunta:
—¿Si haces lo mismo una y otra vez, el resultado será el mismo?
—Quizás —responde Nathaly, recogiendo las hojas que cayeron al piso por el abrazo.
Elizabeth cambia su tono a uno más serio y curioso acariciando su vestido pregunta:
—¿Es verdad que ya hay un avance?
Nathaly se detiene un momento y continúa recogiendo los papeles.
—Ayer resolví el problema de la constante gravitacional. Quizás podamos usar una fórmula para conectar el portal de la Tierra con el de las colonias de Marte, pero tendremos que hacerlo con una precisión casi imposible.
La princesa suelta una leve sonrisa y exclama con dulce alegría mientras acaricia su vestido con más fuerza:
—Bueno, eso me da esperanza de que se haga pronto el enlace.
Nathaly suspira y, mientras se retira de la habitación, dice:
—No prometo éxito, pero si lo hay, el enlace durará segundos.
Mientras recorre los pasillos del palacio, otro científico la intercepta con actitud despreocupada:
—¿No crees que fuiste muy dura con la princesa?
Nathaly acelera el paso y responde con seriedad:
—Puede ser, pero si no logramos avances pronto, el Vaticano nos quitará la financiación… o el proyecto mismo.
El hombre, igualando su paso y cansándose rápido, exclama:
—Te entiendo. Tampoco me gustaría que otra nación terminara el proyecto.
El hombre, con fascinación, le dice:
—¿Ya escuchaste la noticia? Los rusos lograron crear baterías nucleares de alta potencia. No dijeron cuántas, solo mencionaron varias decenas.
Nathaly, concentrada en su tablet mientras caminan hacia un asesor, responde sin darle importancia:
—Me gustaría tenerlas, pero dudo que pueda encontrarles un uso en nuestro proyecto.
Ambos llegan hasta el ascensor que se abre al escanear sus rostros.