Noah Bennet
—No pienso hundirme contigo, Noah.
Siento cómo esas palabras me atraviesan el pecho mientras la observo meter el último bolso Louis Vuitton dentro de su auto.
La lluvia cae con fuerza sobre Los Angeles y, aun así, sigo parado frente al edificio como un idiota, esperando que en cualquier momento ella diga que está mintiendo.
Que esto no está pasando.
Pero pasa.
Dios, claro que pasa.
—¿Hablas en serio…? —pregunto con la voz rota.
Vanessa rueda los ojos, claramente fastidiada.
Fastidiada.
Como si yo fuera el problema.
Como si hace apenas dos meses no estuviera diciendo que me amaba mientras planeábamos nuestra boda.
—Tu empresa está destruida, Noah. Tus cuentas fueron congeladas. Tienes demandas, periodistas siguiéndote y un escándalo financiero encima. ¿Qué quieres que haga? ¿Quedarme a ver cómo todo se incendia?
Aprieto la mandíbula con fuerza.
—Yo no robé esa empresa.
—Pero la perdiste.
Silencio.
Un silencio que me termina de destruir.
Porque tiene razón.
Perdí.
Perdí mi empresa. Perdí mi reputación. Perdí a las personas que juraban estar conmigo.
Y ahora también la estoy perdiendo a ella.
El llanto de Mason se escucha desde el auto.
Mi cuerpo entero reacciona de inmediato.
Vanessa mira hacia atrás apenas un segundo antes de suspirar con cansancio.
—Ni siquiera sé cómo haces con esos niños todo el día.
Esas palabras me hacen levantar la mirada lentamente hacia ella.
Y ahí lo entiendo.
Nunca los quiso realmente.
Theo vuelve a llorar dentro del auto y ya no puedo seguir escuchando esto.
Paso una mano temblorosa por mi cabello mojado antes de acercarme al vehículo.
Mis hijos están en sus sillitas abrazando unos pequeños dinosaurios de peluche mientras lloran confundidos por los gritos.
Y algo dentro de mí se rompe.
Porque ellos no entienden nada. No entienden por qué mamá desapareció hace meses. No entienden por qué ya no vivimos en nuestra casa. No entienden por qué papá ya no deja de verse cansado.
Pero yo sí.
Yo entiendo perfectamente que estoy perdiendo el control de mi vida.
Cierro la puerta del auto justo cuando mi teléfono comienza a sonar otra vez.
Daniel.
Mi ex socio.
El hombre que prácticamente me dejó en bancarrota.
La rabia me sube por el pecho.
Contesto.
—¿Qué mierda quieres ahora?
Su risa al otro lado de la línea me provoca ganas de golpear algo.
—Solo llamaba para decirte que oficialmente la junta me nombró nuevo CEO esta mañana.
Siento el mundo detenerse.
No.
No, no, no…
—Eso era mío.
—Era tuyo —corrige con tranquilidad—. Debiste leer mejor los contratos antes de confiar en mí.
La llamada termina.
Y yo simplemente me quedo ahí.
Empapado. Temblando. Con mis hijos llorando dentro del auto y literalmente ningún lugar al que ir.
Porque hace una hora el banco también tomó el penthouse.
Suelto una risa vacía, completamente destruido.
Tengo treinta y dos años. Una carrera arruinada. Dos bebés que dependen de mí.
Y ni siquiera sé dónde vamos a dormir esta noche.
Mason finalmente deja de llorar después de varios minutos mientras conduzco sin rumbo por las calles mojadas de Los Angeles.
Theo está dormido abrazando su dinosaurio de peluche y yo apenas puedo respirar del dolor de cabeza que siento.
Necesito pensar.
Necesito encontrar una solución antes de que amanezca.
Me estaciono frente a una cafetería cerrada y apoyo la frente contra el volante unos segundos.
Estoy acabado.
Literalmente acabado.
Mis cuentas están congeladas hasta que termine la investigación. El penthouse ya no es mío. Los inversionistas desaparecieron. Y la poca gente que decía ser mi amiga dejó de responder llamadas hace días.
Miro hacia atrás observando a mis hijos dormidos.
Ellos son lo único que me queda.
Trago saliva con fuerza antes de desbloquear el teléfono buscando cualquier oferta de trabajo.
Cualquier cosa.
Nunca pensé que llegaría a esto.
Deslizo la pantalla sin demasiada esperanza hasta que una noticia aparece frente a mí.
“Victoria Blake busca chef privado para trabajar en su mansión de Beverly Hills.”
Frunzo el ceño inmediatamente.
Victoria Blake.
Todo el maldito país sabe quién es ella.
Diseñadora multimillonaria. Fría. Perfeccionista. Intocable.
Abro la publicación rápidamente.
“Se busca chef con disponibilidad inmediata para residencia privada. Experiencia en cocina gourmet y organización de eventos exclusivos.”
Suelto una pequeña risa incrédula.
Dios…
Esto es literalmente perfecto para mí.
Porque antes de convertirme en CEO, antes de las revistas y los millones, yo ya sabía cocinar.
Mi padre tenía un pequeño restaurante en Chicago y crecí prácticamente dentro de una cocina.
La cocina siempre fue lo único que lograba calmarme.
Y ahora podría ser lo único capaz de salvarnos.
Vuelvo a mirar a Theo y Mason dormidos en la parte trasera.
No tengo orgullo suficiente para rechazar esta oportunidad.
No cuando ellos dependen de mí.
Aprieto el teléfono con fuerza antes de susurrar casi para mí mismo:
—Por favor… deja que esto funcione.
Paso casi toda la noche despierto.
Entre llamadas rechazadas, formularios de empleo y Theo despertando dos veces llorando, apenas logro cerrar los ojos unos minutos dentro del auto.
Cuando amanece, me duele absolutamente todo.
Mason sigue dormido abrazando su manta azul mientras Theo juega distraído con mis llaves desde su sillita.
Y yo…
Yo estoy a punto de presentarme a una entrevista de trabajo con la misma ropa arrugada de ayer y literalmente viviendo dentro de mi coche.
Perfecto.