Burdel que protituye café

Capítulo 4: Miguel, el Guardián de los Muertos y el Traje Imposible.

Miguel, desde su más tierna infancia, había sido un alma en contradicción con su destino, un espíritu rebelde que se negaba a aceptar las imposiciones de la realidad, a doblegarse ante la tiranía de lo previsible. Nacido en la pobreza, en el fango de la miseria, se creía un rico, un aristócrata de espíritu, para quien los trabajos manuales, la limpieza o la agricultura, eran meras aberraciones, indignas de su estirpe, de su linaje imaginario. «No nací para la pobreza, mon frère», solía decirle a Rubén, con un aire de superioridad que, a pesar de su situación precaria, de sus bolsillos vacíos, lograba mantener, como un escudo contra la vulgaridad del mundo, contra la mediocridad de la existencia. Su infancia fue un collage de carencias y sueños desmedidos, de promesas rotas y fantasías inquebrantables. Aprendió a reírse de la adversidad, a bailar con el caos, a encontrar la belleza en lo grotesco, la verdad en la mentira. Su filosofía existencialista, forjada en la calle, en el fragor de la supervivencia, era un mecanismo de defensa, un arma contra la desesperación. El humor negro, su desparpajo, eran las máscaras que usaba para ocultar una sensibilidad profunda, una vulnerabilidad que solo Rubén, su hermano de sangre y de exilio, lograba vislumbrar.

La funeraria, ese templo de lo efímero, ese umbral entre el aquí y el más allá, era para Miguel un escenario más en la gran comedia humana. Un lugar donde la vida y la muerte se daban la mano en un baile macabro, donde el dolor y la risa se entrelazaban en una danza absurda. El hedor a formol, a flores marchitas, a cera quemada, se mezclaba con el aroma de su propio cinismo, de su propia irreverencia. Los pasillos, tenuemente iluminados, parecían extenderse hacia el infinito, poblados por sombras danzantes que, a veces, cobraban vida propia, susurrándole secretos al oído. Los crujidos de la vieja madera, los lamentos del viento que se colaba por las rendijas, eran la banda sonora de su jornada, una melodía que lo acompañaba en su peculiar oficio. Sus compañeros de trabajo, figuras taciturnas y silenciosas, eran meros extras en su propia obra, personajes secundarios en la tragicomedia de la muerte. La relación de Miguel con los cadáveres era ambigua, una mezcla de respeto y burla. Los humanizaba con apodos, con historias inventadas, pero al mismo tiempo los deshumanizaba, los convertía en objetos de su humor negro, en marionetas de su propia farsa. Era su forma de lidiar con la muerte, de despojarla de su solemnidad, de su terror.

Esa tarde, la llamada de Rubén lo encontró en medio de su peculiar rutina, un intermedio en la obra de la muerte. «¡No sé cómo, pero consíguelo!», había exigido Rubén, refiriéndose al traje, a esa prenda que se había convertido en el objeto de su deseo, en el catalizador de una aventura. Justo en ese momento, un nuevo «cliente» había llegado a la funeraria, una nueva pieza en el rompecabezas de la existencia. El señor Hisira, un hombre que, en vida, había sido un enigma, ahora era un lienzo en blanco para las fantasías de Miguel. Un cadáver que debía ser preparado y velado a la mañana siguiente, una nueva oportunidad para su arte. Miguel, que rara vez se quedaba más allá de las ocho y media, que valoraba su libertad por encima de todo, se vio obligado a prolongar su jornada, a extender su estancia en el reino de los muertos, por el amor de su primo, por la promesa de un traje.

El cadáver del señor Hisira fue arrojado sin miramientos por los cargadores, como un saco de patatas, sobre una tabla grande, una ofrenda a la indiferencia, a la brutalidad de la existencia. A su lado, un esmoquin negro impecable y unos zapatos de cuero puntiagudos, un atuendo que contrastaba con la brutalidad de su llegada, con la indignidad de su final. El dueño de la funeraria, con prisa, con la urgencia de quien tiene otros compromisos, le dio las instrucciones a Miguel, un ritual que se repetía una y otra vez, una coreografía de la muerte. «Es el señor Hisira. Hay que prepararlo, pero tengo que ir a casa urgente». «Puede ir, señor. Yo me hago cargo», dijo Miguel, con una profesionalidad que sorprendió incluso a sí mismo, una máscara de seriedad que ocultaba su verdadera naturaleza, su irreverencia innata.

