Narrado por Noah Bennet
No debería estar aquí.
Esa es la primera conclusión a la que llego mientras observo el vaso de whisky frente a mí.
Definitivamente no debería estar aquí.
El bar del hotel está lleno de gente.
Música suave.
Risas.
Parejas.
Turistas disfrutando de sus vacaciones.
Y yo estoy sentado solo en una esquina intentando ignorar el hecho de que Victoria Blake me rompió el corazón hace exactamente tres horas.
Bueno.
Tal vez "romper el corazón" es exagerado.
Ella fue sincera.
No me mintió.
No jugó conmigo.
Simplemente me dijo la verdad.
Y honestamente...
Eso duele más.
Tomo un pequeño sorbo.
—Esa cara merece algo más fuerte.
Levanto la vista.
Un hombre de unos cincuenta años ocupa el asiento junto al mío.
Camisa hawaiana.
Sonrisa fácil.
Energía de persona que habla demasiado.
Perfecto.
Justo lo que necesito.
—Estoy bien.
—Mentira.
Tomo otro sorbo.
—¿Siempre hablas con desconocidos?
—Solo con los que parecen que acaban de divorciarse.
Suelto una pequeña risa.
La primera en horas.
—No estoy divorciado.
—Entonces definitivamente es una mujer.
Maldición.
El hombre sonríe victorioso.
—Lo sabía.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Que ningún hombre mira un vaso de whisky así por problemas laborales.
Me apoyo contra la barra.
—¿Eres psicólogo?
—Treinta años de matrimonio.
Peor.
Mucho peor.
El hombre levanta su cerveza.
—Soy Richard.
—Noah.
—¿La amas?
Casi me atraganto.
—¿Perdón?
—La mujer.
Miro mi vaso.
Porque aparentemente todo el hotel puede leerme la mente.
—Sí.
La palabra sale antes de que pueda detenerla.
Y por primera vez la escucho en voz alta.
Sí.
La amo.
Richard asiente como si acabara de confirmar una teoría científica.
—¿Y ella?
Pienso en Victoria.
En su sonrisa.
En cómo carga a los niños.
En cómo abrazó a Mason en el hospital.
En cómo me mira cuando cree que no la estoy viendo.
—No lo sé.
Mentira.
Sí lo sé.
Ella siente algo.
Lo dijo.
Pero también dijo que tiene miedo.
Y no puedo culparla.
—Entonces dale tiempo.
Frunzo el ceño.
—¿Así de simple?
—No.
Richard se ríe.
—Nada que valga la pena es simple.
Durante unos segundos me quedo pensando en eso.
Y entonces mi teléfono vibra.
Una foto.
Victoria la envió.
Abro el mensaje.
Y mi corazón deja de funcionar.
Porque en la imagen aparecen Theo y Mason dormidos.
Uno a cada lado de ella.
Los tres profundamente dormidos.
Como una familia.
Debajo solo hay un mensaje.
"Creo que me secuestraron la cama."
No puedo evitar sonreír.
Una sonrisa enorme.
Inmediata.
Automática.
Richard mira la pantalla.
Luego me mira a mí.
Y sonríe.
—Sí.
—¿Sí qué?
—Estás completamente perdido.
Y por primera vez en toda la noche...
Creo que tiene razón.
Guardo el teléfono.
Todavía sonriendo por la foto.
Y entonces escucho una voz femenina.
—¿Puedo sentarme?
Levanto la mirada.
Rubia.
Hermosa.
Probablemente modelo.
Y claramente interesada.
—Claro.
Ella toma asiento a mi lado.
—Te vi aquí solo.
Perfecto.
Justo lo que necesito.
—Solo estoy tomando algo.
—¿De vacaciones?
—Algo así.
La mujer sonríe.
—Yo también.
Durante varios minutos intenta mantener una conversación.
Y honestamente...
Ni siquiera estoy escuchando.
Porque mi cabeza sigue arriba.
En la habitación.
Con Victoria.
Con los niños.
Con esa foto.
—¿Tienes esposa?
La pregunta me saca de mis pensamientos.
Sonrío.
—No.
—Qué suerte.
Definitivamente está coqueteando.
Y hace unos meses probablemente habría seguido el juego.
Pero ahora...
Ahora solo pienso en una mujer.
Victoria Blake.
La mujer que me rechazó hace unas horas.
Maldición.
—Lo siento.
La modelo parece confundida.
—¿Qué?
—No estoy interesado.
Ella parpadea.
Sorprendida.
Probablemente no está acostumbrada a escuchar eso.
—Oh.
—Lo siento.
—Hay alguien más.
No es una pregunta.
Es una afirmación.
Y por primera vez digo la verdad en voz alta.
—Sí.
Muchísimo.
La mujer sonríe con tristeza.
—Entonces espero que ella sea inteligente.
Porque cualquier hombre que rechaza a una mujer hermosa por otra...
Debe estar realmente enamorado.
Miro mi vaso.
Y sonrío.
Porque tiene razón.
Estoy jodidamente enamorado.
Minutos después me despido y salgo del bar.
Necesito volver.
Necesito ver a mis hijos.
Necesito verla a ella.
Tomo el ascensor.
Llego al piso.
Camino por el pasillo.
Y entonces mi corazón se detiene.
Porque la puerta de la suite está abierta.
Completamente abierta.
Mi pulso se dispara.
No.
No.
No.
Empiezo a correr.
—¿Victoria?
Silencio.
—¿Victoria?
Entro.
La sala está vacía.
La terraza está vacía.
La cocina está vacía.
—¡Victoria!
Corro hacia la habitación.
Y encuentro a Theo llorando.
Solo.
De pie junto a la cama.
Mi sangre se congela.
—¿Theo?
Lo tomo inmediatamente en brazos.
—¿Dónde está Tori?
El pequeño señala la puerta.
Llorando.
Asustado.
Y entonces veo algo en el suelo.
El teléfono de Victoria.
Roto.
Abandonado.
Y por primera vez desde que perdí mi empresa...