Narrado por Victoria Blake
Si alguien me hubiera dicho hace seis meses que estaría en Hawái con un chef, dos niños pequeños y una maleta llena de dinosaurios...
Me habría reído en su cara.
Y sin embargo aquí estoy.
En Maui.
Frente a un hotel espectacular.
Con Theo dormido sobre el hombro de Noah y Mason abrazando un dinosaurio de plástico como si fuera un tesoro nacional.
—Bienvenidos al paraíso —dice Noah.
Levanto mis gafas de sol para mirar el océano.
Agua cristalina.
Palmeras.
Arena blanca.
Y una brisa cálida que inmediatamente me relaja.
—Está increíble.
—Lo sé.
Por primera vez en años no tengo reuniones.
No tengo llamadas.
No tengo empleados persiguiéndome.
Solo vacaciones.
Vacaciones reales.
Entramos al lobby del hotel y prácticamente parece un sueño.
Todo es elegante.
Lujoso.
Perfecto.
Mientras Noah termina el registro, yo sostengo la mano de Theo para evitar que intente explorar todo el edificio.
Misión imposible.
—Mira —susurra señalando una fuente enorme.
—La veo.
—Grande.
—Muy grande.
Theo parece satisfecho con esa respuesta.
Una empleada del hotel se acerca sonriendo.
—Qué familia tan hermosa.
Mi cerebro deja de funcionar.
Completamente.
Parpadeo.
Una vez.
Dos veces.
Porque claramente no me está hablando a mí.
¿Verdad?
¿Verdad?
La mujer sonríe nuevamente.
—Sus hijos son adorables.
Mi corazón se detiene.
Literalmente.
Porque Theo sigue tomado de mi mano.
Y Mason acaba de extender los brazos hacia mí desde donde Noah lo sostiene.
Oh Dios.
Oh Dios mío.
¿Qué se supone que debo decir?
—Yo...
Mi cerebro sigue sin cooperar.
—Ellos no...
—Gracias —interrumpe Noah con total naturalidad.
Lo miro.
Traidor.
La empleada sigue sonriendo.
—Se parecen mucho a ustedes.
Casi me atraganto con mi propia saliva.
Noah está disfrutando esto.
Lo veo en sus ojos.
Definitivamente lo está disfrutando.
—Bueno, que tengan unas hermosas vacaciones.
La mujer finalmente se aleja.
Y yo sigo congelada.
—¿Acaba de decir que eran mis hijos?
Noah intenta ocultar una sonrisa.
Fracasa miserablemente.
—Sí.
—¿Y tú no la corregiste?
—Parecía feliz.
—¡Noah!
Él se ríe.
De verdad se ríe.
Y odio admitir que me encanta escucharlo.
—Tu cara fue increíble.
—Estaba entrando en pánico.
—Lo noté.
Mason decide ese es el momento perfecto para extender los brazos hacia mí.
Y automáticamente lo cargo.
Sin pensar.
Sin dudar.
Como siempre.
Noah me observa.
Luego observa a Mason.
Y después sonríe de esa forma peligrosa.
—No ayudaste mucho a desmentir la teoría.
—No empieces.
—Solo digo que cargas a mis hijos más que yo.
—Eso es mentira.
—Margaret estaría de acuerdo conmigo.
—Margaret está despedida.
—No puedes despedirla.
—Observa cómo lo intento.
Noah vuelve a reír.
Y por alguna razón esa risa se siente incluso mejor con el océano de fondo.
Tomamos el ascensor hasta nuestras suites.
Y mientras las puertas se abren, Theo sale corriendo hacia el enorme balcón.
—¡Agua!
—Despacio —gritamos Noah y yo al mismo tiempo.
Los dos nos quedamos quietos.
Mirándonos.
Otra vez.
Porque últimamente hacemos eso demasiado.
Porque cada vez actuamos más como un equipo.
Y porque una parte de mí empieza a preguntarse cuánto tiempo podré seguir fingiendo que eso no significa nada.
Mientras Theo y Mason descubren emocionados la habitación, dejo las maletas a un lado y camino hasta el balcón.
La vista es espectacular.
El océano parece infinito.
Y por primera vez en mucho tiempo...
Me siento completamente feliz.
Lo que da un poco de miedo.
Porque la mayoría de las cosas que me hacen feliz terminan importándome demasiado.
Y Noah Bennet y sus hijos ya importan más de lo que deberían.
—Voy a revisar las habitaciones.
Necesito alejarme unos minutos.
De Noah.
De su sonrisa.
Y de la amable empleada del hotel que prácticamente nos casó hace veinte minutos.
Entro a la suite principal mientras los niños siguen descubriendo cada rincón de la habitación.
Y debo admitirlo.
Es espectacular.
Sala privada.
Cocina.
Terraza con vista al mar.
Y una habitación enorme al fondo.
Camino hacia ella.
Abro la puerta.
Y me quedo congelada.
Porque hay una sola cama.
Una cama gigantesca.
Ridículamente grande.
Pero una sola cama.
Parpadeo.
Una vez.
Dos veces.
No.
No.
No, no, no.
Tiene que haber otra habitación.
Salgo rápidamente.
Encuentro otra puerta.
La abro.
Una habitación infantil.
Dos camas pequeñas.
Perfectas para Theo y Mason.
Mi corazón empieza a latir más rápido.
Regreso a la habitación principal.
Sigo mirando la cama.
La enorme y sospechosa cama.
Entonces escucho pasos detrás de mí.
—¿Qué pasa?
Noah.
Por supuesto.
Me giro lentamente.
—Noah.
—¿Sí?
—¿Por qué hay una sola cama?
Él mira la habitación.
Luego la cama.
Y luego vuelve a mirarme.
—Oh.
—¿Oh?
—No me había dado cuenta.
—¿No te habías dado cuenta?
—Reservé esto hace meses.
—¿Y?
—Y pensé que vendría con Vanessa.
Abro la boca.
La cierro.
Bueno.
Eso tiene sentido.
Odio que tenga sentido.
Noah se pasa una mano por el cabello.
—Puedo pedir otra habitación.
—Sí.
—O dormir en el sofá.