SIETE AÑOS ANTES.
Fernando.
Sostener la mano de Frania siempre me producía la misma sensación; la de haber llegado, por fin, al único refugio que me importaba en este mundo.
Llevábamos apenas seis meses de casados, seis meses en los que mi vida se resumía en la calidez de su sonrisa al despertar y en la tranquilidad con la que apoyaba su cabeza sobre mi pecho antes de dormir. Ella era pura luz, suave, transparente, tan distinta al mundo frío y calculador en el que yo me había criado.
Era de noche, y estábamos sentados en el borde de nuestra cama. Sus dedos jugaban con los míos mientras mirábamos la pequeña maleta que yo había empezado a empacar a escondidas.
—Fernando… ¿estás seguro de esto? —me preguntó en un susurro, mirándome con esos ojos limpios que siempre me desarmaban—. Es tu familia. Tus empresas. Lo vas a dejar todo por mí. No quiero qué lo hagas. Piénsalo por favor.
Me acerqué a ella, tomé su rostro entre mis manos, le besé la frente con amor y protección de un tesoro sagrado. Así es, Frania era demasiado importante para mí.
—No voy a dejar nada que valga la pena, Frania —le aseguré con firmeza—. Mi familia eres tú. A mi madre nunca le va a bastar nada de lo que hagas. Para ella siempre serás la mujer que no pertenece a nuestro círculo, la que arruinó sus planes. No voy a permitir que te siga humillando ni un solo día más. Nos iremos de la ciudad el fin de semana. Empezaremos de cero, solo tú y yo. Te lo prometo. Nunca, escúchame bien, nunca nada ni nadie nos va a separar. Te amo, eres todo lo qué quiero en mi vida.
Ella asintió y sonrió con los ojos cristalinos por la emoción, me abrazó con una fuerza que me caló hasta los huesos. Mi esposa es una mujer humilde, la luz qué necesito para calmar mis miedos y temores. Ella apareció para darle sentido a mí vida.
En éste momento, yo estaba dispuesto a renunciar a mi apellido, a la herencia familiar y a cualquier privilegio con tal de mantenerla a mi lado. Eran momentos de una dicha absoluta, de un amor tan puro que creí invencible.
Tras la conversación con mi esposa, ella se quedó dormida plácidamente, bajé al despacho. Tenía que revisar los últimos documentos antes de presentar mi renuncia definitiva a la empresa de mi madre y de mi abuelo.
Unas horas antes, la discusión con mi madre había alcanzado su punto más destructivo.
—¡Esa muerta de hambre solo te está usando, Fernando!—, me había gritado enfrente de todos los empleados, con el rostro desencajado por el desprecio. —¡Elegiste a una cualquiera en lugar de mantener el honor de esta familia! ¡Te vas a arrepentir toda tu vida de haberte casado con ella!
Sus palabras todavía me quemaban por dentro, pero mi decisión estaba tomada. No me importaba su rabia. Terminé de preparar todo lo necesario, mañana debo apresurar mi trabajo en el supermercado y luego entregarle la renuncia formal a mí madre.
***
Por la mañana, me preparé para ir al Hipermercado en carretera masaya. Mire a mi esposa y le deje un beso en su mejilla.
—Ya te vas— preguntó adormilada. Asentí acariciando su mejilla. De pronto se levantó y salió disparada al cuarto de baño.
—Sucede algo. — pregunté preocupado. Escuché la regadera y decidí esperar qué saliera.— Cariño todo bien.
Ella sonrió abrazándome, absorbí el aroma de su cabello.
—Estoy bien, Fer. Es sólo qué me bajo el periodo.
—Entonces no te levantes de la cama, le dire a lupe qué te suba el desayuno.
Ella negó rápidamente.
—No es necesario, apenas es una leve mancha. Así qué descuida.
—Vendré por la noche. Te amo, recuerdalo.
—Yo también te amo.
Al salir de la residencia, cruzó la cochera, de pronto mamá se me acercó.
—¿Ya te vas, hijo?— moví la cabeza en asintiendo. —Ve con cuidado, y ya no te preocupes me estoy resignado.
Eleve las cejas asombrado.
—Es lo mejor. Me voy.
Subí a mi automóvil dirigiéndome al Hipermercado. Solo espero qué mamá acepte qué jamás dejaré a mi esposa por puro gusto.
Al llegar aparqué en el vestíbulo, bajé del auto y entré al supermercado. Todos los empleados ya estaban trabajando y cargando los exhibidores de bebidas y productos.
Entré a mi oficina y empecé a trabajar. Suspiré con cansancio, mientras seguía viendo los movimientos de cada caja, pedí el desayuno e incluso llamé a mi esposa, pero ella no respondió y eso fue extraño.
Las horas empezaron a pasar, mi madre me llamó para que prepare un pedido en unos de los super la colonia. Mientras hablaba decidí preguntar por mi esposa, ya que no respondía la llamada.
—Madre podrías decirle a Frania, qué la estoy llamando.
—Hijo, tu esposa salió desde en la mañana y no ha regresado. — mencionó mi madre.
Qué extraño.
—Bien, gracias.
Colgué la llamada y decidí llamarla luego. Vi la hora y eran más de las cuatro de la tarde.
De pronto, el silencio del despacho fue interrumpido por el sonido de mi teléfono celular. Era un número desconocido.
Acepté la llamada y pegué el teléfono a mi oído.
—¿Bueno?
—Vaya, Fernando… qué triste es ver cómo un hombre tan inteligente cae en el juego de una mosquita muerta —dijo una voz distorsionada al otro lado de la línea, helándome la sangre.
—¿Quién habla? Si es una broma, le sugiero que cuelgue ahora mismo —respondí con la mandíbula apretada.
—No es ninguna broma, Fernandito. Te envié unos mensajes con unas fotografías al celular, deberías revisarlos ahora mismo. Solo para que veas la clase de mujer que tienes. No es ninguna santita, la paloma Frania te hace creer a ti y a tu familia qué es una decente.
—No te permito qué hables de esa manera de mi mujer.
—Tranquilo, solo soy una amiga qué odia verla usarte.
En este preciso momento, ella se encuentra disfrutando con su amante, mientras se burla de ti en tu propia cara.
Mi corazón dio un vuelco violento. Un frío paralizante me recorrió la espalda. Colgaron la llamada.