Valentina
Mami cree que me duermo cuando cierro los ojos, pero no es verdad.
Aprendí a quedarme muy quieta en la cama, sin mover los pies ni hacer ruido con la cobija, para escuchar cómo respira.
En las noches frías, el aire dentro de la habitación huele a la sopa de verdura que cocinamos temprano, a la humedad de las paredes y a esa tos fea que le sale desde muy adentro del pecho. Es una tos seca que hace que mami se encoga rapidito en la cama, pegándose las rodillas al pecho y poniéndose las manos en la boca para que yo no me despierte.
Siento el miedo apretándome el estómago.
A veces me da rabia ser tan chiquita. Tengo seis años, y mis manos todavía no alcanzan para sostener la taza grande de té sin que se me derrame, ni mis piernas son lo bastante largas para caminar rápido cuando vamos a la feria. Si fuera grande, yo trabajaría por ella.
Me acuerdo bien de cuando mami aún podía sonreír. Antes de que se le marcaran los huesos en los pómulos y las manos se le pusieran frías. Ella trabajaba en todo lo que encontraba; limpiaba pisos en un edificio enorme donde el agua de los baldes olía a un cloro tan fuerte que le dejaba la piel roja y áspera, cargaba cajas en el mercado, y cuando volvíamos a la casita, siempre tenía fuerzas para tejer chalecos de lana para la abuela.
La abuela casi no se levanta porque le duelen mucho las rodillas. Sus dedos parecen ramitas secas por la artritis, así que mami tenía que hacer todo. Nos bañaba a las dos con agua calentada en una tetera negra, me peinaba los rizos con paciencia y me decía que nosotras tres éramos un equipo invencible.
—Mientras estemos juntas, mi vida, no nos falta nada —me decía, dándome un beso en la frente.
Pero sí nos faltaba. Nos faltaban las monedas para comprar la carne en la carnicería de la esquina. Nos faltaba para la medicina roja que la abuela necesita para sus dolores. Y ahora, sobre todo, nos falta la salud de mami.
Todo empezó a ponerse peor este invierno. Mami ya no camina rápido. A veces se queda sentada en el cajón de madera del patio mirando al suelo, respirando cortito. Ayer vi cómo se limpió la boca con la manga del abrigo y la tela quedó manchada con algo oscuro. Se dio cuenta de que la estaba mirando y escondió el brazo rápido detrás de la espalda, regalándome una sonrisa fingida de esas que a mí me dan ganas de llorar.
Ella cree que soy muy pequeña para entender, pero yo veo todo. Veo cómo mira los zapatos que ya me quedan apretados y suspira en silencio. Veo cómo deja de comer su parte de la cena diciendo que no tiene hambre para que la abuela y yo comamos un poco más.
Y veo lo que hace en las noches, cuando piensa que yo duermo.
Despacio, estiré la mano por encima del colchón y busqué sobre el velador de madera. Mis dedos tocaron el relicario. Es una medallita pequeña de plata gastada, tan acariciada por los dedos de mami que en las orillas casi se le borró el brillo.
Mami lo guarda debajo de su almohada como si fuera un tesoro sagrado. Muchas noches la he visto abrirlo a escondidas. Se lo pega al pecho, cierra los ojos y llora en un silencio tan doloroso que a mí me dan ganas de abrazarla y no soltarla nunca.
Apreté la medallita entre mis puños y me acurruqué a su lado. Mami dormía con el ceño fruncido, con una mano sobre su panza y la otra en la sábana. Con mucho cuidado, usando las uñas, abrí el broche del relicario.
Ahí estaba la foto.
Un hombre joven, de traje oscuro, con el pelo negro bien peinado y unos ojos oscuros. Mami nunca me habló de él. Cada vez que en la escuela los niños dibujaban a sus familias y yo le preguntaba por qué en mi casa no había un papá, ella me abrazaba fuerte, se le ponían los ojos rojos y me decía:
“Nosotras no necesitamos a nadie más, mi amor. Tú eres mi único tesoro”.
Pero yo no soy ciega. El año pasado, cuando me miré en el espejo del baño mientras mami me cortaba el flequillo, me di cuenta. Mis rizos son de ella, dorados como el sol. Pero mi cara no. Mis ojos son oscuros, serios, con las cejas marcadas exactamente igual a las del hombre del papelito guardado en el metal. La forma del rostro, el pequeño lunar justo al lado de la oreja izquierda... Yo soy el retrato en chiquito de ese señor.
—Mami... —murmuré muy despacio.
Ella no se movió.
Toqué con la yema de mi dedo el rostro del hombre en la foto. Él no tenía la ropa desgastada como mami. Él no tenía las manos lastimadas por el cloro.
Mami se me está yendo. Se está secando como las plantas del patio cuando no les cae agua. El doctor del consultorio dijo la semana pasada que ella necesitaba exámenes caros, medicinas que venían en cajas de colores y estar en reposo. Pero mami no tiene dinero, la abuela tampoco.
Pero este señor sí.
Si él es el hombre de la foto que mami guarda con tanto dolor, si él es el dueño de este relicario de plata... él tiene que ser mi papá. Y los papás, según me dijo mi amiga en la escuela, están para cuidar a sus hijos y ayudar cuando la familia está en peligro.
Pasé el pulgar por la foto por última vez antes de cerrar el relicario. Lo apreté fuerte contra mi pecho. No me iba a quedar mirando cómo mami se apagaba en esta cama fría. No iba a dejar que la abuela se quedara sola. Iba a encontrar a ese hombre, aunque tuviera que caminar por toda la ciudad preguntando por la foto. Le enseñaría mi cara, le enseñaría este relicario y le exigiría que nos ayudara.
Miré a mami en la oscuridad, le acomodé el pelo sobre la frente y me pegué a su hombro, haciendo una promesa en silencio.
¿Dónde estás, papá? Tengo que encontrarte para salvar a mi mamá.