Antes de vestir al difunto, era necesario limpiarlo con una toalla empapada en alcohol, un rito de purificación, una forma de borrar las huellas de la vida. Miguel, con una expresión de asco que apenas podía contener, con el estómago revuelto y las manos temblorosas, comenzó su tarea. Cerraba los ojos cada vez que pasaba la toalla por la piel fría y rígida, un contacto que lo helaba hasta los huesos, que le recordaba la fragilidad de la carne. «¡Joder, my brother, te dejaron tieso como un roble!», mascullaba, intentando aliviar la tensión con su humor negro, con esa forma peculiar de reírse de la muerte para no llorar, para no sucumbir al horror.

A medida que bajaba por el cuerpo, el asco aumentaba, una marea creciente que amenazaba con ahogarlo, con arrastrarlo a las profundidades de la náusea. Pero fue al llegar a la parte íntima donde Miguel se quedó petrificado, su mente en blanco, su cuerpo inmóvil, como una estatua de sal. Sus ojos se abrieron de par en par, una mezcla de horror y fascinación, de incredulidad y asombro. «¡Ooo, joder, hermano, te hicieron el pito puré!», exclamó, al ver el miembro destrozado del señor Hisira, una visión que lo dejó sin aliento, que le robó las palabras. Se quedó varios segundos mirando el cuerpo sin vida, intentando imaginar la brutalidad de su muerte, la historia detrás de esa desfiguración, de esa mutilación. Y en su mente, siempre fértil para lo macabro y lo absurdo, dos escenas se recrearon con vívida intensidad, dos posibles verdades que se disputaban el espacio de su imaginación, dos relatos que se negaban a ser uno solo.

En la primera versión, el señor Hisira, un hombre de mediana edad con una barba cuidada y ojos vivaces, disfrutaba de una opulenta cena preparada por su esposa. Camarones, su plato favorito, reposaban en un lecho de arroz salvaje, un festín que presagiaba la tragedia. Mientras él saboreaba cada bocado, su mujer, sentada frente a él, lo observaba con una intensidad que rozaba lo inquietante, una mirada que no era de amor, sino de algo más frío, más calculador, más ajeno a lo humano. No comía, solo miraba, sus ojos fijos en cada movimiento de su mandíbula, como si estuviera estudiando a su presa, a su víctima. «¿Por qué no comes, querida?», preguntó Hisira, notando la extraña quietud de su compañera, la ausencia de vida en sus gestos. La mujer no respondió. Se levantó de la mesa con una lentitud deliberada, casi mecánica, y se dirigió a la cocina. Hisira, ajeno a la tormenta que se gestaba, continuó su cena, su paladar deleitándose en los sabores que pronto serían su perdición. Cuando ella regresó, un silencio pesado llenó el comedor, un silencio que lo abarcaba todo, que lo asfixiaba. La mujer encontró a Hisira con la cabeza desplomada sobre el plato, los camarones a medio masticar, una imagen grotesca de la muerte. Una risa seca y sin alegría escapó de sus labios, un sonido que no era humano, sino metálico, frío. Se acercó, un cuchillo de cocina brillando ominosamente en su mano, un reflejo de la luna en el acero, y se inclinó hasta el oído de su esposo. «No soy estúpida, Hisira. Sabía que ibas a matarme esta noche», susurró, y con una furia contenida, una furia que no parecía propia de un ser de carne y hueso, comenzó a cortar y desfigurar el miembro de su marido, un acto de venganza fría y calculada que Miguel sintió como un escalofrío recorriéndole la espalda, una punzada de horror que lo dejó sin aliento, que le heló la sangre.




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