Capítulo 3
No se ve nada. La oscuridad lo oculta todo, excepto el sonido de tres niños riendo. Se suma una cuarta voz, la de una mujer adulta diciendo:
—Niños, a comer.
Nathaly se despierta de golpe y tose. Al tocar su herida descubre que ya ha sanado por completo, aunque el dolor sigue allí, como si aún estuviera abierta.
Mientras tanto, Elizabeth, enojada, le grita a Lila:
—No es tiempo de misterios, así que habla ahora.
Lila, nerviosa, responde:
—Está bien, pero no podemos estar aquí. Él nos encontrará y la matará.
La princesa, confundida, dice:
—Pero si lo vi morir aplastado por rocas gigantes.
Lila contesta:
—Su traje está hecho para soportar una bomba nuclear. Lo más probable es que ahora mismo esté camino aquí.
Elizabeth accede a regañadientes y, mientras se va dándole la espalda, le dice:
—Vendrás con nosotros, pero vendrás sin tu traje ni tu arma.
Los dos soldados más cercanos extienden sus manos. La chica les entrega sus pistolas y, con enojo, les ordena:
—Cierren los ojos.
Todos los soldados obedecen y se tapan los ojos. La chica queda solo con un traje deportivo similar a ropa interior.
La princesa entra de nuevo a la habitación cargando uno de sus vestidos. Al ver a los soldados con los ojos tapados, suelta una leve risa. Le tira el vestido a los pies y, casi con desprecio, le dice:
—Póntelo y sígueme.
Ambas llegan escoltadas al patio del palacio, donde las esperan Nathaly y un escuadrón de soldados.
La princesa, feliz, salta para abrazarla mientras dice con lágrimas en los ojos:
—Hermanita, me asustaste.
Pero la suelta cuando Nathaly se queja por el dolor.
—Se te ve bien ese vestido —exclama Nathaly con media sonrisa.
Lila agacha la cabeza y responde en voz baja:
—Gracias.
La atención de todos se centra en el centro del jardín. La fuente, a pocos metros, se drena en segundos y se abre por la mitad. Un gran hueco aparece y de este emerge, junto a un leve temblor, un bug travel de apenas tres metros de diámetro.
Se enciende con un zumbido ensordecedor y un cegador brillo blanco. De repente, el sonido y la luz desaparecen, dejando solo el portal. Al otro lado se ve un laboratorio lleno de soldados.
Nathaly voltea rápido hacia la princesa y pregunta con seriedad:
—¿Estás segura de esto?
Elizabeth responde mientras camina hacia el portal:
—De nada sirve el orgullo si morimos intentando protegerlo.
Nathaly la sigue a paso lento. Tras ellas avanzan Lila y un soldado encapuchado que lleva las cosas de Lila en un maletín en la mano derecha y una tablet en la izquierda.
Sin aviso ocurre una gran explosión en el palacio. Otra le sigue, y otra más. En segundos todo el edificio empieza a colapsar y las explosiones no cesan.
Los soldados presentes forman una barrera protegiendo el portal y apuntan hacia la mansión. Las tres mujeres y el soldado cruzan rápidamente.
Al estar los cuatro del otro lado, la princesa les grita con fuerza:
—¡Crucen rápido!
Pero ellos no rompen su formación. Uno se voltea y dispara al mecanismo del portal, haciendo que este se apague de golpe.
Elizabeth cae de rodillas intentando contener las lágrimas y repite entre susurros:
—¿Por qué?
El soldado que disparó suspira y exclama con tristeza:
—Perdón.
El que está a su derecha responde con seriedad:
—No hay nada de qué disculparse. Todos habríamos hecho lo mismo. Nuestro trabajo es mantenerla a salvo y morir por ella.
El primero suelta una leve risa y dice más ligero:
—Así ha sido desde que ella tenía cinco años, ¿verdad?
Un tercero responde con una triste sonrisa:
—Sí, pero ahora no es contra monstruos imaginarios ni el coco.
Ninguno aparta la vista de la mansión. Apuntan a la puerta con miradas asesinas.
La entrada explota violentamente y el hombre sale del humo como una bestia, con una espada kukri en cada mano. Con velocidad anormal corre hacia ellos.
Todos disparan al unísono. Las balas llueven en una tormenta de fuego y pólvora ensordecedora.
Pero ninguna impacta: son repelidas por su traje. Al acercarse lo suficiente empieza a cortarlos y matarlos de un solo tajo. Con patadas y estocadas rompe la formación.
Los soldados se dispersan y casi al mismo tiempo tiran sus armas al suelo y sacan sus cuchillos de guerra. En una formación perfecta lo rodean y se abalanzan contra él con gritos de furia.
El extraño los esquiva como si fueran niños, pero varios logran apuñalarlo justo en los riñones y costillas traseras. Con gesto de dolor saca su arma y empieza a matarlos rápidamente. Ninguno retrocede, ninguno huye. Todos corren hacia el enemigo para intentar conectar una puñalada más, pero caen muertos, pintando las baldosas de piedra con su sangre.
De vuelta con la princesa, ella se levanta agitada. Ni Nathaly ni Lila dicen nada. El otro soldado se mantiene junto a ella, pero guarda distancia. Mientras tanto, los soldados que ya estaban allí empiezan a hablar entre ellos en ruso.
Se callan rápidamente al ver que la princesa Elizabeth los mira. Ella examina el lugar mientras acaricia su vestido con intensidad, el lugar parece ser un hangar de aviones vacío.
Al lugar entra un hombre musculoso pero delgado, rubio y vistiendo un traje militar ruso de invierno con capa.
Elizabeth suspira, le hace reverencia y con seriedad exclama:
—Rey Dmitry, gracias por aceptar nuestra visita.
El soldado de la princesa y Nathaly hacen reverencia junto a ella. Lila tarda varios segundos, pero también lo hace.
Dmitry dice con confianza casi burlesca:
—No es necesario ser tan formales, por favor síganme.
Los soldados rusos les entregan capas invernales verdes y, sin titubear, lo siguen.
Salen del edificio y descubren que están en medio de unas montañas, en plena tormenta de nieve.