Burdel que protituye café

Capítulo 8: El Ritual del Café Negro y la Aparición.

Miguel, ignorando la creciente incomodidad de Rubén, esa náusea moral que lo atenazaba, ese veneno que se le adhería al alma, lo arrastró a través del laberinto de cortinas de terciopelo, pesadas y polvorientas, y pasillos tenuemente iluminados por lámparas de gas que exhalaban un halo amarillento. El aire, denso con el perfume barato de las mujeres, el humo rancio de cigarrillos y el sudor ajeno, se volvía más pesado con cada paso, como si el espacio mismo se resistiera a su avance, como si las paredes se cerraran sobre ellos, ahogándolos en una atmósfera de irrealidad. Finalmente, se detuvieron frente a una puerta sin número, una puerta anónima que se confundía con la pared, distinguida solo por la palabra «Cafetería» escrita con una caligrafía descuidada en el centro, como un grafiti olvidado, una promesa de algo más allá del placer carnal. La pelinegra que los había guiado hasta allí, una criatura de ojos felinos y sonrisa ambigua, tocó seis veces, un ritmo peculiar que resonó en el silencio expectante, una clave secreta que abría las puertas a otro mundo. La puerta se abrió con un chirrido lúgubre, revelando a una mujer mayor, fumando un cigarrillo con una avidez casi animal, como si cada calada fuera un sorbo de vida, un intento desesperado de aferrarse a la existencia. Su atuendo, un traje sensual de seda raída que se aferraba a su cuerpo envejecido, dejaba al descubierto arrugas y pliegues que no eran precisamente agradables a la vista, sino más bien un mapa de una existencia gastada, de una vida vivida al límite.

—¡OOOH, NUEVOS CLIENTES! ¡PASEN, PASEN! —exclamó la señora, su voz ronca por el tabaco, pero con un entusiasmo forzado, una máscara de bienvenida que no lograba ocultar la fatiga de sus ojos. Ellos entraron, dejando a la pelinegra regresar al bullicio de abajo, a la sinfonía de gemidos y risas, no sin antes besar a Miguel en la mejilla y susurrarle algo al oído, un gesto que Rubén no pudo evitar notar, una complicidad que lo inquietó, que lo hizo sentir aún más ajeno a ese mundo. La señora, con un movimiento lento y calculado, cerró la puerta tras ellos, sellándolos en un espacio que parecía flotar entre dos realidades.

La señora se dirigió a la cocina, un espacio diminuto y desordenado, encendiendo otro cigarrillo con la punta del anterior, un ritual incesante, una cadena de humo que se elevaba hacia el techo. Lo fumaba con una rapidez asombrosa, con una voracidad que asustaba, como si el tiempo se le escapara entre los dedos, como si quisiera devorarlo antes de que él la devorara a ella. —Les va a gustar la experiencia, y eso que está medio oxidada —dijo, con una sonrisa que no inspiraba confianza, sino más bien una advertencia velada, una promesa de algo incierto, de algo que escapaba a la comprensión. Sus ojos, pequeños y penetrantes, se posaron en Rubén, escrutándolo con una intensidad que lo hizo sentir desnudo.

Rubén y Miguel se miraron, una mezcla de rabia y una sensación surrealista, incómoda, como si hubieran entrado en un sueño ajeno, en una pesadilla de la que no podían despertar. Rubén, sintiendo la necesidad de aclarar las cosas, de poner orden en el caos, de aferrarse a la lógica, se adelantó, su voz un poco más firme de lo que esperaba.

—Lo siento, señora, pero yo estoy casado, y dudo que mi amigo le quiera coger —dijo, mirando a Miguel con una expresión de reproche, una censura silenciosa que su primo ignoró con una sonrisa de suficiencia.

—¡LE VA A GUSTAR, LE ENCANTARÁ! —insistió la mujer, ignorando las palabras de Rubén, como si no las hubiera escuchado, como si hablaran idiomas diferentes, como si sus palabras fueran meros sonidos sin significado. Se dirigió de nuevo a la cocina y regresó con dos tazas de café humeante, el vapor ascendiendo en espirales, como pequeñas almas que se elevan. Rubén y Miguel suspiraron aliviados. El alma les regresó al cuerpo, o al menos eso creyeron. Habían malinterpretado la situación. Era solo café, después de todo. O eso creían, en su ingenua humanidad.

—¡De eso estoy hablando! ¡A eso venimos! —dijo Rubén, tomando una de las tazas, el calor reconfortante en sus manos. Pero antes de darle el primer trago, la curiosidad de su paladar experto, esa obsesión que lo había traído hasta allí, lo impulsó a examinarla. Movió la taza dos veces, notando cómo un polvo oscuro, casi imperceptible, se cuajaba en las esquinas, una sedimentación extraña, una anomalía. El olor era muy fuerte, no era el tinto natural al que estaba acostumbrado, sino un negro intenso, casi opaco, un abismo líquido que prometía lo desconocido. Cuando finalmente tragó, su cuerpo se retorció, sus facciones se contrajeron en una mueca de asombro y repulsión, expresando sin palabras el impacto de la bebida, una descarga eléctrica que lo recorrió de pies a cabeza.

—¡Pero qué mierda es esta! —exclamó, posando la taza en la mesa con un golpe seco, un sonido que resonó en el silencio, rompiendo la quietud del momento.

—Ajaja, ustedes los extranjeros son raros —dijo la mujer, con una risa áspera, como papel de lija, una risa que no era de alegría, sino de una profunda sabiduría, de un conocimiento ancestral. Luego, se giró hacia la cocina y llamó, su voz ahora más grave, más resonante: —Clonel, ven.

Desde las sombras de la cocina, emergió ella. Alta. Demasiado alta, pensó Rubén, aunque la idea le pareció absurda, una distorsión de la perspectiva, una ilusión óptica. Su pelo rubio caía en ondas perfectas, una cascada dorada que enmarcaba un rostro de una belleza inquietante, casi irreal, como si hubiera sido esculpida por un dios o por una máquina de precisión. Sus ojos, de un color ámbar casi dorado, parecían absorber la luz de las velas en lugar de reflejarla, profundos, insondables, como pozos sin fondo que prometían secretos milenarios. Su piel tenía un tono cetrino, como si nunca hubiera visto el sol, o como si no fuera exactamente piel, sino algo más, algo diferente, algo que desafiaba la taxonomía, la biología, la propia definición de lo humano. Vestía un vestido blanco impecable, de corte antiguo, que contrastaba con el ambiente decadente del lugar, una pureza anacrónica, una nota discordante en la sinfonía de la depravación. Un collar de obsidiana brillaba en su cuello, con una intensidad que parecía vibrar, una joya que era casi un talismán, un objeto de poder.




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