Mi vida es un imán para las desgracias.
Hay personas que nacen con buena suerte.
Yo nací con un talento especial para terminar castigado.
Todo porque esta mañana pensé que dormir cinco minutos más no cambiaría mi vida.
Spoiler: sí la cambió.
Ahora estoy sentado en una incómoda silla frente a la oficina del director, viendo cómo el reloj de la pared avanza con la velocidad de una tortuga anciana.
—Todo esto es culpa tuya.
Giré la cabeza.
Molly Anderson golpeaba el piso con la punta del zapato una y otra vez.
Tac.
Tac.
Tac.
Una profesora pasó por el pasillo. Miró a Molly, vio su expresión y decidió seguir caminando como si tuviera mucha prisa.
Sí...
Cuando Molly se enojaba, hasta los profesores preferían mantenerse a una distancia prudente.
—Buenos días para ti también —respondí.
—No tienen nada de buenos.
—Podría ser peor.
—¿Cómo?
—Podríamos estar en Química.
Ella hizo una mueca.
—Tienes razón.
Sonreí satisfecho.
Después de trece años de amistad ya conocía el único tema capaz de hacerla olvidar su enojo durante unos segundos.
Solo unos segundos.
—No sonrías.
—¿Por qué?
—Porque sigo molesta contigo.
—¿Todavía?
—Llegamos tarde por tu culpa.
—Solo fueron cinco minutos.
—Cinco minutos que ahora estamos pagando.
No pude discutir eso.
Tenía razón.
—La próxima vez voy a despertarte yo.
—¿Y cómo piensas entrar a mi casa?
—No sé... pero encontraré la forma.
No supe si reírme o preocuparme.
Con Molly nunca era fácil distinguir cuándo hablaba en serio.
Soy Tadeo Wolf.
Tengo dieciocho años.
No soy popular.
Pero tampoco soy el típico nerd que se sabe todas las respuestas.
Estoy en ese extraño punto donde nadie tiene nada contra ti... pero tampoco se acuerda mucho de que existes.
Y la verdad...
Ya me acostumbré.
Molly era completamente diferente.
Dos chicos dejaron de discutir junto a los casilleros cuando ella pasó por allí unos minutos antes. Una chica levantó la vista del celular para saludarla. Hasta el profesor de Historia le sonrió al cruzársela.
Ella respondió con un gesto distraído y siguió caminando como si nada.
Supongo que esa era una de las razones por las que todos estaban detrás de ella.
La otra...
Bueno, cualquiera con ojos podía descubrirla.
—¿Qué tanto me miras? —preguntó sin apartar la vista de la puerta.
—Nada.
—Mentiroso.
—Solo estaba pensando.
—Eso nunca termina bien contigo.
—Qué poca confianza me tienes.
—Al contrario.
Te conozco demasiado.
Y era verdad.
Sabía cuándo mentía.
Cuándo estaba nervioso.
Y cuándo estaba a punto de hacer alguna tontería.
Lo malo era que casi siempre lo descubría demasiado tarde.
—Sandra debe estar buscándote —comentó de pronto.
Saqué el celular por reflejo.
Tres mensajes.
Sandra ❤️
"¿Ya llegaste?"
"¿Todo bien?"
"No me digas que otra vez terminaron en la oficina del director..."
No pude evitar sonreír.
Sandra.
Mi novia.
Siempre adivinaba cuándo algo salía mal.
La conocí gracias a Molly.
Bueno...
Más bien porque Molly le lanzó una botella de agua encima durante el almuerzo.
Ella insiste en que fue un accidente.
Yo todavía tengo mis dudas.
La ayudé a limpiarse, empezamos a hablar y, nueve meses después, seguíamos juntos.
La vida tenía un extraño sentido del humor.
—Otra vez te perdiste.
La voz de Molly me hizo volver.
—¿Sabes qué cara pones cuando piensas demasiado?
—¿Cuál?
—Cara de pez.
Me reí.
—Eso ni siquiera existe.
—Claro que existe.
—Que no.
Levantó el puño.
—¿Quieres que te convenza?
—Retiro lo dicho.
Sonrió con evidente satisfacción.
Cinco minutos con Molly bastaban para olvidarme de cualquier problema.
Aunque jamás se lo diría.
Se volvería insoportable.
La puerta del despacho se abrió.
El director apareció con la misma expresión cansada de siempre.
Nos observó unos segundos antes de suspirar.
—Otra vez ustedes.
No preguntó qué había pasado.
Ni quién tenía la culpa.
Solo nos miró como alguien que ya conocía el final de la historia antes de escucharla.
—Buenos días, director.
Él me señaló.
—Joven...
Esperó.
Frunció el ceño.
Lo estaba intentando.
De verdad.
—Wolf —lo ayudé.
—Sí, Wolf.
Molly soltó una risa que intentó disimular tosiendo.
Entramos a la oficina y nos sentamos frente al escritorio.
El director entrelazó las manos.
—Estoy cansado de recibirlos aquí.
—Nosotros también estamos cansados de venir —murmuró Molly.
Le di un codazo.
Ella silbó como si no hubiera dicho nada.
—Esta vez no limpiarán los casilleros.
Molly y yo intercambiamos una mirada.
Eso nunca era una buena noticia.
—Durante las próximas semanas serán los responsables de organizar la fiesta de San Valentín del colegio.
Silencio.
Parpadeé una vez.
Dos.
Molly fue la primera en reaccionar.
—¿Qué? ¿Eso se supone que es un castigo?
El director sonrió.
—Lo será cuando conozcan el presupuesto que tienen, los permisos que deberán conseguir, los profesores que tendrán que convencer... y los más de cuatrocientos alumnos que encontrarán algo de qué quejarse.
La sonrisa de Molly desapareció poco a poco.
Yo hice lo único que mi cerebro fue capaz de procesar.
Empecé a reír.
Ella giró lentamente la cabeza hacia mí.
—No te rías.
Seguí riéndome.
—Tadeo...
—Perdón...
—No. No lo sientes.
—Un poquito.
Entrecerró los ojos.