De las buenas costumbres familiares.
Acordar un lugar para los trabajos en equipo, sin duda fue la parte más difícil de hacer.
Y no solo porque Lane tuviera una sugerencias cuestionables –lo que ya era razón suficiente– sino porque mis padres volvieron esa misma semana…
Comprendo que no entienden la gravedad del asunto; solo conocen mi vida cuando Sebas y yo estamos solos. Y cuando él está a cargo, todo es diferente.
El inicio de semana con ellos en casa fue exasperante, como si su descanso implicase agotarnos a nosotros. Algunos pensarían que después de un viaje tan largo querrían llegar a casa y descansar, pero la realidad es otra, después de esas vacaciones, tienen incluso más energías que mi hermano y yo juntos.
Primero, tuvimos que ir a recibirlos al aeropuerto para luego llevarlos a comer a un restaurante cercano y poder convivir como a papá le gustaba. Después, los llevamos a ver cómo iba el centro comercial que inauguraron hace dos años y que dejaron a Sebas como encargado, también aprovechamos para comprar juntos la ropa que usaríamos el viernes en su bienvenida.
Mi madre, Adelaide, una mujer alta y deslumbrante de cabello rubio, decidió que no había mejor vestido para ella que uno de razo color verde pistache satinado. Y la verdad, tenía toda la razón. Sus ojos color avellana y su piel, ahora con un bronceado perfecto, resaltaban demasiado.
Sin mencionar que combinaba perfecto con la decoración elegida. Yo no había hecho ningún comentario al respecto, por lo que estaba genuinamente sorprendido de su aguda intuición.
Mi padre se llama Lucio y es incluso más alto que cualquiera de nosotros. Por supuesto, su cabello también es rubio dorado, solo que él tiene los ojos azules como zafiros (igual que yo).
Creo que nunca les conté este detalle, pero hay un número de una revista científica que afirma que nuestro color de ojos es equivalente al 0.0005% de la población, o algo así… En fín, básicamente se limita a los Lestrange. Algo parecido a los Grafton y su iris único de color rojo.
Supongo que la ciencia no ha descubierto el gen de la arrogancia, el cual también parece ser hereditario en los Grafton.
Volviendo a lo importante… Mi padre eligió un traje de dos piezas con el tono más parecido al vestido de mamá y una corbata amarilla crema.
La oveja negra de la familia –es decir, Sebastian– decidió comprar un simple suéter de cachemira color marrón.
—Hace poco compré un pantalón francés que le quedará precioso, madre, ya verás.
Seguramente se refería al que mamie Hella le regaló hace como tres años, pero no iba a ser yo quien lo delatara.
En fin, su falsa modestia le duró solo hasta que nos cruzamos con una tienda de accesorios de la que salimos con tres cosas diferentes por persona. Él, en realidad, compró cerca de doce cosas: relojes, gemelos, pero sobre todo: fistoles. No piezas, sino colecciones enteras.
A Sebas le gustaba coleccionar este tipo de artículos.
Yo fui más humilde, claro, compré un traje de tres piezas y un vestido para Diane. Mamá incluso me ayudó a escoger un tocado a juego, con el buen humor demasiado intacto como para recordar que no le terminaba de gustar la idea de que Diane es mi novia. A opinión suya, Chiara –su ahijada– era mejor opción y… creo que ya recuerdo por qué comenzó el malentendido de Diane con ella y porqué yo me había alejado de los primos Grafton.
Como sea, cuando las compras estuvieron hechas, nos detuvimos a respirar un momento y a comer algún bocadillo. Sebastian sugirió un café helado, y como nadie tenía más ideas, terminamos en una tienda tipo cafetería. Pequeña, hogareña y con un estilo maximalista que me ponía los nervios en punta. Seguro que es este tipo de lugares los que Lane tiende a visitar. Lo único bueno de aquí, era que vendían helado también.
—Últimamente como mucho helado— les expliqué, mientras recibía mi pedido.
—¿Por fin dejaste tu obsesión por la tarta de los Ferrer?— preguntó mi papá, con una sonrisa.
—Nunca— respondí, casi ofendido—. Solo que últimamente se me antoja más el helado. Quisiera saber, hermano, por qué permitiste este negocio… en mi opinión, no tiene nada que hacer en el piso de joyería.
—¿Quién no quiere endulzar el paladar después de un gasto tremendo de dinero en alhajas? ¿Y si se acaban de comprometer? ¡Un momento feliz requiere sabores felices, Leonard!
—Creeme, lo último que quiere el hombre es tener que gastar más dinero en helados de precios inflados.
—No seas tan duro con tu hermano, Loni. A mí me parece una buena idea.
Asentí con la cabeza. Luego me dediqué a comer mi helado.
El resto de la tarde lo pasamos entre vitrinas y conversaciones a medias. Por un momento creí que todo había salido bastante bien... hasta que volvimos a casa y llegó la hora de la cena. Porque, y ustedes no me van a dejar mentir, no hay nada que ponga más a prueba la armonía familiar que una mesa llena de opiniones diferentes.
La cena, sencilla para asentar el estómago, transcurrió entre las anécdotas de mamá sobre sus desventuras en el crucero. Habló del calor insoportable en Cozumel, de una excursión que no salió como esperaba (ella creía que caminar dos kilómetros no la harían sudar) y de lo mucho que le había costado encontrar un café decente en Cartagena de Indias o algo así.
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Editado: 11.01.2026