Pasaron los años; Mateo ya tenía dieciséis y Elena veinte. A pesar de estar en salones diferentes, la protección de Elena fue constante. Sin embargo, en el corazón de Mateo, la gratitud se transformó en un enamoramiento profundo.
Un día, después de que Elena se enfrentara físicamente a Julián para defenderlo, Mateo decidió confesarse. Elena lo detuvo con tristeza y le explicó que no podía corresponderle porque ella era lesbiana; ese era el motivo por el cual prefería vestir como chico. Mateo quedó en shock, pero al comprender la verdad, su visión cambió. Ella ya no era solo su protectora; ahora era su mejor amiga y confidente.