Kraliçe salió de las oficinas de Alkan Holding hecha un demonio, echando chispas por los ojos. Subió a su coche, arrojó la cesta de frutas con brusquedad en el asiento del copiloto y descargó toda su furia dándole un golpe seco al volante.
—¡Los detesto! ¡Los odio con toda mi alma! —exclamó para sí misma, con la respiración agitada—. ¿Qué se creen estos hombres que porque tienen dinero pueden comprar a la gente así por así? ¡Dios mío!
Encendió el motor y manejó directamente hacia su casa en Ortaköy, necesitando con urgencia el refugio de los suyos. Al cruzar la puerta, dejó atrás la armadura de leona para recibir a su madre, Nazan, con el amor y la dulzura de siempre. Sin embargo, Nazan la conocía demasiado bien; un solo vistazo a los ojos de su hija bastó para encender las alarmas.
—Kraliçe, mi vida, ¿qué tienes? —preguntó la mujer con tono protector.
—Nada, mamá. Solo cosas del trabajo, estoy cansada —intentó evadir, pero Nazan insistió, tomándola de las manos.
—No me mientas, hija. Cuéntame qué te pasó.
Kraliçe soltó un suspiro largo y la frustración volvió a desbordarse. Con gestos exagerados, moviendo los hombros con indignación, le relató el encuentro:
—¡Ay, mamá! Después de tantos años reuniendo centavo a centavo para comprar ese terreno, para que viviéramos mejor, para seguir ayudando a los jóvenes de Ortaköy y darles trabajo... viene un señor... ¡un tipo horroroso, millonario, todo estirado, bañado en un perfume carísimo! —dijo imitando con desprecio la postura del magnate—. Compró el terreno completo. Alkan Holding quiere hacer un megaproyecto de lujo. No le importa que allí pueda trabajar la gente del pueblo con las hortalizas.
Nazan, viéndola detalladamente, intentó calmarla con la sabiduría de los años:
—Hija, pero podemos buscar en otro lugar. Hay otros campos. Además, con tu profesión de maestra puedes seguir adelante. No busquemos problemas, mi amor. Tú sabes que la gente de tanto dinero tiene cómo pagarle a otros para... —Nazan calló, dejando en el aire el temor de que ese hombre pudiera hacerle daño.
—No, mamá. Era ese terreno. El dueño anterior ya ni me quiere ver la cara porque el dichoso Mirza Alkan le pagó la suma completa e inmediata. Pero bueno, tengo que bañarme, preparar unas cosas de literatura y mañana ir al colegio.
Mientras tanto, en las oficinas de Alkan Holding, el ambiente era de pura tensión. La secretaria corría de un lado a otro, buscando información en el sistema y llamando a contactos. Mirza no le daba tregua; cada diez minutos salía de su despacho o la llamaba por el intercomunicador para presionar.
—¿Ya está listo el informe? —preguntaba con voz cortante.
—No, señor Mirza, me falta poco... —respondía ella, con el sudor frío bajándole por la nuca.
—¡Muévete! Termina ya. Búscala donde sea. Quiero saber qué hace, qué toma, cuál es su comida favorita, su bebida, todo lo que rodea su vida.
A las ocho de la noche del viernes, la secretaria tuvo que confesar con timidez:
—Señor... solo he conseguido que se llama Kraliçe Soylu y que tiene una tienda de frutas en Ortaköy. No sé más nada. Si me permite, mañana sábado le averiguo todo con un amigo que tengo en registros públicos y le paso el informe completo.
Mirza, apretando los puños, asintió de mala gana:
—Está bien. Tienes hasta mañana.
Al día siguiente, el sábado por la mañana, Kraliçe intentó ahogar sus penas dando clases en el Beşiktaş Anadolu Lisesi. Los alumnos la adoraban, su energía positiva llenaba el aula, pero al terminar la jornada, la directora del plantel la llamó a la oficina para soltarle una bomba que la dejó helada.
