Eran las 9:30 de la noche. El restaurante, que antes bullía de vida y conversaciones, ahora se preparaba para cerrar, sus luces atenuadas, las sillas apiladas como esqueletos de un banquete ya olvidado, de una fiesta que nunca fue. Miguel, con el traje del difunto Hisira bajo el brazo, corría por la calle, su voz resonando en el silencio de la noche parisina, un eco solitario en la vastedad de la ciudad, un grito de esperanza en la oscuridad. Rubén, sentado en el banquillo de la cocina, con la determinación de conquistar a Margarita desvanecida, disuelta en la amargura de la humillación, en el regusto amargo de la derrota. La reprimenda del jefe, un latigazo verbal que aún resonaba en sus oídos, y la frustración de su propia torpeza, de su incapacidad para navegar en las aguas turbulentas del deseo, lo habían vencido, lo habían reducido a un amasijo de inseguridades, a un puñado de cenizas. Pero Miguel, con su energía inagotable, con esa fe ciega en la posibilidad de lo imposible, en la magia de un gesto, no permitió que su primo se rindiera, que se ahogara en su propia miseria.
—¡Vamos, Rubén! ¡No es momento de cobardías! —lo animó, extendiéndole el traje, una ofrenda, una armadura para la batalla del amor, un disfraz para el héroe renuente. Rubén lo tomó, la tela fría y un tanto rígida entre sus manos, una sensación extraña, casi ajena, como si sostuviera un fragmento de otra vida. Una pregunta flotó en el aire, sobre la procedencia de la prenda, sobre su historia oculta, sobre los secretos que guardaba entre sus hilos, pero el silencio cómplice de Miguel y la urgencia del momento disiparon cualquier duda, cualquier escrúpulo. No había tiempo para moralidades, para cavilaciones inútiles, para el peso de la conciencia. Solo existía el ahora, la posibilidad, el riesgo.
Rubén se puso el traje, sintiéndose un impostor, un actor en una obra para la que no había ensayado, un personaje que no le pertenecía, una máscara que no era suya. Respiró hondo, intentando calmar el latido desbocado de su corazón, un tambor tribal que amenazaba con romperle el pecho, con desvelar su farsa, y se dirigió hacia el comedor. Margarita, ajena a todo el drama, a la intriga que se había tejido en torno a ella, a la conspiración que se había urdido en su nombre, se disponía a marcharse, su bolso ya en la mano, un gesto de despedida, un adiós inminente.
—¿Sabía usted que el café es una de las cosas más afrodisíacas? —soltó Rubén, las palabras saliendo de su boca sin un filtro, sin una lógica aparente, como si hubieran cobrado vida propia, como si fueran entidades autónomas. Era una frase que había leído en algún lugar, en algún libro olvidado, en alguna revista de curiosidades, una de esas trivialidades que se aferran a la memoria en momentos de pánico, de desesperación, de vértigo. Una frase que, en su absurda simplicidad, era un detonante, una chispa.
Margarita, sorprendida por la interrupción y la extraña pregunta, se detuvo. Una ceja arqueada, una sonrisa apenas esbozada, un gesto que prometía una respuesta, una posibilidad, un juego. —Eenh —dijo, y volvió a sentarse, como si una fuerza invisible la hubiera anclado a la silla—. No, no sabía, señor.
Rubén, en su nerviosismo, se enredó aún más, las palabras tropezando en su lengua, como niños que aprenden a caminar. —Ha cometido usted dos grandes cajones, ¿señorita? —Intentó corregirse, la vergüenza tiñéndole las mejillas, un rubor que lo delataba, que lo exponía en su torpeza—. Disculpe, es que mi francés va en construcción. Quise decir «errores». Jaja. La risa, nerviosa, casi histérica, era un intento desesperado de aligerar la tensión, de disimular su pánico.
Margarita rio, una risa clara y melodiosa que disipó la tensión, que llenó el espacio de una luz inesperada, de una melodía que Rubén no había escuchado antes. —Me llamo Margarita.
—Rubén, mucho gusto —respondió él, sintiendo un atisbo de esperanza, una pequeña llama que se encendía en la oscuridad, un faro en la tormenta.
—Ajá, ¿y cuáles fueron esos errores? —preguntó ella, la curiosidad brillando en sus ojos, una chispa que lo invitaba a continuar, a desvelar el enigma.
Rubén, con una audacia que no sabía que poseía, con una valentía que lo sorprendió a sí mismo, se lanzó al vacío. —El primero es que el café, así como los de sus ojos, se toma caliente, sin importar el día o la noche. El clima es lo de menos. Una declaración que era casi una provocación, una invitación a la intimidad.
—¿Y lo segundo?
—Soy un lavaplatos con traje, haciéndose pasar por experto, con intenciones de llamar su atención. Y usted me pone nervioso. La verdad, cruda y sin adornos, escapó de sus labios, una confesión que lo desnudaba ante ella.
Margarita volvió a reír, esta vez con más fuerza, con una alegría contagiosa, con una resonancia que lo envolvió. —Jaja, sí, sé que eres el chico que hace poco se quedó mirándome como estatua. Una revelación que lo desarmó, que lo hizo sentir expuesto, vulnerable.
—¿Entonces por qué llamarnos de usted, si nos conocemos tanto? —Rubén, sintiéndose más cómodo, más seguro, se atrevió a bromear, a jugar con las palabras, a acortar las distancias.
—¡Uhh, lo estás logrando! —dijo Margarita, sonriendo, un brillo de complicidad en su mirada, una promesa tácita, un guiño del destino.
—¿Qué cosa?
—Ehh, ¿por qué dices que te pongo nervioso? —Margarita, con una habilidad innata, con la destreza de una bailarina, cambió de tema, manteniendo el juego, la tensión, la expectativa, la danza de la seducción.
—Porque cada vez que te miro los ojos, me dan ganas de tomar del café de tus labios —confesó Rubén, la verdad escapando de su control, una verdad que lo desnudaba ante ella, que lo exponía en su deseo.
—Uhh, creo que no se podrá —respondió ella, pero la sonrisa en sus labios decía lo contrario, una contradicción que lo invitaba a la osadía, a la transgresión.
Duraron un tiempo hablando, el tiempo suspendido en la burbuja de su conversación, ajeno al mundo exterior, a las miradas curiosas, a los ruidos de la ciudad. Rubén, sin darse cuenta, se había quitado el traje, la formalidad desvaneciéndose a medida que se mostraba tal como era, sin artificios, sin pretensiones. Era él, siendo él, en su esencia más pura, en su vulnerabilidad más profunda. Pero, a pesar de la conexión que sentía, de la electricidad que fluía entre ellos, aún no lograba conciliar el beso que ambos anhelaban, pero que ambos temían, un abismo que los separaba, una barrera invisible. La noche en Francia, sin embargo, tenía reservada una sorpresa, un giro inesperado en el guion de sus vidas, una melodía que estaba a punto de sonar.