Buscándote

8. Desconcierto

Evans abrió un ojo y se giró hacia la mesilla junto a la cama donde vibraba el móvil. Gimió adormilado y alzó el brazo para tantear el móvil y finalmente cogerlo. Miró la pantalla con los ojos entrecerrados y descolgó colocándolo rápidamente al lado de su oreja.

—¿Mar? —Preguntó extrañado con atisbos de sueño en su voz.

El silencio se coló a través del altavoz y esperó hasta que escuchó una respiración entrecortada, agudizó el oído y comenzó a escuchar leves sollozos.

—¿¡Mar!? —Se irguió en la cama apoyando una mano en el colchón.

Silencio de nuevo.

—Mar, ¿Pasa algo? —La preocupación fue creciendo dentro del él como un agujero negro.

De repente, un pitido.

Miró la pantalla del móvil y se dio cuenta de que le había colgado.

La luz de la pantalla deslumbraba a Evans.

Eran las cuatro de la madrugada y la oscuridad se filtraba entre los recovecos de la persiana.

Le bajó el brillo que atacaba sus ojos adormilados y buscó el nombre de Mar en contactos, una vez encontrado llamó.

Un pitido...

Dos pitidos...

Tres pitidos...

Silencio...

Tres pitidos seguidos. 

Una voz anunciaba que el número no estaba disponible en ese momento.

Había rechazado la llamada.

Evans se levantó apresurado de la cama dispuesto a vestirse pero un mensaje llegó a su móvil.

"Estoy bien.".

Leyó de nuevo la frase, parpadeó varias veces y se quedó inmóvil y confuso al lado de su cama. Después de unos segundos valorando todas las posibilidades decidió ir a buscarla, sabía donde vivía y aunque no se conocían de mucho, cualquier persona en su situación iría a comprobar que el mensaje era verdad. En el camino a casa de Mar siguió intentando llamarla pero la misma voz robótica seguía apareciendo una y otra vez. Estaba a dos pasos de su casa prácticamente cuando el teléfono descolgó.

—¿Quién coño eres? —Una voz ronca y masculina atravesó el altavoz del móvil.

Evans quedó mudo. No había caído en la cuenta de que no sabía nada de la vida de esa chica, si vivía sola o si tenía pareja, o si vivía con sus padres. No sabía cuál era su rutina más allá de que le gustase dar paseos nocturnos. Pero algo dentro de Evans le hizo armarse de valentía, le había llamado, había estado sollozando al teléfono y después había colgado. Eso no era casualidad.

¿Y si no tenía a nadie más a quien llamar? ¿Y si tenía algún problema?

Los miedos de Evans se iban haciendo reales a cada paso que daba, como si en cada movimiento de sus piernas las ideas cobrarán más lógica en su cabeza, intentando convencerse a sí mismo. Y ahí estaba, frente a frente con la casa de Mar, donde varias horas antes la había dejado. Era un edificio antiguo, con sólo tres timbres, la puerta de hierro protegía un cristal por el cual se podía ver el portal hasta las escaleras estrechas que subían a la primera planta. En los fonos no había nombres, solo el número de cada piso, y Mar entró con llaves, ¿Cómo iba a saber cuál era su casa? No podía llamar sin más a cualquiera y preguntar, ya eran casi las cuatro y media. Pero el tiempo corría en contra de Evans, su imaginación le jugaba una mala pasada, con ideas de una sonriente Mar en peligro. Entonces su mente entró en colapso, unas palabras vinieron a su cabeza, como un tintineo de cascabeles en la lejanía.

'Evans, ayúdame'

Era el recuerdo de la voz de Sarah en sus sueños, pero esta vez cobraba sentido con Mar.

Un sonido fuerte y seco de unos zapatos chocando rápidamente contra el frío mármol de las escaleras le hizo volver a la realidad. Un chico, quizás un poco más mayor que Evans, más alto que él, con cara de pocos amigos y unos ojos azul intenso que se clavaron como alfileres en Evans se acercaba a él con la puerta como única barrera. Entonces se abrió, chocando de forma violenta contra la pared y el chico salió rozando su hombro contra el de Evans, y siguió caminando hasta un coche.

La cara de ese tipo era la misma que la del conductor del coche. Se giró para confirmar que entraba en el mismo coche que estuvo a punto de atropellarle.

La música ridícula de su móvil sonó y sus ojos se clavaron en la pantalla, era Mar.

Descolgó.

—¿Mar? —Su voz se quebró.

—Perdona Evans, por haberte asustado —Su voz sonaba muy calmada, con pausas largas.

—¿Que ha pasado?

Silencio.

 




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.