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Capitulo 8

Capítulo 8

La tormenta frena su furia, reduciendo su fuerza a solo unos vientos mientras la nieve cae lentamente.

El intruso, con seriedad, exclama:
—No creas que tendré piedad de una niña.

La princesa retrocede dos pasos mientras dice:
—Me tomó un día entender tu tecnología de magnetismo y unas horas replicarlo.

Con la mano derecha, Elizabeth golpea con fuerza su pecho. Esta acción hace que de su gran vestido elegante salgan placas negras como una armadura que no le quitan la forma al vestido.

Sus largos guantes también se vuelven metálicos, no con nanotecnología, sino con placas bien escondidas.

Ella sonríe sádicamente mientras exclama:
—Serás tú quien pida piedad.

Ambos inician su batalla corriendo hacia el otro con un grito de muerte en sus bocas.

El intruso salta por los aires y alza sus cuchillos para clavarlos en ella. Elizabeth choca sus antebrazos, lo que provoca una repulsión magnética que lo manda por los aires, estrellándose contra un muro.

Elizabeth, con desprecio en su voz, se burla:
—No había probado esto antes, y no hay mejor conejillo de indias.

Ella aprieta un botón azul en su muñeca izquierda. El intruso se levanta y saca su pistola; sin titubear, dispara a la princesa, pero su vestido repele todas las balas hacia los costados.

Confundido, detiene su disparo y pregunta con frustración:
—¿Cómo es posible?

Elizabeth responde con la misma burla:
—Fui criada por las personas más inteligentes del mundo.

Vuelve a chocar sus antebrazos, pero ahora el magnetismo atrae con gran fuerza al intruso. Este sale volando hacia ella. La princesa oprime el botón rojo en su muñeca izquierda y choca nuevamente sus antebrazos, lo que vuelve a repelerlo con brutalidad.

Él, en el suelo, hace gestos de dolor mientras intenta levantarse.

Elizabeth se acerca; sus dedos se convierten en garras afiladas que posiciona con intenciones homicidas.

El intruso la ve acercarse con estoicismo y, cuando la tiene a un par de metros, empieza a burlarse casi en carcajadas.

Ella se detiene, oprimiendo sus dientes y sus puños.

Él detiene su risa diciendo con una sonrisa de burla:
—Te crees inteligente por descubrir el fuego.

El intruso golpea su pecho, provocando una explosión magnética tan potente que lanza a la princesa decenas de metros, hasta el otro lado de la base.

Ella, con dolor en cada músculo de su cuerpo, intenta llenarse de fuerza y levantarse. La tarea la hace temblar por el dolor.

El intruso camina hacia ella, tirando su arma a la nieve mientras empuña sus cuchillos.

Sus pasos resuenan casi como eco por la base. Las decenas de soldados que yacían afuera aún siguen desmayados, y el fuego del avión no hace más que aumentar, elevando una columna de humo que se pierde en la tormenta.

Ella se levanta; sus piernas tiemblan, el vapor de su respiración cubre su rostro y, sin pensarlo, corre hacia él.

Al chocar, él intenta conectar estocadas, pero ella bloquea con rapidez los cuchillos, cubriéndose con sus guantes ahora metalizados.

Inicia el intercambio de estocadas. Él apunta sus afilados cuchillos al rostro pálido de la princesa, mientras ella bloquea con una mano y ataca con la otra directo al cuello.

Las chispas vuelan, el metal rechina y ambos empiezan a sudar. Cada vez se acercan más; entonces él aprovecha y lanza una doble estocada justo a los ojos, pero ella lo bloquea.

Este movimiento es rápidamente aprovechado y, con toda su fuerza, le da un codazo en el estómago. El impacto es tan fuerte que agrieta el hierro y la magnetita del vestido.

Ella retrocede, pero con un movimiento casi imperceptible se gira y le conecta una patada en la cara con suficiente fuerza para romperle la nariz.

Él se tambalea con el equilibrio alterado.

La princesa aprovecha y reanuda sus estocadas. Sus afiladas garras cortan el viento a gran velocidad; el intruso las bloquea mientras retrocede, y la sangre no deja de escapar por su rostro.

Pero en un descuido la toma del brazo y, replicando un movimiento de aikido, la manda directo al suelo mientras la patea repetidamente. El metal del vestido se aboya. Elizabeth, con ambas manos, lo agarra de la pierna y le clava sus garras para luego desgarrar toda la rodilla derecha.

El intruso cae al suelo; su rostro grita dolor, pero él solo corre tropezando repetidamente, intentando alejarse.

Ella, con ira burlesca, le grita:
—Esa mierda no te protegerá en una pelea de verdad.

La princesa se levanta y corre hacia él. Sus manos forman dos lanzas y salta por los aires para clavarlas.

Él golpea su pecho, creando una nueva explosión de magnetismo que la repele y la aleja.

Ella se estrella contra la barda perimetral y cae al suelo. Su cuerpo ya no da más; su respiración está demasiado agitada y sus brazos no pueden levantarla. En voz casi sollozante se dice a sí misma:
—No puedo morir aquí.

El intruso se hace un torniquete con el cinturón de un soldado ruso y, tomando un tubo metálico, camina lentamente hacia ella, arrastrando el tubo por la nieve y dejando su propia sangre como rastro.

El viento y la tormenta empiezan a azotar con violencia. Los soldados desmayados se empiezan a levantar mareados; vomitan mientras sus oídos sangran.

La princesa logra sentarse mientras mira, con miedo frío en su pecho, al intruso acercarse cojeando hacia ella.

Aunque las lágrimas se congelan en su rostro, ella sonríe y extiende su mano derecha hacia él.

El intruso suelta una leve risa, exclamando:
—Tus papis no vendrán a ayudarte.

La princesa suelta un suspiro, casi como una risa cansada, y le responde:
—Lo sé, nosotros iremos con ellos.

Con su mano izquierda golpea su pecho, atrayéndolo magnéticamente y chocando ambos con brutalidad. La mano de ella, desde los dedos hasta el codo, se clava en el estómago de quien antes intentó matarla, pero él también logra clavarle un cuchillo en las costillas.




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