Capítulo 11
Da inicio el viaje de ambas, cada una con ayuda por su lado, pero con apoyo mutuo.
Sesión tras sesión, semana tras semana, acostadas en ese sofá sienten un alivio momentáneo que, poco a poco, como una gota rompiendo una piedra, se convierte en un cambio.
Pasan semanas, pasan meses, y las tensiones empiezan a ceder.
Cinco meses han pasado y Nathaly regresa a visitar a Rían. La celda no ha cambiado: los mismos guardias, el mismo vidrio, la misma bóveda.
Ella camina con lentitud, pero sin miedo, hacia el vidrio con una caja en sus manos. Su expresión serena y tímida es extrañamente cálida.
Rían, con incredulidad, pregunta:
—¿A qué vienes?
Ella le da la caja al guardia más cercano y con serenidad responde:
—Estuve hablando con Lila y dijo que te gusta mucho leer.
El guardia pasa la caja por una rendija y Rían la recoge. Al instante la abre y, con sorpresa, mira media docena de libros: los primeros seis de Harry Potter.
Nathaly continúa con una cálida sonrisa:
—Me dijo que te gusta mucho la fantasía, espero que te guste.
Ella da media vuelta y se marcha, pero antes de atravesar la puerta se detiene en seco.
Rían le grita con agradecimiento y vergüenza:
—Gracias.
Mientras tanto, en el palacio de la princesa Elizabeth en Gales, ella se encuentra en su silla de ruedas revisando papelería con seriedad y firmando documentos con gran concentración.
Sus brazos parecen libres de heridas, pero las cicatrices han dejado marcas notables en todo su cuerpo.
La princesa, mientras escribe, sin querer tira un vaso con lápices al piso de madera oscura.
—Carajo —balbucea entre dientes, e intenta recogerlos sin éxito, pues están fuera de su alcance por apenas milímetros.
Lila entra con timidez a la oficina, vistiendo un vestido drop waist verde y menta, abriendo la puerta despacio.
Al ver a Elizabeth intentando alcanzar los lápices, con esa misma timidez pregunta:
—¿Necesitas ayuda?
Elizabeth suspira y con un tono serio responde, sin contacto visual:
—No me queda de otra.
Lila, en cuclillas, recoge los lápices uno por uno mientras la princesa regresa a su escritorio.
Sin saber qué decir, Lila pregunta con una leve sonrisa:
—¿Cómo va tu recuperación?
Elizabeth responde con sarcasmo:
—De maravilla.
Lila guarda silencio mientras sigue recogiéndolos.
La princesa la mira de reojo y exclama con despreocupación, sin contacto visual:
—Lindo vestido, creí que solo había uniformes militares en Rusia.
Lila suelta una leve risa y responde con serenidad:
—Sí, Dmitry me mandó a hacer varias prendas así. Tienen buen sentido de la moda para ser soldados.
Elizabeth suelta, sin darse cuenta, una pequeña sonrisa. Luego la voltea a ver y con serenidad pregunta:
—¿Cómo te está yendo en Rusia?
Lila coloca el vaso con lápices en el escritorio y, sentándose cerca de ella, responde:
—Bien, aunque ellos no me exigen mucho. Tantos cálculos y simulaciones al día generan demasiado estrés.
La princesa suelta una sonrisa con un suspiro, diciendo:
—Ahora veo que el estrés es el compañero más fiel de la vida adulta.
Lila suelta una dulce risa y exclama:
—Concuerdo con eso, pero prefiero mil veces esto que el futuro que vi.
La expresión de Elizabeth cambia, apagando su sonrisa lentamente, y pregunta con seriedad:
—¿Qué harás después de que el bug Travel de Dmitry funcione?
Lila, con despreocupación, responde:
—Yo... no lo sé. Pero lo bello de esta vida y de este presente es que puedo elegir el camino que yo quiera.
Elizabeth sonríe cálidamente y serena exclama:
—Veo que al fin enterraste a tus muertos.
Lila, con confusión, pregunta:
—¿Esa frase no es la que me dijo Leonard ese día? Jamás entendí qué significaba.
La princesa baja la mirada y responde con una sonrisa de nostalgia:
—Es una frase que él usaba para referirse a dejar el pasado en el pasado y preocuparte solo por ti en el presente.
Lila se le queda viendo y, mandándole una tierna sonrisa, le dice:
—Es una frase linda, pero confusa.
Elizabeth suspira entre pequeñas risas y dice:
—Sí, ser filósofo no era su fuerte. Era mejor cocinero que orador.
De regreso en la celda de Rían han pasado varias horas. Ya es de noche afuera en el desierto. Él ha leído gran parte de La piedra filosofal, quedando enganchado por la trama.
Los soldados se ven confundidos: ¿cómo es que unos simples libros han cambiado a un prisionero tan deprimido?
Al lugar llega Nathaly con una caja, llevando junto a una sonrisa brillante los demás libros de la saga.
Con gran dulzura en su voz pregunta:
—¿Te está gustando?
Rían, sin apartar la vista del libro y con una sonrisa casi infantil, responde:
—Esto es hermoso, jamás había leído algo tan increíble.
Ella se sienta junto a él, pero fuera del vidrio, y exclama con serenidad:
—Escucha, no sé cómo era en el futuro, pero esa mujer no soy yo, y quisiera conocerte.
Él suspira, cerrando el libro abruptamente:
—Sé que no eres ella, porque lo que te hizo tan cruel y tan llena de odio ya no pasará. Sé que ya no serás mi madre y por eso quisiera iniciar desde cero.
Ambos intercambian una sonrisa cálida que ilumina el ambiente. Los soldados alrededor guardan silencio, sentándose y observando.
El ambiente es interrumpido por una llamada que llega al teléfono de Nathaly: un número ruso desconocido.
Regresando con Elizabeth y Lila, la noche las ha alcanzado mientras ríen y conviven con anécdotas y tazas de té.
La princesa, ya con su quinta taza en mano, exclama con tono alegre y nostálgico:
—Imagínate lo difícil que fue que Nathaly me enseñara física de partículas a los diez años. Ni yo sé cómo aprendí.
Lila suelta leves risas mientras se sirve más té:
—Me imagino. Hubiera sido más tranquilo ir a la escuela y estudiar algo aburrido e innecesario... como ciencias sociales.