Burdel que protituye café

Capítulo 1: La Estación de Servicio y el Presagio.

El aire de París, incluso al atardecer, no era ya la promesa velada de historias por desentrañar que alguna vez Rubén había creído. No, ahora era una mezcla densa, casi palpable, de gasolina, de ese hedor metálico que se adhiere a la piel y a la memoria, y de la melancolía persistente de un pasado que se negaba a ser mero recuerdo, a ser un simple eco en la vastedad del tiempo. El chasquido metálico del surtidor al cerrarse resonó en el silencio casi sepulcral de la estación de servicio, un sonido que, en lugar de disiparse, parecía tragarse la luz moribunda del día, engullir la inmensidad del cielo. Este, teñido de un naranja vibrante que se desdibujaba en púrpuras y grises, no era una simple paleta de colores, sino una herida abierta sobre la ciudad de la luz, una herida que no cicatrizaba, que sangraba presagios y augurios sobre el asfalto húmedo.

Los ojos de Rubén, acostumbrados a la penumbra cómplice de los velatorios, a la intimidad forzada de los ataúdes cerrados, y al brillo artificial, casi obsceno, de las pantallas que prometen verdades efímeras, se posaron en el panel digital del surtidor. Una noticia parpadeaba, insistente, con la obstinación de un fantasma digital que se burla de la memoria, que la desafía a recordar lo que se ha querido olvidar: “Hace tres años: explosión en el distrito 9. Causa: fuga de gas. 847 muertos.” La cifra, fría y contundente, se clavaba en su retina, no como un dato estadístico, sino como un epitafio personal, una condena.

Rubén, a quien algunos, con una ironía que rozaba lo cruel, llamaban historiador —o al menos así se presentaba él, con la cautela de quien sabe que las etiquetas son trampas, que las palabras son jaulas—, soltó una risa amarga. Un sonido ronco que se perdió en el vasto espacio de la gasolinera, un eco hueco de su propia incredulidad, de su desprecio por la verdad oficial. Fuga de gas. La mentira oficial, por supuesto. El velo conveniente que la burocracia había tejido con hilos invisibles, con la paciencia de una araña tejiendo su trampa, para ocultar una verdad mucho más incómoda, mucho más… irreal. Una verdad que se resistía a ser catalogada, a ser archivada, a ser olvidada, porque se negaba a ser comprendida por la lógica humana, por la razón cartesiana que todo lo ordena y lo clasifica.

—Usted es el que escribe sobre las explosiones, ¿no? —La voz, con un acento marseillés que le traía a Rubén el recuerdo de veranos ruidosos y salados de su juventud, de un tiempo en que el mundo aún prometía inocencia, lo arrancó de sus cavilaciones. Era el empleado, un joven con el rostro marcado por el cansancio, por las noches sin sueño, y por una curiosidad que parecía demasiado vieja para su edad, una curiosidad que no era ingenua, sino casi voraz.

Rubén se giró, una sonrisa apenas perceptible dibujándose en sus labios. Una sonrisa que no alcanzaba sus ojos, que permanecían velados por una tristeza antigua, una tristeza que se había anidado en él como un inquilino perpetuo, un parásito del alma. Una tristeza que no era suya, sino prestada, heredada de un tiempo que no le pertenecía del todo.

—Sobre una en particular —respondió, su voz grave y pausada, como si cada palabra fuera un peso que sopesaba antes de liberarlo al aire, a la incertidumbre, a la posibilidad de ser malinterpretado. Cada sílaba era un ladrillo en la construcción de un relato que solo él conocía, que solo él podía descifrar.

—¿La de la planta de gas? —insistió el joven, sus ojos fijos en la pantalla parpadeante, en la repetición incesante de la mentira, en la farsa que se representaba a diario en los medios. Su mirada era un desafío, una invitación a la confesión.

Rubén guardó la manguera en su lugar, el metal frío contra la palma de su mano, una sensación que lo anclaba a la realidad, por precaria que esta fuera, por ilusoria que se presentara. Negó con la cabeza, el gesto lento, casi ceremonial, como si estuviera despidiéndose de una verdad que nunca fue, de una versión de los hechos que nunca le satisfizo. Su silencio era una respuesta más elocuente que cualquier palabra.

—No. La de un burdel que prostituía café. Y de una mujer que no debería haber existido, que desafiaba las leyes de la biología y de la lógica, pero que, sin embargo, se obstinaba en habitar mis recuerdos, mis sueños, mis insomnios. Una mujer que era, en sí misma, una explosión, un cataclismo personal. Una mujer que, a pesar de todo, era la única verdad en un mundo de mentiras.

El empleado lo miró, perplejo, la curiosidad transformándose en una mezcla de asombro y escepticismo, como si las palabras de Rubén hubieran abierto una fisura en su percepción de lo posible, en la sólida estructura de su realidad. Pero Rubén no esperó una respuesta. No había tiempo para explicaciones, para justificaciones. Se subió a su coche, un viejo Citroën que parecía haber absorbido la melancolía de todas las calles parisinas por las que había transitado, un vehículo que era casi una extensión de su propia alma errante, de su propia búsqueda. El motor arrancó con un gruñido, una queja mecánica que se unía al coro de su propia inquietud, al murmullo de sus pensamientos. Y mientras se alejaba, el historiador, el que había estado allí, el que había sido testigo y protagonista, no pudo evitar que su mente regresara a ese tiempo, a ese lugar, a esa mujer. A la historia que, tres años después, seguía persiguiéndolo como el aroma persistente de un café que nunca se olvida, un café que prometía una revelación, un abismo, una verdad que lo esperaba al final del camino, o quizás, al principio de todo.




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