Búscame en las estrellas (resubiendo)

Capitulo 6: El árbol de duraznos

De cuando hay un árbol y muchos golpes.

Barrer no era tan fácil como creía. Los sirvientes de casa lo hacen con una rapidez tal que no parece ser laborioso.

Hay que subirles el sueldo a los de la casa.

Definitivamente.

—¿Quieres una mano?

—Tengo dos perfectamente funcionales, Lane.

— Venga, ¡entre dos es más fácil!— alzó la escoba para que la notara y después se dispuso a barrer la parte derecha del salón.

—¿Cómo llegaste a aquí? —le pregunté sin verla.

—Escuché de Chiara que cumples un castigo por las tardes.

—Y viniste aquí.

—¿A barrer contigo? Por supuesto. ¿Quién no quiere una tarde productiva de limpieza?

La miré de reojo. Ella era bastante buena barriendo, parecía tener esa técnica bien dominada.

Chasqueé la lengua. Me era útil. Qué fastidio.

Durante un rato, no habló más.

Se limitaba a entonar canciones.

Melodías suaves, infantiles… de esas que parecen salidas de un sueño. Aún peor, que hablaban sobre sueños, deseos y esperanzas ingenuas. No reconocí ninguna. Lo cual era lógico considerando la edad que teníamos. Ni siquiera alcanzamos la edad legal.

La diferencia entre ella y yo era clara. Nuestras familias se desenvuelven en entornos diferentes, con amistades y gustos diferentes. Mientras que a ella la entretenían con televisión por cable, a mí me llevaban al teatro.

—¿Qué estás cantando? —pregunté finalmente, cuando empezó a cantar

—Clásicos.

—¿Clásicos de qué? ¿De cultos rurales?

—¡De películas! —rió—. De cuando las princesas cantaban sus deseos y los animales les hacen coro.

Me detuve un momento.

—¿Qué clase de cosas veías de niña?

—Las correctas —dijo con una sonrisa triunfal—. Me educaron bien.

—Claro. Por eso hablas con ardillas.

—¡Y ellas me entienden!

—Necesitas terapia. Urgente.

¿Lo veis? Ella miraba Disney para dormir, yo noticias y Jason Bourne si es que andaba de buenas.

Entonces, algo cambió en su atención.

Lane alzó la mirada enfocada hacia su costado izquierdo como si encontrara un tesoro.

—¿Eso es un durazno?

Mi mirada sin permiso se dedicó a buscar el objeto, pero antes de encontrar el fruto, dí con la trayectoria de la escoba que Lane había lanzado como si fuera un arma de guerra. Y el fruto sí cayó, pero no hacia sus manos, sino directo a mi hombro.

—¡Maldición, Lane! —gruñí, llevándome la mano al brazo adolorido, con una mueca de incredulidad.

—Quería uno de estos, lo siento —respondió, como si eso bastara. Su voz era suave pero a todas luces divertida.

La miré con exasperación.

Tenía el durazno entre las manos y le daba una mordida como si la fruta no hubiera caído del cielo como un proyectil y como si no existieran las infecciones estomacales. Ni siquiera estaba en su punto de maduración ese durazno, porque el golpe había sido igual que si me aventaron una piedra mediana.

—¿Y pensaste que podrías tomarlo así como así?

—Ujum, sí.

Me sostuvo la mirada. Tranquila. Sonriente. Casi orgullosa de su crimen contra la escuela. No estaba seguro, pero creo que no podíamos tomar fruta de los jardínes interiores del colegio. No hasta que fuera temporada de cosecha y lo sirvieran en el comedor como dulce.

—¿Quieres que te baje uno?

Entrecerré los ojos, estudiándola como si intentara descifrar una criatura que no se rige por lógica alguna.

Ella no se inmutó. Nunca lo hace.

—Sí —dije al fin, vencido. Porque discutir con Lane era como discutir con el clima: solo te agotas tú y el cielo termina haciendo lo que quiere. Y, además, se me había antojado el durazno.

Una vez más, ella apuntó. Golpeó. Y el resultado fue el mismo. La fruta voló con graciosa violencia y me golpeó en el pecho. Me atraganté con mi propia sorpresa, dando un respingo torpe. Tardé un minuto en recuperar la compostura, luego me quejé, claro que sí.

—¡Lane!

—Ups.

Ella rió. Rió de verdad. De esa forma luminosa que no puedes fingir ni ensayar. Sus ojos castaños se encendieron con un brillo chispeante, y por un momento, la escena entera pareció pertenecer a otro mundo, uno donde las risas desarmaban escudos y las tardes no pesaban tanto.

—¡Mira eso!

Lo miré, porque seguramente soy imbécil.

A lo lejos, una ardilla escapaba con otra nectarina entre las patas Rodé los ojos, agotado.

—Claro. Ahora las ardillas también me invaden.

—Abundan por aquí. ¿No lo habías notado antes?




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