Bug Travel

Capitulo 4

Capítulo 4

Dmitry lleva al grupo hacia un edificio que funge como laboratorio improvisado: cables por doquier y mesas desordenadas con todo tipo de circuitos que harían que cualquier electrónico se sintiera como niño en dulcería.

Con tono burlesco exclama:
—Perdón por el desorden, pero es lo único que puedo lograr con tan poco tiempo.

La princesa, un tanto molesta, le recrimina:
—¿Por qué estamos en una montaña y no en tu palacio?

Dmitry responde con seriedad:
—No pondré en riesgo a los millones de personas de la capital por ti.

Su tono cambia a uno más juguetón y continúa:
—Aquí tu amiguito no podrá encontrarnos tan fácilmente.

Elizabeth frunce el ceño y se aleja. Mientras camina, acaricia la textura de su vestido y se detiene de golpe, preguntándole con curiosidad:
—¿Podrías conseguirme diez kilos de magnetita?

Mientras tanto, el intruso observa con ira el Bug Travel roto, chispeante e inservible en el jardín. Se da la media vuelta y regresa a las ruinas de la mansión.

Recorre con paciencia cada pasillo y cada habitación hasta llegar a la enfermería. Allí encuentra la ropa de Nathaly cubierta de sangre. Al levantarla, una lágrima se escapa por su seria expresión.

Escanea la mancha de sangre con un dispositivo similar a un smartphone y, en un instante, aparece una ubicación en la pantalla.

De vuelta en Rusia, mientras Nathaly y Lila examinan lo que tienen para trabajar, la princesa se acerca a Dmitry.

Él, impaciente, pregunta:
—¿Me vas a decir por qué me pediste todo esto, o vamos a ignorarlo?

La princesa suspira y con autoridad llama a Lila, Nathaly y al soldado encapuchado.

Dmitry, con tintes de soberbia, exclama:
—Bueno, soy todo oídos, niñita.

La princesa suspira y, con la mano derecha, acaricia las fibras de su vestido. Con seriedad dice:
—Lila, ya cumplí tu petición de traerte con el líder de Rusia. Ahora cuéntanos por qué ese hombre intenta matarnos.

Lila toma aire y, con calma, empieza a relatar:
—Sin nuestra visita, el Bug Travel estaba destinado a funcionar y conectar la Tierra con Marte dentro de dos meses. Pero un año después habría una falla: el colisionador haría que la gravedad de la Tierra colapsara, aumentando la presión, convirtiendo al planeta en un minisol y matando en segundos a seis mil millones de personas.

La princesa queda atónita y acaricia con más intensidad las fibras de su vestido.

Nathaly retrocede varios pasos para sentarse en una silla. Su respiración se agita y, entre dientes, murmura:
—Voy a matar a toda esa gente.

Dmitry muestra por unos segundos una expresión de inquietud al fruncir el ceño y abrir más los ojos, pero no pierde el tiempo y exclama:
—En teoría, que estés aquí anula ese futuro, ¿verdad?

Lila suspira y con tristeza responde:
—Él y yo ya sabíamos que el futuro del que venimos se destruiría al cruzar ese portal.

Dmitry la observa de manera ambigua y luego suelta una leve risa antes de exclamar:
—Eso significa que nuestra ventaja de saber lo que pasará en el futuro ya no existe… o nunca existió. Una singularidad un tanto graciosa.

Elizabeth frunce el ceño y, con el tono elevado, le reprende:
—¿Crees que esto es un chiste?

Él se acerca y le acaricia la cabeza como a un cachorro, diciéndole con consecuencia:
—Te está dando información a medias. No nos ha dicho por qué está aquí ni por qué hay un ejército de un solo hombre intentando matarlas.

Nathaly, con la voz temblorosa y casi dejando salir el llanto, exclama:
—Vino a matarme, para cambiar el futuro y que eso nunca pase, ¿verdad?

Lila responde con tristeza y tono muy bajo:
—Más bien a todos los relacionados con el proyecto, incluyendo a la princesa.

Dmitry camina hacia ella y pregunta con elegante curiosidad:
—Dime, ¿qué pasó con las colonias de la Luna, Marte y Titán en tu línea temporal? Bueno, lo de la Luna es más que obvio, ¿no?

El rostro de Lila se llena de lágrimas, pero su voz se mantiene firme:
—La Luna fue destruida cuando la Tierra colapsó, y ninguna persona de las colonias lunares pudo salvarse.

Nathaly agacha la cabeza sin decir nada, mientras siente cada vez más una sensación fría en el pecho.

La princesa no sabe qué decir; su mente no logra formular las palabras correctas. Solo acaricia su vestido con fuerza.

El silencio llena la habitación. Lo único que se escucha es la tormenta de nieve afuera y el sonido de las manos de Elizabeth frotando su vestido con el dedo índice y pulgar.

Dmitry suspira y, con mirada retante, exclama:
—Eres muy buena relatando, pero tu tristeza no es por los que murieron, sino por los que vivieron, ¿no?

Las miradas quedan atentas a la respuesta, ahorcando todo con un silencio ensordecedor.

Elizabeth pregunta con temor:
—¿Qué pasó con las otras colonias?

Lila, con valor teñido de miedo y tristeza, responde:
—Las colonias de Titán fueron quienes lo manejaron mejor. Nombraron reyes a sus virreyes y condes, y continuaron el legado de la Tierra expandiéndose y obteniendo minerales y agua de las otras lunas de Saturno.

Dmitry toma una silla y, sin mirarla a los ojos, pregunta con gran interés:
—¿Qué pasó con Marte?

Sin titubear, Lila empieza a contar con tristeza y dolor:
—Pocos meses después de que la Tierra se destruyera, sucedió un golpe de Estado en Marte. El pánico por la pérdida del planeta ayudó a que gente muy mala llegara al poder por medio de palabras dulces y promesas de ayuda igualitaria para todos.

Dmitry se pone de pie rápidamente y, con seriedad y pinceladas de miedo, pregunta:
—¿Comunismo?

Lila agacha la cabeza y solo asiente.

Dmitry se sienta de golpe con evidente preocupación y murmura para sí mismo:
—¿Cómo es posible? El comunismo tiene pena de muerte para cualquier humano… ¿qué hicimos mal?




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