—Kraliçe, ve organizando tus papeles y tus planes de evaluación porque dentro de unos meses serás transferida al Yıldız Akademi. Es una orden administrativa de alto nivel.
A Kraliçe casi se le sale el corazón del pecho. ¿El Yıldız Akademi? ¿El colegio más exclusivo, costoso y privado de Estambul?
—¿Pero por qué me van a cambiar? ¿Qué está pasando? —preguntó Kraliçe, completamente desconcertada. La directora solo le sonrió, diciéndole que era una gran oportunidad en una academia prestigiosa. Kraliçe se marchó a su casa sumida en un mar de dudas. Parecía que el universo se la estaba jugando: el día anterior un millonario le robaba su sueño, y hoy la enviaban al nido de los hijos de la alta sociedad.
A las siete de la noche de ese mismo sábado, el teléfono de Mirza Alkan vibró. Era el correo de su secretaria con el informe definitivo. “Señor, discúlpeme la demora, mi amigo se había quedado sin batería, pero aquí está todo: Kraliçe Soylu, treinta y dos años. Su negocio es 'Altın Hasat' en Ortaköy, vive allí mismo. Profesora de literatura. Padres: Nazan y Ahmet Soylu, un empresario retirado. Hermanos: Elif, Görkem y Giray. Es profundamente amada por su comunidad porque regala comida y frutas a los ancianos. Nota importante: los fines de semana no falla jamás a una taberna tradicional llamada 'Meyhane Karaköy'”.
Mirza se quedó estático viendo la pantalla de su teléfono en su lujosa residencia. Una chispa de intriga y desafío se encendió en sus ojos grises. Era sábado por la noche. De inmediato, marcó el número de su mejor amigo de toda la vida y confidente, Volkan.
—Volkan, necesito que me pases a buscar. Nos vamos a Ortaköy, al Meyhane de Karaköy. Sé que hay karaoke y música en vivo.
—¿Tú? ¿En un Meyhane popular? —se extrañó Volkan al otro lado de la línea—. ¿Desde cuándo te gustan esos lugares?
—Quiero algo diferente esta noche. Pásame a buscar ya.
A esa misma hora, Kraliçe terminaba de arreglarse frente al espejo de su habitación. Se había puesto su mejor traje: unos jeans oscuros sumamente ajustados que moldeaban su espectacular figura, un top elegante que resaltaba su silueta con distinción y unos tacones altos. Se maquilló los labios con fuerza, acomodó su cabello indomable y salió dispuesta a ahogar la rabia en música.
El Meyhane estaba repleto, el humo de los cigarrillos flotaba en el ambiente bohemio y el olor a rakı llenaba el lugar. Kraliçe, aclamada por los presentes, subió al pequeño escenario. Tomó el micrófono y comenzó a cantar con una voz dulce, desgarradora y potente. La canción era "Aşk" (Amor). Una melodía turca bellísima que hablaba del amor que traiciona, del dolor del pasado y de la promesa interna de nunca más volver a entregar el corazón a nadie. Cantaba con el alma, cerrando los ojos, recordando su herida de los diecinueve años.
En ese preciso instante, las puertas de la taberna se abrieron. Mirza Alkan y Volkan entraron al lugar, llamando la atención por su porte aristocrático. Kraliçe seguía sumergida en su interpretación, con los ojos cerrados, sin notar la presencia de los recién llegados.
Pero Mirza sí la vio.
Se detuvo en seco en medio del local, con la mirada fija en el escenario. Allí estaba la leona de la oficina, transformada en una diosa nocturna, cantando sobre el desamor con una fuerza que le perforó el pecho. Esa letra sobre cerrar el corazón y no querer saber más de ilusiones le pegó a Mirza directamente en el centro de su propio dolor; el mismo muro de hielo que él había levantado tras la muerte de su esposa.
Sin apartar los ojos grises de ella, Mirza caminó lentamente hacia una mesa en penumbras, se sentó en silencio y se dispuso a observarla, atrapado por completo en la red de la mujer que había jurado destruirlo.
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Editado: 18.06.2026