La Reina de Luxury
La noche pertenecía a Luxury mucho antes de que la ciudad aprendiera a pronunciar el nombre de Butterfly con respeto. En el distrito sur, donde los edificios viejos sobrevivían entre talleres, clubes clandestinos y comercios que abrían hasta el amanecer, la autoridad no vestía uniforme. Se reconocía en las persianas que se cerraban cuando un automóvil desconocido doblaba la esquina, en las conversaciones que bajaban de volumen al mencionar ciertas calles y, sobre todo, en el silencio que acompañaba la llegada de Emily Miller.
Emily no necesitaba anunciarse. Caminaba por el centro del viejo almacén que Luxury utilizaba como base con una chaqueta negra sobre los hombros, el cabello recogido y la serenidad de quien había aprendido a sobrevivir antes de aprender a confiar. A los veintinueve años era la líder más joven que había logrado mantener unido aquel territorio durante tanto tiempo. El apodo había nacido años atrás, cuando una mariposa negra tatuada debajo de su clavícula apareció en una fotografía policial que nunca consiguió demostrar nada. Los periódicos sensacionalistas hicieron el resto. Butterfly dejó de ser un apodo y se convirtió en una advertencia.
Aquella noche había un problema en los muelles. Un cargamento de medicamentos destinados a una clínica comunitaria había desaparecido después de cruzar una zona que, por acuerdo, debía permanecer neutral.
Luxury no traficaba con aquella mercancía. Emily había impuesto esa regla desde el día en que asumió el mando. Las drogas sintéticas, la trata y cualquier negocio que usara niños eran líneas que nadie bajo su mando podía cruzar. Su organización estaba lejos de ser legal, pero existían límites que ella defendía con una ferocidad que las demás bandas consideraban casi religiosa.
Gabriel Alvarez, conocido como Ghost, dejó una carpeta sobre la mesa. Era su segundo al mando y probablemente la única persona capaz de discutir con Emily sin que el resto de la habitación contuviera la respiración. Las cámaras de los muelles mostraban dos camionetas vinculadas a Crimson Crown, una pandilla que llevaba meses probando las fronteras de Luxury. Kiara Santos, Viper para quienes trabajaban con ella, había rastreado las matrículas hasta un depósito abandonado al norte.
Luca Bennett, al que todos llamaban Rook, ya quería movilizar hombres.
Emily no permitió que la rabia decidiera por ellos. Primero mandó comprobar si la clínica había recibido amenazas. Después ordenó recuperar el cargamento sin disparar salvo que fuera inevitable. En el distrito sur, cada bala tenía una familia detrás, un testigo, una represalia y otra bala esperando respuesta. Esa era la parte del poder que nadie celebraba: decidir cuántos problemas futuros podían nacer de una sola noche.
Mientras los demás se preparaban, Emily subió al techo del almacén. Desde allí la ciudad parecía menos dividida. Las torres de vidrio del centro financiero brillaban a lo lejos, demasiado limpias para pertenecer al mismo mapa que aquellas calles. Alfa Industries ocupaba tres de esas torres. Emily lo sabía porque las noticias hablaban constantemente del conglomerado Moretti, de sus adquisiciones, de sus avances tecnológicos y del hombre que había convertido el apellido familiar en una marca internacional.
No le interesaban los multimillonarios. En su experiencia, el dinero elegante solo hacía las mismas cosas que el dinero sucio con mejores abogados.
Ghost apareció a su lado con dos cafés. No preguntó qué pensaba. Sabía que Emily prefería las preguntas que podían responderse con hechos.
Abajo, Kiara recibió un mensaje. El depósito estaba vacío, pero habían encontrado una caja marcada con una corona roja y una sola frase pintada sobre la pared:
Luxury está envejeciendo.
Emily leyó la fotografía sin cambiar de expresión.
Crimson Crown no había robado los medicamentos por dinero. Había querido enviar un mensaje.
Esa diferencia convertía un robo en el comienzo de una guerra.
Emily guardó el teléfono y observó nuevamente las luces del centro. Aún no podía saberlo, pero antes de que terminara la semana una de aquellas torres de vidrio dejaría de ser un símbolo distante. Un accidente en una avenida, una niña asustada y un hombre llamado Daniel Moretti empujarían dos mundos que jamás debieron tocarse uno contra el otro.
Por ahora, Butterfly solo tenía una guerra que evitar.
Y una frontera que defender.