Mirza Alkan se le quedó viendo fijamente, completamente sorprendido. Levantó las cejas con un gesto de sutil molestia, una reacción que muy pocos hombres en toda Turquía se atrevían a provocarle. Su mirada gris bajó por un segundo hacia el durazno que reposaba en el suelo alfombrado y luego regresó a ella, midiendo la audacia de la mujer que tenía enfrente. Kraliçe, lejos de intimidarse, levantó el mentón con orgullo, sosteniéndole la mirada con una firmeza implacable.
En ese instante de máxima tensión, las puertas se abrieron de golpe. La secretaria entró corriendo, con la respiración entrecortada y el rostro pálido de la angustia.
—¡Señor Mirza, disculpe! —exclamó la mujer, desesperada—. Le dije a ella que tenía que ser con una cita previa, pero no me escuchó...
Kraliçe ni siquiera se molestó en voltear. Para ella, el único hombre que importaba en esa habitación era el que pretendía destruir su patrimonio. Mirza, manteniendo una calma imperturbable, asintió levemente con la cabeza hacia su secretaria, indicándole con ese simple gesto que se retirara y que él se encargaría de la situación.
Cuando la puerta se cerró de nuevo, Mirza respiró hondo, se acomodó la chaqueta de su impecable traje de diseñador y dio un paso al frente. Con una cortesía fría y calculadora, estiró su mano derecha hacia ella.
—Mucho gusto. Mirza Alkan —dijo con su voz grave, esperando el saludo protocolar.
La respuesta de Kraliçe fue un latigazo de desdén. Le dirigió una mirada cargada de molestia y, con total frialdad, dejó la mano del magnate suspendida en el aire. La tensión en el despacho cayó bajo cero. A Mirza se le desencajó la mandíbula; la cólera le encendió la sangre y apretó los dientes con tanta fuerza que los músculos de su rostro se tensaron. Nadie, absolutamente nadie, lo había dejado plantado de esa manera.
Aprovechando su desconcierto, Kraliçe volvió a la carga, con las palabras saliendo de su boca como dagas:
—Ese huerto en Iznik no está en venta, señor Alkan. ¿Por qué tiene que hacer esto? ¿Por qué los hombres como usted nunca piensan en el pueblo, en la gente que ha sudado esa tierra por generaciones?
Mirza soltó una risa seca, recuperando su postura de cazador.
—Agradezco el drama, pero yo no hice negocios con usted —replicó él, cruzándose de brazos—. ¿Cómo te llamas? Porque, hasta donde yo sé, mi empresa cerró el trato con un caballero, el dueño legal de las tierras, no con una dama.
—Yo soy Kraliçe Soylu —sentenció ella, haciendo honor a su nombre de reina—. Y el señor de los huertos estaba perfectamente al tanto de que yo iba a comprar ese lugar.
—En tal caso —repuso Mirza, caminando hacia su escritorio con paso lento—, tendrías que ir a reclamarle al dueño de la tierra, no a mí. El mercado es libre.
—Vengo a decirle a usted que retire la oferta de compra —lo interrumpió Kraliçe, dando un paso al frente—. Ese hombre aceptó venderle a usted porque usted tiene el dinero completo e inmediato para deslumbrarlo. A mí no me falta casi nada; ya estaba por entregarle más de la mitad de lo acordado tras años de mi propio esfuerzo.
Mirza se sentó lentamente en su imponente silla de cuero. La miró desde abajo, sintiendo por primera vez en años el delicioso y peligroso sabor de un reto. Hizo un gesto hacia el asiento frente a él.
—Tome asiento, señorita Soylu. Hablemos como adultos.
—No, gracias. No estoy cansada —disparó ella de inmediato, con una postura rígida—. Estoy muy acostumbrada a estar de pie trabajando, a diferencia de otros.
Mirza respiró hondo, controlando el impulso de perder la compostura. Kraliçe lo miró fijamente por última vez, lanzando sus palabras con una fuerza tan demoledora que pareció hacer eco en las paredes de cristal:
—Le agradezco que por favor tenga consideración con esas familias. Usted tiene el dinero suficiente para comprar tierras en cualquier otra parte de Turquía y levantar sus hoteles donde no destruya el alma de un pueblo. Espero que tenga la madurez de recapacitar, para que no tengamos que volver a vernos las caras por una negociación tan baja.
Sin esperar una respuesta, Kraliçe sentenció un frío "Buenas tardes", dio la vuelta y salió del despacho con el mismo paso firme y arrollador con el que había entrado.
Mirza se quedó estático, con las palabras atragantadas y una extraña sensación en el pecho. Segundos después, la secretaria asomó la cabeza, temerosa.
—Señor Mirza... de verdad, lo lamento tanto...
—Tranquila —la interrumpió él, sin apartar la vista de la puerta por donde Kraliçe se había marchado—. Quiero que me averigües todo sobre esa mujer. ¿Quién es? ¿Dónde vive? ¿Dónde trabaja? ¿Quiénes son sus padres? Quiero saber absolutamente todo lo que hace.
—Entendido, señor. ¿Para cuándo necesita el informe?
—Para hoy mismo —ordenó Mirza con voz cortante.
La secretaria asintió y se retiró a toda prisa. Cuando volvió a quedar solo, Mirza se levantó de su silla, caminó hacia el centro del despacho y se agachó para recoger el durazno que Kraliçe había dejado caer. Lo sostuvo en su mano, dándole una vuelta lenta mientras sentía la textura de la fruta. Se la acercó al rostro y la olió; el aroma dulce y fresco de los campos de Iznik inundó sus sentidos.
Una mirada enigmática cruzó sus ojos grises. Una sonrisa contenida, casi una risa de incredulidad, se dibujó en sus labios.
"¿Qué clase de mujer es esta?", pensó Mirza para sus adentros, fascinado y furioso a la vez. "¿De dónde demonios salió Kraliçe Soylu?".
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Editado: 18.06.2026