Buscando Novio

Capitulo 3 MARIONETA

Estoy sentado en la cafetería con Paulo, contándole el desastre de mi mañana.

Cuando termino, se queda mirándome unos segundos.

—Amigo... ¿por qué no puedes ser un chico normal?

—¿Eso fue lo único que entendiste de toda la historia?

—No. También entendí que le contaste tu vida al taxista.

—Era amable.

—¡Era un taxista!

—También era una persona.

Paulo negó con la cabeza.

—Y encima ya sabes cómo se llama.

—Se llama José.

—¡Exacto! ¡No deberías saber eso!

No pude evitar reír.

—Ya, basta.

—No, esto es preocupante.

Tomó una papa frita de mi bandeja sin permiso.

—Oye.

—¿Qué?

—Ahora es nuestra papa.

—Te odio.

—Mentira. Me necesitas.

Resoplé.

Tal vez tenía razón.

—Bueno, ¿qué era eso tan importante que querías contarme? —preguntó.

Apoyé los codos sobre la mesa.

—Sandra quiere ayudarnos con la organización de la fiesta.

—¿Y cuál es el problema?

—Que Molly también va a estar.

Paulo dejó de masticar.

—Ah...

Ahora sí entendía.

—Intenté decirle que no hacía falta, pero insistió tanto que terminé aceptando.

Paulo soltó una carcajada.

—Tadeo... eres una marioneta.

Fruncí el ceño.

—No soy una marioneta.

—¿Ah, no?

Se quedó pensativo unos segundos.

—¿Me ayudas con la tarea de Historia?

—Claro, ¿cuándo...?

Paulo levantó un dedo.

—¿Ves?

Suspiré.

—Eso fue trampa.

—No. Eso fue una demostración científica.

Se inclinó sobre la mesa.

—Aceptaste ayudar con la fiesta porque Sandra te lo pidió.

—No exactamente.

—Y mañana aceptarás entrar al equipo de fútbol si insiste cinco minutos.

Abrí la boca.

La cerré.

Paulo sonrió.

—Gracias por demostrar mi punto.

Antes de que pudiera defenderme, una voz nos interrumpió.

—¿Qué cosa no debo saber?

Di un pequeño salto.

Molly acababa de sentarse a mi lado.

—Nada.

—Estás sonriendo demasiado.

—¿Eso es un delito?

—Contigo sí.

Miró a Paulo.

—¿Qué esconden?

Paulo levantó ambas manos.

—Yo no pienso morir hoy.

Traidor.

—Solo iba a decirte que después de clases empezaremos con la organización de la fiesta.

—Perfecto.

Sacó una libreta.

—Ya hice una lista de todo lo que necesitamos.

La abrió.

Decoración.

Música.

Comida.

Patrocinadores.

Presupuesto.

Seguridad.

Actividades.

Parpadeé.

—¿Hiciste todo eso anoche?

—Sí.

—¿Y también dormiste?

—No mucho.

Paulo me dio un codazo.

—Compárala contigo.

—Yo también hice algo útil.

Los dos me miraron.

Pensé unos segundos.

—...Dormí.

Los dos soltaron una carcajada.

—Por cierto —dijo Molly mientras guardaba la libreta—. ¿Te molesta si invito a alguien para que nos ayude?

Respiré aliviado.

—No, de hecho... yo también invité a alguien.

—Perfecto.

Sonrió.

—Mientras trabaje, me da igual quién sea.

Estuve a punto de decirle que era Sandra.

Pero recordé las pocas veces que habían coincidido.

Nunca terminaban de conectar.

Decidí que sería mejor decírselo después.

—Bueno, me voy. Mis amigos me esperan.

Miré hacia la otra mesa.

Los mismos chicos de siempre.

—No entiendo por qué sigues juntándote con ellos.

Ella siguió mi mirada.

—Porque son divertidos.

—Son falsos.

Se encogió de hombros.

—Para un mejor amigo sincero ya te tengo a ti.

Me guiñó un ojo antes de marcharse.

Paulo esperó unos segundos.

Luego habló.

—¿De verdad nunca te ha gustado?

—¿Quién?

—Molly.

Solté una risa.

—Claro que no.

—¿Seguro?

—Es como mi hermana.

Paulo hizo una mueca.

—Pues tienes una hermana muy bonita.

Tomé un sorbo de mi gaseosa.

—Bueno... sí es bonita.

Siempre lo ha sido.

—Si no tuvieras novia, pensaría que estás ciego.

—O tú exageras.

—No exagero.

Se inclinó hacia mí.

—Dime una cosa...

¿Tiene pareja para el baile?

Fruncí el ceño.

—No lo sé.

Nunca me lo mencionó.

Paulo sonrió.

—Entonces todavía tengo oportunidad.

Me reí.

—Primero consigue que te acepte.

—Qué cruel eres.

Se llevó una mano al pecho.

—Estoy orgulloso. Poco a poco aprendes a molestar a la gente.

La campana sonó.

Me levanté.

—Voy al baño antes de clases.

—No tardes.

Caminé por el pasillo esquivando estudiantes.

Estaba tan distraído pensando en la fiesta que choqué de frente con alguien.

Caí sentado al suelo.

—¿No puedes fijarte por dónde caminas, idiota?

Levanté la vista.

Beltrán Dallas.

Genial.

—Perdón. No te vi.

—Qué raro. Siempre estás estorbando.

Me dio un golpe en el hombro al pasar.

No fue fuerte.

Pero tampoco fue un accidente.

No respondí.

No valía la pena.

—¡Tadeo!

Paulo apareció corriendo.

—Al fin te encuentro.

—¿Qué pasó?

—Sandra te está buscando.

—¿Dónde?

—En las canchas.

Cinco minutos después la encontré esperándome.

En cuanto me vio, sonrió.

—Hola.

La besé.

—Perdón por la espera.

—No importa.

Tomó mi mano.

—Estuve pensando.

Ahí estaba esa sonrisa.

Cada vez que Sandra sonreía así era porque quería convencerme de algo.

—¿Qué pasa?

—Mañana son las pruebas para entrar al equipo de fútbol americano.

Asentí.

—Lo sé.

—Este año sí vas a presentarte.

No sonó como una pregunta.

Miré las canchas.

Varios chicos entrenaban desde hacía semanas.

Yo apenas podía lanzar un balón sin hacer el ridículo.

—No creo que...

—Sí puedes.

Me interrumpió.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.