Capítulo 10
La habitación se llena de un silencio; el único sonido audible es la respiración de Nathaly, quien con seriedad y odio en su voz pregunta:
—¿Por qué atacaste a la princesa si tu objetivo era yo?
Rían se vuelve a acostar y le da la espalda, respondiendo con gran vacío en su voz:
—Se nos ordenó matar a todos los involucrados en el proyecto, y la princesa pasó casi toda su vida observándolo.
Nathaly queda confundida; sus puños apretados tiemblan mientras exclama con furia:
—Veo que ahora prefieres hablar en lugar de ser hostil.
Rían, sin moverse, le responde aún vacío:
—Ya perdí, ¿no? Pasaré encerrado lo que me queda de vida o me fusilarán... ya no importa.
Nathaly, intentando controlar su respiración, pregunta ahora más calmada:
—¿Cuál es tu versión del futuro?
Rían no se mueve, pero responde como un niño regañado:
—La Tierra fue destruida por tu culpa. Marte fue gobernado por comunistas que mataron nuestra libertad, libertad que solo recuperamos cuando todos nuestros conocidos murieron, incluyendo mis hijos.
Nathaly baja la mirada guardando silencio; su respiración entra en pánico, elevándose con cada segundo.
Rían continúa:
—Pero ya nada importa, no voy a nacer y esos niños tampoco.
Con miedo en la voz y valor en su actuar, Nathaly pregunta titubeante:
—¿Cómo…?
Rían no la deja terminar y responde en seco:
—Murieron de hambre, al igual que decenas de millones de personas.
Ella controla lentamente su respiración; sus puños aún apretados con fuerza, su voz cada vez más triste y con miedo:
—¿Por todo eso enviaron a matarnos?
Rían se levanta, pero no hace contacto visual; en su lugar mira sus manos y vacío responde:
—Nos envió a matarte la persona que más te odia, la persona que más te culpa por todo el mal del futuro.
Los soldados, casi como estatuas, no hacen ruido, pero se miran entre sí sin verbalizar.
Nathaly retrocede varios pasos mientras, con una nube fría en su pecho, pregunta:
—¿Quién?
Rían la ve de reojo y, manteniendo su tono, responde frunciendo el ceño:
—Tú.
Nathaly se rompe, cae de rodillas sintiendo náuseas y asco de sí misma.
Al lugar aparece Lila, quien al verla en ese estado corre hacia ella.
Con furia le pregunta a Rían:
—¿Qué le dijiste?
Él voltea hacia ella y, con una leve sonrisa pero con cansancio en su voz, responde:
—La verdad, pero aún queda una cosa y lo sabes.
Lila atiende a Nathaly y, con su furia aumentando como fuego, le responde:
—¿Qué mierda quieres lograr con eso?
Él, borrando su sonrisa y acostándose boca arriba, exclama en voz alta e indiferente:
—No quiero nada, pero tú jamás le dirás que sus propios hijos fueron enviados por ella misma a matarla.
Nathaly, al escuchar esas palabras, vomita; la habitación le da vueltas.
Lila guarda silencio, pero le extiende la mano para levantarla.
Nathaly se levanta sin ayuda y, con el corazón casi explotando, se va corriendo sin mirar atrás.
Lila, frustrada y con sus lágrimas cayendo como torrentes, golpea con fuerza el vidrio repitiendo “maldito” hasta caer de rodillas.
Los soldados empiezan a susurrar entre ellos, pero nada entendible.
Nathaly sale de la base militar donde está encerrado Rían, una base en medio de un desierto que grita muerte y calor.
Su respiración enloquece y su corazón no para de acelerar.
A ella llegan unos soldados:
—¿Está bien, señorita? —pregunta uno de ellos.
Ella, sin tiempo de responder, se desmaya cayendo a la arena mientras siente cómo el mundo se rompe.
Nathaly despierta con una sensación fría en el estómago; se levanta a pausas en una camilla aún en la base militar.
El lugar parece vacío, pero se escuchan las voces de los soldados.
Ella camina inexpresiva por el lugar mientras fragmentos de su vida la invaden sin permiso.
Un recuerdo de cuando estudiaba con Darrell en la universidad, construyendo un motor que usaba combustible como agua, incendiándose, pero ambos riendo.
Esto le hace reír entre lágrimas que caen al suelo y se evaporan por el sofocante calor.
Con paso lento y mirada baja llega al depósito de armas y, sin detenerse, carga un revólver y con esa misma velocidad coloca el cañón en su cabeza.
Un soldado se acerca detrás de ella con sigilo y, con agilidad, le quita el arma y le aplica una llave, poniéndola contra una pared. Ella intenta forcejear, pero nada sirve, y cuando va a empezar a gritar, él le inyecta algo que la hace ver cada vez más borroso y cae inconsciente.
Con su cabeza dando vueltas por la habitación, Nathaly despierta en una estancia lujosa, un tanto familiar y de estilo medieval.
Apretando sus ojos con fuerza a causa de la jaqueca, se sienta a ciegas y, al abrirlos, se arrastra hasta la cabecera de la cama al ver a Elizabeth en silla de ruedas a los pies de la cama con gran expresión de enojo.
Nathaly, con confusión, pregunta:
—¿Qué… qué haces aquí? ¿Dónde… estoy?
Elizabeth, furiosa y seria, responde mientras le clava las uñas de sus dos manos a un pequeño peluche de conejo:
—Sabía que lo irías a ver, pero jamás imaginé que intentarías irte por una salida tan cobarde.
Nathaly, elevando el tono, responde frustrada:
—Tú no sabes lo que…
Elizabeth la interrumpe y, dejando escapar una lágrima en su rostro ardiente de ira, exclama:
—Lo vi todo por las cámaras, sé lo que te dijo, pero eso no justifica lo que intentaste hacer.
La voz de Nathaly empieza a quebrarse y cubre su rostro con las manos:
—Yo… yo nos envié a matarnos, convertí a mis hijos en asesinos.
Elizabeth le tira el peluche directo en la cara, obligándola a voltear a verla.
La princesa, con su respiración alterada y su voz desbordante de rabia, grita:
—Esa no fuiste tú, fue la Nathaly de un futuro que ya no existe, porque tú jamás harías eso.