—No puedo creerlo.
Molly dejó caer la carpeta sobre la mesa del patio trasero de su casa y se dejó caer en uno de los columpios.
El columpio rechinó.
Ella también.
—¿Tan malo es? —pregunté mientras ocupaba el asiento de al lado.
—¿Tú escuchaste al director?
—Sí.
—Entonces sabes perfectamente que sí.
Me balanceé suavemente.
—Bueno... organizar una fiesta tampoco puede ser tan difícil.
Ella me miró como si acabara de insultar a toda su familia.
—¿Quieres que te haga una lista?
—No.
—Porque puedo hacerla.
—Te creo.
Resopló.
—Tengo ensayos de porristas, sesiones de fotos, tareas, exámenes... y ahora también una fiesta para más de cuatrocientas personas.
—Visto así...
—Y si algo sale mal, ¿adivina quién va a recibir el sermón en casa?
No hizo falta que dijera un nombre.
Los dos sabíamos la respuesta.
Por un momento ninguno habló.
El viento movía las ramas de los árboles y hacía crujir los columpios.
La casa de Molly era tan grande que siempre me daba miedo perderme dentro.
Llevaba entrando allí desde los cinco años y todavía había habitaciones que no conocía.
—¿Y si hablo con tu papá? —pregunté.
Ella dejó de balancearse.
—Ni se te ocurra.
—Solo quiero ayudarte.
—Lo sé.
Su voz sonó mucho más suave.
—Pero él es mi problema, no el tuyo.
No insistí.
Conocía al señor Anderson desde pequeño.
También sabía que discutir con él era casi tan buena idea como abrazar un cactus.
Miré a Molly de reojo.
Se mordía el interior de la mejilla.
Siempre hacía eso cuando estaba preocupada.
Y, como casi siempre que la veía así, terminé recordando el día en que nos conocimos.
Tenía cinco años.
Era mi primer día de clases.
Todos parecían conocerse.
Todos...
Menos yo.
Estaba sentado solo en un columpio cuando tres niños se acercaron.
—¿Tú eres el nuevo?
Asentí.
—Qué feo eres.
Los otros dos soltaron una carcajada.
Sentí que la garganta se me cerraba.
—Mi mamá dice que los niños feos nunca tienen amigos.
Bajé la cabeza.
Entonces escuché una voz.
—¡Oigan!
Los tres giraron.
Una niña de cabello desordenado caminaba hacia nosotros con los puños cerrados.
—¿Qué les pasa?
—No es asunto tuyo.
—Ahora sí lo es.
Los tres volvieron a reír.
Ella los miró unos segundos...
Y salió corriendo.
Pensé que se había asustado.
Cinco segundos después regresó acompañada por la profesora.
Los tres terminaron castigados.
La niña se acercó a mí.
—¿Estás bien?
Asentí.
—Gracias.
Sonrió.
—No me gusta la gente que molesta a otros.
Luego me tendió la mano.
—Soy Molly.
—Tadeo.
—¿Quieres ser mi amigo?
Fruncí el ceño.
—¿Una niña puede ser amiga de un niño?
Puso los ojos en blanco.
—Claro que sí.
Le estreché la mano.
Y sin saberlo...
Acabábamos de convertirnos en la persona favorita del otro.
El sonido de un celular me devolvió al presente.
Molly contestó sin mirar la pantalla.
—¿Sí?... Hola, papá.
Su espalda se tensó.
—Sí... tenemos que hablar.
Escuchó unos segundos.
—Está bien. Te espero.
Colgó lentamente.
Durante unos segundos no dijo nada.
—¿Todo bien? —pregunté.
Forzó una sonrisa.
—Cuando llegue del trabajo le contaré lo de la fiesta.
—¿Segura?
Asintió.
Pero seguía mordiéndose la mejilla.
Me levanté.
—Si necesitas ayuda...
—Te llamaré.
—Prometido.
Esta vez la sonrisa le duró un poco más.
Mi celular vibró.
Sandra ❤️
"¿Ya vienes? Llevo quince minutos esperándote en la cafetería."
Sentí que el estómago se me caía hasta los zapatos.
—Ay, no.
Molly arqueó una ceja.
—¿Qué hiciste ahora?
Le enseñé la pantalla.
Ella soltó una carcajada.
—Olvidé que había quedado con Sandra.
—Corre.
—¿No estás molesta?
—Con eso ya tienes suficiente castigo.
Le saqué la lengua.
—Muy graciosa.
—Lo sé.
Corrí hasta la salida de la mansión.
Levanté la mano cuando vi un taxi.
Pasó de largo.
Lo intenté con otro.
También.
Cuando apareció el tercero tomé una decisión brillante.
Me planté justo en medio de la calle.
El taxi frenó con un chirrido.
—¡¿Estás loco, muchacho?! —gritó el conductor.
Sonreí con nervios.
—Un poquito.
No sé si le di lástima o simplemente quería seguir con su día.
Pero me abrió la puerta.
Y esa fue, probablemente, la peor decisión que ambos tomamos esa tarde.
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