Narrado por Victoria Blake
—No necesito tanta ropa.
—Llevas exactamente diez minutos diciendo eso.
—Porque es verdad.
—Victoria, vamos a Hawái, no a una reunión de negocios.
Miro a Emma.
Emma me mira.
Y luego las dos miramos las ocho bolsas que ya compramos.
—Bueno... tal vez sí necesitaba un poco de ropa.
Mi mejor amiga pone los ojos en blanco.
—Un poco dice.
Sonrío mientras entramos a otra boutique.
Hace años que no tomo vacaciones.
Vacaciones reales.
Sin computadora.
Sin reuniones.
Sin desfiles.
Sin teléfonos explotando cada cinco minutos.
Y honestamente...
Todavía no puedo creer que acepté.
Emma toma un vestido floral de una percha.
—Este.
—No.
—Sí.
—No.
—Victoria.
—Emma.
Ella me empuja prácticamente hacia el probador.
—Vas a usar colores.
—Ya uso colores.
—El negro no cuenta.
—Claro que cuenta.
Emma me ignora completamente.
Como siempre.
Diez minutos después salgo usando el vestido.
Y odio admitirlo.
Porque me queda bien.
Muy bien.
—Maldición —murmuro.
Emma sonríe triunfante.
—Lo sé.
Seguimos caminando por el centro comercial mientras los empleados de varias tiendas me reconocen.
Pero hoy no tengo ganas de ser Victoria Blake, la diseñadora.
Hoy simplemente quiero comprar cosas para un viaje.
Un viaje con Noah.
Y los niños.
Mi corazón hace algo raro.
Otra vez.
Emma lo nota inmediatamente.
—Oh Dios.
—¿Qué?
—Acabas de sonreír.
—¿Y?
—Estabas pensando en él.
—No estaba pensando en él.
—Victoria.
—No estaba pensando en él.
—Victoria.
—Tal vez un poco.
Emma prácticamente grita.
Varias personas se giran a mirarnos.
—¡Lo sabía!
—Baja la voz.
—Te gusta Noah.
—No me gusta Noah.
—Estás comprando ropa para unas vacaciones familiares.
—Sí.
—Con Noah.
—Sí.
—Y sus hijos.
—Sí.
—Y te emocionan más los niños que Hawái.
Abro la boca.
La cierro.
Maldita sea.
Porque tiene razón.
Theo y Mason fueron las primeras personas en las que pensé cuando vi una pequeña tienda de juguetes.
Por eso ahora llevo una bolsa con dos dinosaurios nuevos.
Y una pelota.
Y unos pequeños trajes de baño.
Y probablemente demasiadas cosas.
—Mírate —dice Emma sonriendo—. Comprando regalos para niños.
—No hagas esto.
—Estás enamorada.
—No estoy enamorada.
—Ajá.
Suspiro.
Porque esta conversación nunca termina bien para mí.
Entramos a una tienda de trajes de baño.
Y entonces lo veo.
Un vestido blanco sencillo.
Elegante.
Perfecto para una cena frente al mar.
Sin querer...
Me imagino usando ese vestido.
En Hawái.
Con Noah.
Mi corazón da un salto.
—Oh.
Emma sonríe lentamente.
Esa sonrisa peligrosa.
—¿Qué?
—Nada.
—Emma.
—Te imaginaste algo romántico.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
La odio.
La odio muchísimo.
Pero termino comprando el vestido.
Y mientras el vendedor guarda las bolsas...
No puedo evitar sonreír.
Porque dentro de dos semanas estaremos en Hawái.
Y por primera vez en años...
Estoy deseando que llegue un viaje más que cualquier desfile de moda.
Y eso tiene muchísimo que ver con un chef llamado Noah Bennet.
—Necesito comer.
Emma deja caer las bolsas sobre una silla del área de comidas.
—Finalmente dices algo inteligente.
—Llevo caminando tres horas.
—Llevas comprando tres horas.
—Es agotador igual.
Mi mejor amiga se ríe mientras se dirige directamente al restaurante de hamburguesas.
Cinco minutos después estamos sentadas frente a dos hamburguesas enormes, papas fritas y malteadas.
La nutricionista que vive en mi cabeza acaba de renunciar.
—Esto está increíble —murmuro después del primer bocado.
—Lo sé.
Por unos minutos simplemente comemos.
Sin hablar.
Sin discutir.
Sin que Emma analice mi vida amorosa.
Es hermoso.
Hasta que ella vuelve a abrir la boca.
—Entonces...
Cierro los ojos.
—No.
—Entonces Noah...
—Emma.
—¿Qué?
—No.
Ella toma una papa frita.
—¿Ya lo besaste?
Casi me atraganto con la hamburguesa.
—¡¿Qué?!
Varias personas se giran a mirarnos.
Perfecto.
—Baja la voz.
—Esa es una respuesta muy larga para decir no.
—Porque no lo he besado.
—Todavía.
—No voy a besarlo.
Emma me mira.
Yo la miro.
Ninguna le cree a la otra.
—Victoria, los niños te llaman Tori.
—Lo sé.
—Pasas más tiempo con ellos que con tus propios empleados.
—Lo sé.
—Van juntos a Hawái.
—Lo sé.
Emma apoya los codos sobre la mesa.
—Y cuando hablas de Noah sonríes.
Maldita sea.
Muerdo una papa frita.
—Es atractivo.
—Ajá.
—Es divertido.
—Ajá.
—Es un gran padre.
—Ajá.
—Y cuando sonríe...
Emma literalmente da un golpe en la mesa.
—¡LO SABÍA!
—¡Shhh!
Estoy bastante segura de que media plaza de comidas ya está escuchando nuestra conversación.
—Estás enamorada.
—No estoy enamorada.
—¿Entonces por qué estás sonrojada?
Maldición.
Porque estoy sonrojada.
Muchísimo.
Emma sonríe como una villana de caricatura.
—¿Sabes qué creo?
—No.
—Creo que el problema no es Noah.
Frunzo el ceño.
—¿Entonces?
—Creo que te dan miedo los niños.
Me quedo quieta.
Porque esa vez sí acierta.
Directamente.
—Emma...
—Te estás encariñando con ellos.