Buscando Novio

Capítulo 8: Helado y malas ideas

—¿Podrías decidirte de una vez? —preguntó Molly por quinta vez.

Levanté la vista de la carta.

—Es una decisión importante.

—Es un helado.

—Precisamente.

No puedo equivocarme.

El mesero seguía de pie frente a nuestra mesa.

Estoy casi seguro de que llevaba varios minutos imaginando maneras distintas de lanzarme la carta a la cabeza.

—¿Ya sabe qué va a pedir, joven? —preguntó con una sonrisa que sonaba peligrosamente falsa.

Miré otra vez la lista.

Chocolate...

No.

Fresa...

Tampoco.

Lúcuma...

Mmm...

—Creo que...

Molly me arrebató la carta.

—Tráigale una copa mediana de lúcuma con coco.

El mesero soltó un suspiro de alivio.

—Al fin.

Luego miró a Molly.

—¿Cómo aguanta a su novio?

Ella se echó a reír.

—Por suerte no es mi novio.

Solo es mi mejor amigo.

Me llevé una mano al pecho.

—Eso dolió.

—Sobrevivirás.

El mesero negó divertido y se alejó.

Esperé unos segundos antes de hablar.

—No me demoré tanto.

Molly casi se atragantó de la risa.

—¿Ah, no?

Estuviste quince minutos mirando una carta de helados.

—Eso es investigar.

—Eso es desesperar al personal.

Rodé los ojos.

—Exagerada.

—Muchísimo.

Sonrió orgullosa.

Cuando llegaron los helados, el ambiente se volvió mucho más tranquilo.

Molly tomó la primera cucharada.

Cerró los ojos.

Como si hubiera estado esperando ese momento durante semanas.

—Qué rico...

Sonreí.

—Hace tiempo que no comías helado, ¿verdad?

Asintió despacio.

—Papá dice que debo cuidar mi imagen.

Miró el helado unos segundos.

—A veces olvida que también soy una persona.

No supe qué responder.

Odiaba verla hablar así.

Porque nunca se quejaba.

Nunca hacía un drama.

Solo aceptaba las cosas.

Y seguía adelante.

—No me gusta que tengas que pedir permiso hasta para comer un helado.

Ella sonrió.

—Así es mi vida.

Luego levantó la copa.

—Pero hoy tuve premio.

La miré confundido.

—¿Cuál?

Me señaló con la cuchara.

—Tú.

Solté una carcajada.

—Qué honor.

—No te emociones.

Solo eres mi premio de consolación.

—Oye.

Protesto oficialmente.

Ella simplemente siguió comiendo como si no hubiera dicho nada.

La observé unos segundos.

Molly había pasado por muchas cosas.

Más de las que cualquiera imaginaba.

Y aun así...

Seguía encontrando motivos para sonreír.

Creo que esa era una de las cosas que más admiraba de ella.

En eso me acorde de Paulo.

—¿Ya tienes pareja para el baile? —pregunté intentando sonar casual.

Molly levantó la vista de su helado.

—No.

Perfecto.

Respiré hondo.

—Es que... conozco a un chico que quiere invitarte.

Ella dejó lentamente la cucharita sobre la mesa.

—¿En serio?

Asentí.

—Sí.

Guardó silencio unos segundos.

Después sonrió.

Una sonrisa distinta.

Más tímida.

—¿Lo conozco?

—Claro.

Lo conoces desde hace tiempo.

—¿Es... buena persona?

Sonreí.

—Muchísimo.

Es de los mejores chicos que conozco.

Ella bajó la mirada, intentando ocultar una sonrisa.

—¿Es un poco torpe?

Me reí.

—Bastante.

—¿Siempre llega tarde?

—Casi siempre.

—¿Le cuesta decir lo que piensa?

—Sí.

Muchísimo.

Molly soltó una risa bajita.

Sentí que todo iba mejor de lo esperado.

—Entonces...

Puede que le dé una oportunidad.

Sonreí satisfecho.

—Sabía que dirías eso.

No te vas a arrepentir.

Ella levantó la vista.

Sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas.

—Yo también lo creo.

Seguimos comiendo el helado mientras hablábamos de cualquier tontería.

Ninguno de los dos dijo el nombre del chico.

Y ninguno de los dos imaginó...

Que estábamos hablando de personas completamente distintas.

.

.

.

.

—Entonces...

¿Le hablaste de mí?

Paulo prácticamente se lanzó sobre mí apenas abrió la puerta de mi cuarto.

—Sí.

Me dejó terminar.

—Aceptó ir contigo al baile.

Sus ojos se abrieron como platos.

—¿Hablas en serio?

Asentí.

Me abrazó con tanta fuerza que casi me rompe una costilla.

—¡Eres el mejor amigo del mundo!

—Lo sé.

Ahora suéltame.

Obedeció.

Seguía sonriendo como un niño en Navidad.

—Prometo hacer que pase la mejor noche de su vida.

Sonreí.

—Eso espero.

Hubo un momento de silencio.

Me acomodé en la cama.

—Ahora necesito pedirte otro favor.

Paulo me miró con sospecha.

—Sabía que tanta amabilidad escondía algo.

—Prométeme que no se lo contarás a nadie.

Levantó la mano.

—Lo prometo.

Respiré hondo.

—Hanna y yo estamos buscando novio para Molly.

Paulo dejó de moverse.

Parpadeó.

Una vez.

Dos.

Tres.

—¿Paulo?

Entonces explotó.

—¡¡¿USTEDES QUÉ?!!

Corrí a taparle la boca.

—¡Baja la voz!

Mi hermana está abajo.

Paulo apartó mi mano.

—El loco eres tú.

—Solo quiero ayudarla.

—¿Ayudarla?

¡Le estás organizando la vida amorosa!

—No quiero que siga sola.

Paulo cruzó los brazos.

—¿Y no crees que ella puede encontrar novio sin tu ayuda?

Abrí la boca.

La cerré.

Nunca lo había pensado.

—Puede ser...

Pero quiero intentarlo.

Me observó unos segundos.

Después soltó un largo suspiro.

—La amistad me obliga a apoyarte en las peores ideas.

Sonreí.

—Gracias.

—No me agradezcas todavía.

Seguro esto termina en desastre.

La puerta del cuarto se abrió de golpe.

Hanna apareció casi sin aliento.




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