Miguel, por su parte, se había quedado en el apartamento donde todo había comenzado, un espacio que era ya una extensión de su propia desidia, un microcosmos de su alma errante. Con la ayuda de la familia de Margarita, había logrado abrir su propia funeraria, un negocio que, para su sorpresa, prosperaba en la ciudad de la luz. Esta vez, sin la necesidad de recurrir a artimañas para conseguir trajes, sin la urgencia de la improvisación, aunque su peculiar sentido del humor seguía intacto, y las carcajadas en los baños eran una constante, un eco de su irreverencia ante la muerte, una forma de exorcizar sus propios demonios. Rubén también había recibido el apoyo incondicional de su esposa, un sostén invisible pero firme, una presencia que lo anclaba a la realidad. Pero su nuevo oficio, el que lo llevaría a la cima de un mundo insospechado y, paradójicamente, a la perdición, nació una tarde, entre los ecos de un pasado reciente, un murmullo que se negaba a ser olvidado, una melodía que resonaba en los intersticios de su memoria.
—Amor, ¿te acuerdas cuando nos conocimos? —preguntó Margarita, mientras le servía una taza de café, su aroma llenando la pequeña cocina, un aroma que para Rubén era ya el de la rutina, el de lo predecible, el de una felicidad que se había vuelto cómoda, casi asfixiante. Sus ojos, de un color indefinible, brillaban con una luz que Rubén, a veces, sentía lejana, como el resplandor de una estrella muerta.
Rubén, absorto en la lectura del periódico, levantó la vista, un gesto mecánico, casi autómata. —Sí, ¿cómo olvidarlo? Casi me mata tu madre —dijo, con una sonrisa que evocaba el recuerdo de la suegra, protectora y celosa, una figura que se alzaba como un muro entre él y la libertad, entre él y lo desconocido.
—No, pendejo, la vez que no sabías hablar bien y me conquistaste —insistió Margarita, con un tono juguetón, una invitación a la nostalgia, a revivir un pasado que, para ella, seguía siendo vívido, palpitante.
—Aaah, la movida del café. Jaja, recuerdo que lo dije de la nada —Rubén se rio, el recuerdo de su torpeza inicial ahora una anécdota entrañable, un capítulo más en su historia de amor, una historia que, a veces, sentía ajena, como si la estuviera leyendo en un libro.
—Y también me enamoraste con la música —añadió ella, observándolo con cariño, con esa mirada que lo desarmaba, que lo hacía sentir vulnerable, expuesto. Había en sus ojos una profundidad que Rubén, a veces, no lograba descifrar, un brillo que no era del todo humano, sino algo más antiguo, más primario.
—Es que solo mi mujer, mi hermosa mujer, le pone hielo al café —Rubén le guiñó un ojo, un gesto de complicidad que siempre la hacía sonreír, un pequeño ritual que los unía, pero que, en el fondo, sentía vacío, hueco.
—Jajaja, cállate. Aunque parecías un experto.
—Sí, pero tú no, ajaja.
—¡Je t’aime, pendejo! —dijo Margarita, esperando la respuesta automática, el eco de su amor, la confirmación de su existencia, la validación de su ser. Su voz, aunque dulce, tenía un matiz de urgencia, de una necesidad que Rubén no lograba, o no quería, satisfacer.
Pero Rubén, en lugar de responder, desvió la conversación, una sombra de inquietud cruzando su rostro, una grieta en la fachada de su felicidad, una fisura que se abría lentamente. —Amor, ¿qué opinas si me dedico a eso del café? —La pregunta no solo era una búsqueda de un nuevo rumbo profesional, de una nueva identidad, sino también una evasión. Él sentía que palabras tan pequeñas como «Je t’aime» tenían el inmenso poder de destruir lo indestructible si se llegaban a decir solo por decirlo, sin la profundidad y la verdad que merecían, sin el peso de una convicción, sin la resonancia de un alma que se entrega. Sentía que el amor, ese concepto tan manoseado, tan trivializado, debía ser algo más, algo que trascendiera las palabras, que se manifestara en el silencio, en la búsqueda, en la obsesión.
Margarita, aunque un poco triste por la falta de reciprocidad, por el vacío que dejaba su silencio, por la ausencia de ese eco que tanto anhelaba, no lo dejó ver. Su rostro, una máscara de serenidad, ocultaba la pequeña punzada de dolor. —Sí, creo que te iría bien. He mejorado gracias a tus críticas pendejas sobre mi café. Además, mi papá te puede ayudar en eso. Mañana lo llamo a la fábrica —dijo, intentando sonar animada, intentando convencerse a sí misma de que todo estaba bien, de que su amor era suficiente. En su interior, una pequeña voz le decía: «Seguro es que somos aún jóvenes», y con esa excusa, volvía a la normalidad, a la armonía aparente de su matrimonio, a la ilusión de una felicidad que se desdibujaba, que se volvía cada vez más etérea, más inasible. Había en ella una extraña capacidad de adaptación, una resiliencia que Rubén, a veces, encontraba inquietante, casi sobrenatural.
Y así fue como Rubén se convirtió en el mejor catador de café de toda Francia. Sus críticas eran consideradas órdenes en los restaurantes y cafeterías más prestigiosos, sus palabras, sentencias inapelables que podían elevar o destruir imperios. Su paladar, una herramienta de precisión quirúrgica, era capaz de detectar las más mínimas impurezas, las más sutiles notas, los matices más recónditos. Su sensibilidad era tal que, si su valoración bajaba a cero, el establecimiento era clausurado por el gobierno, una condena sin apelación, una muerte lenta y dolorosa. Tenía en sus manos no solo el poder, sino la capacidad de ser amado y odiado a partes iguales, un dios menor en el Olimpo de la cafeína, un rey en un reino de aromas y sabores. Pero, a pesar de probar los mejores cafés del país, de recorrer las plantaciones más exóticas, de sumergirse en los rituales más ancestrales, ninguno lo convencía, ninguno lo elevaba al éxtasis que buscaba, a esa conexión trascendente que su alma anhelaba. Estaba tan centrado en esa búsqueda, en esa quimera, que incluso Margarita le había pedido que no fuera tan fuerte, tan exigente, que no se perdiera en la obsesión, que no se alejara de ella. Pero a él le interesaba buscar ese café, ese café que lo llevara al cielo, a la utopía que deseaba, a una conexión que iba más allá del simple sabor, más allá de lo terrenal, más allá de lo humano. Era una búsqueda metafísica, una cruzada personal.