Al salir, Elena acompañó a Mateo hasta su casa y le prometió que siempre estaría allí. Cuando Mateo llegó, su madre notó el ojo morado, pero él mintió diciendo que se había caído. Horas más tarde, Elena lo llamó solo para saber cómo estaba.
Al día siguiente, Julián volvió al ataque. Logró arrinconar a Mateo cuando Elena no estaba cerca, le quitó su almuerzo y lo empujó con fuerza. El golpe le provocó a Mateo una convulsión. Al calmarse, él le confesó a Elena su condición médica y el miedo constante que le producía el acoso. Ella lo abrazó y le hizo una promesa solemne:
—Jamás te dejaré solo, Mateo. Jamás.