Burdel que protituye café

Capítulo 7: La Invitación a la Deriva.

El martes, antes de regresar a su hogar y reencontrarse con su esposa, con la rutina predecible de su vida conyugal que se había vuelto un eco distante, Rubén decidió hacer una parada en casa de Miguel. Desde la boda, sus encuentros se habían vuelto esporádicos, como cometas que se cruzan en la inmensidad del espacio, trazando órbitas divergentes. La vida de casado de Rubén, con sus responsabilidades, sus silencios y la creciente grieta de su insatisfacción, y la peculiar existencia de Miguel en la funeraria, con su humor negro, sus fantasmas y su particular forma de habitar el mundo, los habían distanciado, creando una brecha invisible, un abismo de experiencias no compartidas. Al entrar en el apartamento de su primo, Rubén se encontró con el caos habitual: ropa tirada como pieles mudas de una criatura desconocida, envases de comida rápida esparcidos por el suelo como restos de un naufragio, un olor a encierro y a soledad que se había impregnado en las paredes, en los muebles, en el aire mismo, como un sudario invisible.

—Mon frère, ¿a qué debo su visita? —preguntó Miguel, levantándose de un sofá cubierto de trastos, de libros a medio leer y de objetos sin nombre, con una sonrisa que intentaba disimular su sorpresa, su incomodidad ante la irrupción de la normalidad, de lo predecible.

—Vine a ver si todavía no te han comido las ratas —respondió Rubén, mientras caminaba por la habitación, esquivando obstáculos con una mueca de disgusto, una expresión que no era de asco, sino de una profunda tristeza, de una desilusión que se le adhería al alma.

—Es que vivo solo, amigo. El sucio ya es parte de mí —dijo Miguel, encogiéndose de hombros, y con un gesto despreocupado, levantó unas medias y unas fundas de comida rápida del suelo, como si fueran objetos preciosos, reliquias de su propia existencia, de su propia filosofía de vida.

—Pues cásate y ten una bella mujer como yo —sugirió Rubén, pensando en Margarita, en la pulcritud de su hogar, en la armonía que ella aportaba a su vida, una armonía que ahora le parecía frágil, casi ilusoria, como un castillo de naipes a punto de derrumbarse.

—Sí, ajá. Eso no cambiará el desastre que soy, amigo. Además, ¿eres feliz? —La pregunta de Miguel, directa y sin rodeos, como un puñal en la oscuridad, golpeó a Rubén en un punto sensible, en el centro mismo de su incertidumbre. La felicidad, esa quimera que todos perseguían, se le antojaba cada vez más esquiva, más inalcanzable, como un horizonte que se aleja a medida que uno avanza.

—Eeeh, realmente, la felicidad y el amor creo que son cosas muy difíciles —confesó Rubén, la voz teñida de una melancolía que no había percibido hasta ese momento, una melancolía que lo envolvía como una niebla densa, como un sudario.

—Ves, con eso me dijiste que no. ¿Cuándo fue la última vez que le dijiste un «Je t’aime» a mi cuñada? —Miguel, con su perspicacia habitual, con esa habilidad para ver más allá de las apariencias, para desentrañar los secretos del alma, había dado en el clavo, había tocado la herida abierta.

—Eeeh… —Rubén dudó, la respuesta atascada en su garganta, como una espina. La verdad era que no lo recordaba. La rutina, la comodidad, habían erosionado esas pequeñas demostraciones de afecto que antes eran tan naturales, tan espontáneas, tan vitales. Se habían convertido en gestos vacíos, en palabras sin alma.

—¡Lo sabía! Por eso amo mi soledad. No me siento ni tengo la obligación de amar a nadie, ni siquiera a mí. La soledad es vivir esperando la muerte —declaró Miguel, con una filosofía oscura que, a pesar de su cinismo, tenía un eco de verdad, una verdad que Rubén no quería reconocer, pero que resonaba en lo más profundo de su ser.

—Cállate. Mañana, cuando la vea, se lo diré —prometió Rubén, más para sí mismo que para su primo, una promesa vacía, un intento de autoengaño, una mentira piadosa para acallar su propia conciencia.

—¡Sí, ajá! Pero algo te preocupa. ¿Qué es? —Miguel no se dejó engañar por la bravata de Rubén. Lo conocía demasiado bien, demasiado a fondo, como se conoce la palma de la propia mano.

Rubén suspiró. —Años como catador de la vida (café), lo tengo todo, pero aún no he coincidido con el mejor. Esa búsqueda, esa obsesión por el café perfecto, se había convertido en el motor de su existencia, en la brújula que guiaba sus pasos, una búsqueda que lo había alejado de la simple felicidad, de la paz interior, de la tranquilidad del alma. Era una quimera, un espejismo que lo arrastraba hacia un abismo.

—Ahh, eso, my brother. Tengo un lugar donde sirven el mejor café del mundo —dijo Miguel, con un brillo en los ojos que Rubén no había visto antes, un brillo que prometía una revelación, un secreto, una verdad oculta.

—¡Pues vamos! —Rubén, a pesar de su cansancio, de la fatiga que le pesaba en los hombros, sintió un atisbo de emoción, una chispa de curiosidad que encendió su alma. La promesa de un café excepcional era un bálsamo para su alma inquieta, una esperanza en medio de la desolación, un faro en la oscuridad.

—Pero no te puedes ir sin importar lo que veas o dónde lo veas. ¿De acuerdo? —advirtió Miguel, con una seriedad inusual, una seriedad que lo despojaba de su habitual ligereza, de su cinismo. Su voz era un presagio, una advertencia velada.

—¡De acuerdo! —Rubén aceptó el trato, sin imaginar la magnitud de lo que estaba a punto de presenciar, sin saber que estaba a punto de cruzar un umbral, de traspasar una frontera de la que no habría retorno.

Se pusieron unos abrigos, el frío de la noche parisina ya se hacía sentir, un frío que calaba hasta los huesos, que se colaba por las rendijas del alma, y salieron a la calle. De camino, iban recordando el pasado, cómo llegaron siendo unos «pendejos» a Francia y, a pesar de los años, seguían siéndolo, pero ahora, con el toque de autenticidad que solo la experiencia puede dar, con la sabiduría de los que han tropezado y se han levantado, de los que han reído y han llorado. La conversación fluía, una mezcla de nostalgia y humor, de recuerdos agridulces, hasta que Miguel se detuvo frente a un edificio discreto, casi anónimo, en una calle poco iluminada, un lugar que parecía esconderse de la mirada del mundo, un secreto a voces en la vastedad de la ciudad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.