—¿Comenzamos? —preguntó Molly mientras abría su libreta.
Asentí.
—Sí.
Empezó a revisar la lista de ideas para el baile de San Valentín.
Después de unos segundos levantó la vista y me observó fijamente.
—¿Qué pasa?
—¿Nada?
Entrecerró los ojos.
—Te conozco desde niño, Tadeo. Esa cara significa que ocultas algo.
Suspiré.
Era imposible mentirle.
—Sandra quiere ayudarnos con la organización.
Molly dejó de escribir.
—¿Qué?
—Lo siento... insistió muchísimo. Además... es mi novia.
Se pasó una mano por el cabello, respirando hondo.
Por un momento pensé que iba a negarse.
—Está bien.
La miré sorprendido.
—¿En serio?
Me señaló con un dedo.
—Solo lo hago por ti.
Sonreí sin poder evitarlo.
La abracé.
—¡Gracias!
Ella permaneció inmóvil.
Después habló con total seriedad.
—Será mejor que me sueltes.
La solté enseguida.
—Perdón...
Volvió a abrir la libreta.
Pero ya no era la misma.
Respondía con monosílabos.
Escribía sin entusiasmo.
Y, por primera vez desde que la conocía...
sentía que estaba realmente molesta conmigo.
—¡Amorcito!
Sandra llegó sonriendo y me dio un beso.
—Perdón por la demora.
Molly ni siquiera levantó la vista.
Solo siguió escribiendo.
—¿En qué puedo ayudar? —preguntó Sandra.
Antes de que pudiera responder, Molly habló.
—Con la comida.
Sandra sonrió.
—Perfecto.
Sacó su celular.
—Conozco una empresa de catering. Voy a pedir algunos presupuestos.
Se alejó unos pasos.
Le di un pequeño codazo a Molly.
—Gracias.
Ella suspiró.
—No me agradezcas todavía.
Continuamos trabajando.
—¿Una fuente de chocolate? —preguntó.
La miré indignado.
—¿Hablas en serio?
Frunció el ceño.
—Sí.
—¿Qué clase de baile de San Valentín sería sin una fuente de chocolate?
Negó con la cabeza.
—Eres imposible.
Pero terminó anotándola.
Sonreí satisfecho.
—¿Y la música?
Pensó unos segundos.
—Podríamos pedirle ayuda a Paulo.
La miré como si hubiera perdido la razón.
—¿Paulo?
—Sí.
—¿El mismo Paulo que llega tarde hasta a sus propios cumpleaños?
Por primera vez desde que empezamos...
sonrió un poquito.
—Ese mismo.
—No me convence.
—A mí tampoco.
—Entonces...
—Pero sabe mucho de música.
No pude discutir eso.
—Está bien.
Seguimos escribiendo.
—¿Y la temática?
—Todavía no lo sé.
Estuve a punto de decir que Sandra podía ayudar...
pero Molly habló primero.
—Eso lo decidiremos nosotros.
Preferí guardar silencio.
Sandra volvió unos minutos después.
—Conseguí tres opciones para la comida.
—¡Sabía que lo lograrías!
Sandra sonrió orgullosa.
Mientras tanto, Molly comenzó a guardar lentamente sus cosas.
Cerró la libreta.
Guardó los lapiceros.
Se puso la mochila al hombro.
—¿Ya te vas? —pregunté.
—Sí.
—¿Ocurre algo?
—Nada.
Ni siquiera me miró.
Sandra cruzó los brazos.
—¿Te vas sola?
—Sí.
—Qué triste.
Molly levantó la vista.
Sandra seguía sonriendo.
—Deberías conseguirte un novio.
Así dejarías de estar siempre sola.
El gimnasio quedó en silencio.
Sentí un escalofrío.
—Sandra...
Ella continuó como si nada.
—No entiendo cómo una chica tan bonita sigue sin pareja.
Quizá el problema no son los chicos.
Molly dejó lentamente la mochila sobre la mesa.
Se acercó hasta quedar frente a Sandra.
—¿Qué quieres decir?
Sandra sonrió con esa tranquilidad que daba más miedo que un grito.
Se inclinó hasta su oído.
Le susurró algo.
No alcancé a escucharlo.
Pero vi cómo el brillo desaparecía de los ojos de Molly.
Su sonrisa...
simplemente dejó de existir.
Agarró su mochila.
—Me voy.
Salió del gimnasio sin despedirse.
La puerta se cerró de golpe.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué le dijiste?
Sandra sonrió.
—Cosas de chicas.
Me apretó las mejillas.
—No seas curioso.
Miró la hora.
—Tengo una reunión con mis padres.
Me dio un beso rápido.
—Nos vemos mañana.
Y también se fue.
El gimnasio quedó completamente vacío.
Me dejé caer sentado contra la pared.
No podía dejar de pensar en la cara de Molly.
No era enojo.
Era tristeza.
Y eso dolía mucho más.
Pensé en ella.
Siempre estaba conmigo.
O con Hanna.
Nunca hablaba de un chico.
Nunca la había visto ilusionarse por alguien.
Siempre terminaba sola.
Suspiré.
No me gustaba verla así.
Quería que alguien la hiciera reír.
Que la esperara después de clases.
Que la abrazara cuando estuviera triste.
Que la quisiera como ella se merecía.
Entonces...
una idea apareció en mi cabeza.
Me puse de pie de un salto.
—¡Ya sé!
Si Molly no encontraba novio...
yo le conseguiría uno.
¿Qué tan difícil podía ser?
Esa misma noche.
—¿Tú vas a buscarle un novio a Molly? —preguntó Hanna.
Asentí.
—Y también pareja para el baile.
Mi hermana se tapó la cara.
—Hermano...
Eso puede salir terriblemente mal.
—¿Por qué?
—Porque eres pésimo metiéndote en la vida de los demás.
—No exageres.
Me señaló con un dedo.
—¿Ella sabe?
Sentí un escalofrío.
—¡Ni se te ocurra decirle!
Hanna soltó una carcajada.
—Tranquilo.
No pienso morir tan joven.
Sonreí.
—Entonces estamos de acuerdo.
Chocamos los puños.
—Solo falta una cosa.
—¿Qué?
—Toda misión necesita un nombre.
La miré unos segundos.